José Alberto Pellicer Unos días antes de las elecciones veíamos a Rubalcaba y Chacón hacerse arrumacos, demostraban su amor en público, se querían, suscitaban celos de sus respectivos cónyuges y envidia de los creyentes de la amistad. ¡Cómo se querían a pesar de que Rubalcaba le había puesto chuzos de punta en las aspiraciones de Chacón! Todo estaba olvidado. Eran compañeros. No había rencor.
Una semana después se sentaban juntos, no se hablaban, se ignoraban, tenían el gesto agrio, distante, a pesar de que todas las cámaras de todas las televisiones y de todos los fotógrafos les apuntaban, no hacían nada por disimular su distanciamiento.
¿Qué había pasado en esa semana para pasar del arrumaco al enfado? ¿Se habían peleado? ¿Habían tenido alguna disputa? ¿Se habían puesto los cuernos? No. Nada de eso, posiblemente ni se habían hablado en ese lapsus de tiempo. Pero sí era una cuestión de cuernos. Nos querían poner los cuernos a los españoles, nos querían engañar, nos querían mostrar la imagen que vende, la que dictan los asesores, la que complace a quien mira, la que causa sonrisa cómplice.
Y esto es porque algunos hacen de la política un espectáculo en vez de un servicio a los demás. Puro teatro. Pura hipocresía.
