Opiniones

En mi molesta opinión: El Papa de Roma

José Alberto Pellicer Parece que todo en la vida puede ser sorteable. Con dinero o sin dinero por el medio. Lo último que me ha sorprendido han sido cuatro confesiones con el Papa de Roma. Sorprendente. Pero más sorprendente aún es que para que te pudiera tocar el premio era necesario que se fuera pecador. Yo que peco a brazadas, que no me confieso desde que el padre Andrés era novicio pensé que tendría muchos boletos. Pero ca. No ha salido mi nombre en el bombo. Quizás había algún límite del tiempo necesario para que el Papa de Roma pudiera escuchar mis pecados y quizás necesitaría dos vidas para cumplir todas las penitencias necesarias. Me surge una duda teológica. ¿Existirá el perdón si la muerte sobreviene mientras estás cumpliendo con las penitencias, pero no las has acabado?

Los jóvenes afortunados con el sorteo, eran puros, castos. No tenían pecados que confesarse. ¿Qué hicieron? Uno de los chicos le dijo a una de las chicas. Necesito pecar. Necesito pecar y mucho, porque no puedo dejar pasar la oportunidad de que el Papa de Roma me confiese. Y además quiero que me confiese durante mucho tiempo. Ayúdame le dijo. Y la chica, que tenía el mismo problema le dijo que por un amigo joven católico estaba dispuesta a cualquier cosa. Se subió la blusa, se bajó la parte derecha del sujetador, ¿por qué la derecha? Le dijo él. La izquierda es mucho más pecaminosa, le contestó ella. Pero si sólo miro ¿es pecado venial o mortal? No lo sé, contestó ella. Voy a tocar y así estamos seguros. Y yo cómo peco, le preguntó ella con cierta candidez. Pues toca. Y los dos tocaron, cometieron impurezas. Y como no era cuestión de matar a su padre o a su madre, elevaron el sexto mandamiento hasta el piso sesenta y nueve, que está más cerca del cielo.

Luego se lo contaron todo al Papa de Roma, con todo lujo de detalles. Y se le vio contento al hombre.

Compartir

Otros artículos de opinión

Image