
La variante ferroviaria de Pajares, que unirá León y el Principado de Asturias a través de la alta velocidad (léase el AVE) acumula un sobrecoste de 1.148 millones de euros. Dicho de otra forma. De los 1.085 millones presupuestados inicialmente a comienzos del 2003 se ha pasado en estos momentos a los 3.006 millones de euros. Se puede decir aún de otro modo: cada kilómetro de trazado cuesta hoy 60 millones de euros mientras en el 2003 costaba 37 millones de euros. No cabe duda de que estamos hablando de una obra de extraordinaria complejidad técnica que ha tenido y tiene que superar obstáculos orográficos no menos extraordinarios. Pero, pese a todo, los sobrecostes son del tamaño de una cordillera. Y ustedes dirán: este tío ha perdido la brújula, ¿esto a qué viene?. Muy sencillo. Esto es sólo un ejemplo de cómo las grandes obras de infraestructuras de comunicación, y en particular el AVE, planificadas con insólita alegría en momentos de supuesta bonanza económica, constituyen ahora un lastre muy pesado que impide atender a esas otras obras ‘secundarias’ de las que buena parte del país está tan necesitado y que, en algunos casos, tienen el carácter de lacerantes reivindicaciones históricas.
Ya estamos en la estación terminus: ¿imaginan lo que se podría hacer en el olvidado ferrocarril de Val de Zafán con sólo lo que cuesta hoy un kilómetro en la variante de Pajares? Dicho esto así puede sonar un puntito demagógico pero no cabe duda de que hay determinadas decisiones políticas que merecerían una reflexión más atenta antes de firmar adjudicaciones multimillonarias con la –ya sabemos que agotable- pólvora del rey.
La apuesta tomada en su día por el asfalto, en detrimento del ferrocarril, retrasó, o dejó en vía muerta, inversiones ferroviarias que eran muy necesarias para crear esa urdimbre sobre la que tejer la trama de comunicaciones de la España irredenta. El ferrocarril que enlazaba Zaragoza y Tortosa a través de La Puebla y Alcañiz fue una de las víctimas de esa política de boina calada. Más adelante es evidente que se ha hecho un esfuerzo muy notable en materia ferroviaria pero, de nuevo, esa España ‘transversal’ quedó relegada a favor de la España radial que enlaza enclaves poblacional y económicamente pujantes dejando en el medio al pastor y su rebaño contemplando, fíuuuu, como vuela el AVE.
La España de las autonomías, con su lema de que el más chifle capador, tampoco ha colaborado en mucho en modificar los criterios de planificación. Y así nos va. Cabe sumarse, en todo caso, a esas iniciativas quijotescas que han surgido últimamente para intentar, de la mano del prodigio de Motorland, que seamos capaces de convencer a algún gobernante sensato de la importancia que tienen 22 kilómetros de nada (Samper-Alcañiz) para el futuro de nuestra comarca.
