Se aproximan las elecciones generales con la amenaza que significa una campaña electoral repleta de promesas que los ciudadanos sabemos NO se van a cumplir, como viene siendo habitual.
No hay mejor forma de continuar viviendo entre la inopia y la indignación, que depositar la confianza en Rajoy o Rubalcaba.
No podemos olvidar a Zapatero imponiendo candidato a su mano derecha Alfredo Pérez Rubalcaba, decisión que la plana mayor del PSOE aceptó, con el acostumbrado aroma caudillista que siempre le ha distinguido, mientras en Francia, en el seno de la familia socialista, se celebraban mítines, conferencias, debates y elecciones primarias, de donde salió vencedor el hoy candidato, tras una dura batalla verbal con su rival más cualificada.
Pero nadie me quita de la cabeza que las elecciones generales del 20-N serán las exequias del partido que le ha robado a Pablo Iglesias toda la honestidad que mostró cuando fundaba el PSOE.
La llegada del PP al poder legislativo, ejecutivo y judicial (eufemismo bajo el que se ocultan otros no menos interesantes, como el económico, empresarial y mediático), es la culminación de un hecho al que han contribuído de forma estusiasta todas estas acciones de estos dirigentes socialistas.
Allá aquellos/as que voten por cualquiera de esos dos partidos aparentemente opuestos, pero exactos en sus fines y objetivos, recortando libertades en derechos fundamentales, sometiendo al ostracismo a intelecuales incómodos, desplegando la violencia policial contra personas que se manifiestan pacíficamente y recortando pensiones y salarios.
