En el colegio nunca nos han explicado las cosas desde el principio porque se desconoce nuestro origen. Algunos han tenido la suerte de educarse en alguna religión y las cosas más o menos las tienen claras. A otros nos invade el miedo de la incertidumbre y nos horroriza pensar que incluso el destino pueda ser casualidad.
Lo que está claro es que la imaginación nos acompaña y, aunque se dice que está más viva en los niños, los humanos adultos nos inventamos cosas como que a los alcañizanos nos corre gasolina por las venas. Hay que tener cuidado, porque seguramente habrá turistas que se creerán lo de nuestra sangre al leerlo en algún folleto de traducción literal.
A mí no me gustaría que ningún visitante me hiciese un corte en el brazo, por más sentimiento aborigen que tenga.
En Inglaterra me fijé en la portada de una guía de España. La esencia de este país se representaba con un anciano con boina y bastón tomando el sol en un banco de piedra. En la fotografía, el hombre parecía tranquilo, secándose como un higo, sin muchas ganas de marcha.
En cambio, mis pocas ganas de marcha una tarde en Irlanda, hicieron pensar a una ucraniana que yo no era española. Me costó convencerla. Parecía imposible, porque según me dijo “yo tengo una amiga española y habla muy rápido”. La ucraniana quería formar su familia en España porque así sus hijos estarían siempre de fiesta.
Como diría Jou, un colega imaginario neoyorquino, “¿Qué diablos nos trae al jodido mundo tan iguales, pero tan jodidamente diferentes en el fondo, joder?”. Por más veces que Jou formuló esta pregunta a sus profesores solo consiguió que una y otra vez le pusieran, en sus palabras, “contra la jodida pizarra”. “Mal empezamos”, se repetía Jou. Él siempre viaja sin guía, porque “se inventan nuestros orígenes y nos meten a todos dentro del mismo jodido saco. Luego llegas al sitio y no hay que ser un jodido vampiro para saber que no te vas a dar ningún banquete de sangre azul”.
