Acaba de comenzar el nuevo año 2012, un nuevo capítulo, que ofrece un panorama francamente desolador: la desigualdad, la miseria y la ignorancia aprisionan a millones de seres humanos; mientras una minoría superprivilegiada de menos del 1% de la población mundial concentra más del 50% de la riqueza, y su poder adquisitivo rebasa la proporción de cualquier mercado.
Se ha creado un mundo de grandes brechas, al parecer insalvables, pues a lo largo de los últimos lustros ha surgido un sistema económico, el del neoliberalismo globalizador, que ha debilitado las estructuras sociales. Los sistemas económicos y políticos padecen de esta patología, al parecer incurable, y sin encontrársele una posible solución.
Este año que se inicia, apunta no sólo a una de las crisis económicas que enfrenta el monetarismo en la Unión Europea y en los Estados Unidos, pues se pretende ignorar el origen de la riqueza, es decir, el trabajo y la producción, y en su lugar, se establece el dominio del poder y del dinero en una economía especulativa, donde la teoría del valor perdió su sentido, y el dinero se reproduce como en un casino, sin guardar la relación que debería tener con los elementos ya mencionados: el trabajo y la producción.
Mientras sucede todo esto, la población de a pie asistimos atónicos a los mensajes contradictorios de nuestros gobernantes (ahora PP anteriormente PSOE) como por ejemplo congelar por primera vez el salario mínimo interprofesional como muestra de la austeridad obligada para sobrevivir; mientras se publica el salario ganado por Rodrigo Rato el año pasado 2,3 millones de euros sin contar el sueldo variable.
Se requiere un proceso maduro de explicación de nuestra circunstancia económica y política, y también, de las posibles soluciones a los graves problemas de inseguridad, del desempleo, de la ignorancia y de la miseria colectiva.
El año 2012 se ve en el horizonte complicado y difícil, a pesar de ello quiero mantener un espíritu esperanzador, que nos permitirá romper viejas y anquilosadas estructuras, para darle a nuestra democracia el contenido social que nunca debería haber perdido.
