
Demasiados años
Llevamos en España sin que podamos sentirnos satisfechos de estar dirigidos por un presidente con don de gentes, con ideas claras, con la valentía suficiente para ser un emprendedor, con un programa veraz y realizable, con la clara intención de apoyar al máximo cualquier idea innovadora o proyecto de futuro, y sin los obscuros puntos negros que hacen de la ‘marca’ España en el mundo exterior, más motivo de vergüenza que de sano e inteligente orgullo contenido.
Se nos juzga por lo que de nosotros ven. Más de un siglo sin nadie digno de mención, salvo algún breve paréntesis como fue Adolfo Suárez, que arriesgó fuerte y sin cobardía durante la época conocida como Transición, para intentar cambiar nuestra deprimente historia de barbarie y lucha fratricida, hacia una deseada y no alcanzada democracia plena, auténtica, y garante de los derechos del pueblo recogidos en la declaración universal de los Derechos Humanos.
De la ilusión ficticia de haber conseguido un periodo democrático limpio, impoluto, y libre de mancha y corrupción, hemos pasado a trompicones (reflejados en la historia de los acontecimientos negativos popularmente conocidos como “casos”), a un mar de éstos, en los que la corrupción y el fraude en el seno de la mayoría de las instituciones públicas, han enraizado hasta el punto de que nuestro país en el presente, es tomado mundialmente como un nido putrefacto de corrupción política, en el que no hay día que no aparezca un nuevo “caso”, o varios a la vez.
Que la monarquía también haya sufrido claras muestras de desprestigio, con la poco afortunada afición de nuestro Rey cazando elefantes en medio de una descomunal crisis, no ayuda a mejorar nuestra imagen, como tampoco lo hace el sonado y alarmante “caso Nóos”.
Qué triste futuro para la España de sangre, sudor, y lágrimas. Y qué modo más poco edificante para festejar la entrada en el nuevo siglo, que con un periodo de hambre y más hambre para el obrero y el empresario decente y emprendedor, que han perdido la credibilidad que les quedaba en unas instituciones a las que no reconocemos como nuestras, por el alto número de escándalos que las empañan de un modo en otros tiempos inimaginables para un pueblo, que casi siempre ha sufrido una economía modesta, preñada de sacrificios, y estafada por quienes siempre lo han hecho.
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