Opiniones

Gonzalo Villa

Conocí… Conocí a una mujer que hizo algo por su marido y por sus hijos,  hasta acabar una temporada en la  cárcel, mientras él despotricaba contra las instituciones, argumentando que tenía dos  criaturas que mantener.

Conocí a un matrimonio de funcionarios, que al declararse la crisis de los desahucios, los suicidios y los EREs, entregaba uno de sus sueldos a causas que paliaran tales lacras, aunque otros muchos se pusieran camisetas y participaran en conversaciones de indignación, junto a candidatos a perder su trabajo, sin nadie que les pudiera auxiliar luego.

Conocí a Ana Mato, que ciertamente es un solete, y que está enamorada de su marido hasta las trancas, pero que no pudo caer más bajo, utilizando el argumentario ese por el que una mujer siempre es la guardiana de los hijos, y el padre de sus hijos, un machista delincuente con el que no solidarizarse, más aún al que escupir en un papelón, que no me revuelve más las tripas, que el niño de “la lengua de las mariposas” profiriendo improperios y tirando piedras a su maestro, al que llevan a fusilar, desalmados, de esos que igualmente sueltan eso de que son unos mandaos, y otros peores.

Conocí a un pupilo del entonces Cardenal Ratzinger, que conseguía ordenar monjas a hijas de ilustres familias adineradas, y llegué a embelesarme con sus palabras, hasta que daba de comer a los ricos para apartar a los pobres.

Conocí a cantidad de amigos que reparten sobres, que meten la mano en el bolso de la chaqueta, como los invitados a las bodas en el traje del novio, para depositar algo. Y no eran peores que las que gimotean fingidamente, mientras su marido se suicida, por que no puede mantenerlas a ellas y a las hijas de ella, que nunca tuvieron el amor necesario para ir con su padre al fin del mundo, si hiciera falta. Ya no digo, llevarlo con ellas.

Conocí a unos hombres y mujeres, que crearon una empresa de transporte, dedicado a llevar a los hijos con sus padres, cuando las madres se volvían secuestradoras, mientras infiernos de cobardes, miraban para otro lado, o esperaban un desenlace en el que ella, gimoteara fingidamente, o ni eso, o tal vez celebrando la muerte no natural, con beneficiarios varios.

Conocí hasta a María, pero esa ya es otra historia.

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