José Alberto Pellicer
En la Edad Media era común que cuando se ejecutaba a alguna persona, para general escarnio, su cabeza se ponía en el cruce de los caminos. Los ciudadanos acudían en masa a las ejecuciones públicas. Hoy en algunos países se va a los campos de fútbol para ver cómo se lapida a un reo que ha cometido el grave delito de haber sido infiel a su pareja.
Es la sed de sadismo que vive dentro de nosotros. Los tiempos han cambiado, pero porque la tecnología ha cambiado. Ya no hace falta salir a la plaza para asistir a una ejecución. La podemos ver desde casa, la tecnología nos la brinda.
Vimos el ahorcamiento de Sadam y veremos la muerte de Bin Laden, pues para eso se grabó. Ya no son necesarios los cruces de caminos para saciar nuestro sadismo.
La muerte del enemigo nos satisface, nos regodea, nos hace grandes. Aunque casi nunca pensamos que nuestro enemigo nos tiene a nosotros como enemigos y él está esperando a que muramos para regodearse. Los Bin Laden se regodean con los asesinatos de las torres gemelas o con la matanza de Atocha. Nosotros nos regodeamos con su muerte. ¿Cuándo nos sentiremos felices con la felicidad de los demás?
