Opiniones

Rogelio Meseguer

No hemos sido responsables

A la hora de mimar, cuidar, y mantener nuestra fallida democracia. Es la crónica de tres décadas perdidas, y la constatación triste y real de que a nuestra querida España la hemos arruinado, llevando a una gran parte de la ciudadanía a la miseria, sin hogar, y sin esperanzas.
La democracia no es una máquina que se adquiere y ya está; hay que perfeccionarla con revisiones que la actualicen, y hagan de ella una herramienta útil para todos los tiempos, acondicionándola para que en un previsible futuro también cumpla con su cometido, y dote al pueblo de las nuevas necesidades para que sea una inversión rentable y próspera.
No es cierto que la inmensa mayoría del pueblo la haya pervertido, convirtiéndola en una democracia obsoleta, inservible, y adulterada.
Ha sido el bipartidismo en su ambiciosa ceguera, la que ha destrozado el sistema democrático en muy poco tiempo. La clase política (tan mal valorada en el presente), es la que no la ha sabido modernizar y ponerla a punto para otros nuevos tiempos. La insuficiente preparación de los políticos ha quedado y queda en evidencia a diario, con el lamentable y escandaloso espectáculo del “y tú más”, y la desvergüenza de, a sabiendas, no intentar salir de ese círculo vicioso y repugnante en el que han caído.
España, políticamente es la niña necia de Rajoy en el patio político de Europa, con la que nadie quiere jugar por su bajísima talla intelectual; su acostumbrado vicio en recrearse en la falacia, y en la estúpida creencia de que el resto de jugadores no serían capaces de dejar de percibir las sucias y arteras trampas.
El fracaso de la democracia en España tiene culpables claros y bien definidos, los que creyéndose infalibles, han jugado a políticos, y en el juego del despiste pensaban que sus prácticas corruptas no serían descubiertas. Lástima no haber sabido transmitir a las generaciones más preparadas de nuestra historia, la serie de valores que hubieran podido hacer de España un ejemplo de auténtica democracia, transparente, brillante, y perdurable en el tiempo.
La mediocridad de los políticos, ha brillado con la misma intensidad con la que ahora nadie puede restar brillo al gran fracaso que ha supuesto.


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