Opiniones

Gonzalo Villa

Por estas fechas, mayeando Marzo, se sacan las vacas a los prados. Ese “ganao” bravío e indómito, que lo lleva todo por delante, sin orden ni concierto, tanto alambradas, como sebes o cables del pastor. Enceguecidas. Y no es inusual que fuera de si, se entelasen, atiborrándose de verde sin conocimiento. De manera que había que clavarles el trócalo, para que expulsaran a chorro, por la cánula, toda la pulpa a medio fermentar en el estómago, de la yerba devorada con avidez desmedida. Luego tienen la virtud de perder ese desafuero cerebral transitorio, en favor de unas rutinas más sosegadas y apropiadas a lo que a su naturaleza conviene. No sin orientación, por supuesto.
Ya lo decía el difunto Aquilino, al que Dios tenga en su gloria, desde su asentada soltería, que ya alcanzaba por entonces a los sesenta y tantos años, cuando le preguntaban por qué no formaba su propio pesebre, y a lo que contestaba con el aplomo de un sabio – Si comieran adobes…, decía, y a lo que añadía, después de un breve instante de reflexión -…y les hicieran ellas-.
Pienso entonces en las crisis socioeconómicas, y no dejo de ver las similitudes con las vacas que salen de la cuadra, después de cuatro o cinco meses a base de harinas, paja de avena o centeno y heno seco. En que siendo los mismos habitantes, con la misma capacidad de trabajo y contando con recursos parecidos, siguen desconociendo la proporcionalidad y el equilibrio sostenible. Mientras braman sin dudar que las necesidades de todo ser humano son inagotables, empezando por las insignes aulas de Economía, en la Universidad.
Claro que es lógico que siendo, obviamente, limitados, tengamos siempre y en todo momento necesidades ilimitadas. Como que la última palabra, y mejor, está siempre por  decir.
-Carpe diem-.

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