Opiniones

Gonzalo Villa

El cortijo

El cauce hace al río. En la retahíla de quejas, sugerencias y reclamaciones, hay mucho de insatisfacción sin producto defectuoso, ni servicio pagado de antemano.  Y después del ideario, quedan los privilegios inmerecidos a los que aferrarse de los unos, y la impotencia enrabietada de los otros. Hemos visto familias enteras de sobrinas, hermanos, tías, cuñados, abuelas, que defienden las bondades del empleo público. En fin. No es que seis millones de colocados puedan procurar la cobertura de las necesidades básicas de los desamparados, ni mucho menos, que con ello se puedan crear las condiciones, para que muchos de ellos sean perfectos ciudadanos, o eminentes constructores de progreso, con su dedicación y formación.
Claro que hay muchas gentes de esas que piden con las manos que no dieron jamás, e incluso que arrebataron indolentemente de las de otras honradas. Y cuando la costumbre  de la apropiación indebida se asienta, raramente atiende a razones, y muchísimo menos se inclina a buscar cohesión. Distinto ha sido ese grupo de profesores, que han brindado el segundo sueldo público de su matrimonio, en favor de una normalidad vital y formativa, de varios de sus compañeros interinos, que perderán sus puestos en breve.
Ya empiezan los recelos respecto a la iniciativa de que cada administrador de instituciones públicas, elija a sus equipos de trabajo, alegando que se vulnera el acceso a la función pública siguiendo los principios de igualdad, mérito, capacidad y publicidad. Otra vez, muchos de esas con decenas de parientes acreedores de presupuestos de administraciones públicas, y que no ven como demostrar su postura ganándose a los clientes y proveedores, en vez de mirar con indolencia, cuando no con desprecio por la virtud ajena, a los que no reciben el reconocimiento a sus méritos, capacidades en historiales con muchísimas más luces que las de ellas. Y encima no quieren que creen sus instituciones privadas, no sea que se descubra una verdad incómoda.
Las células no vienen determinadas por conceptos jurídicos, vienen determinadas por experiencias vitales, y no estaría de más, diseñar empleos multidisciplinares, tanto como sea necesario para que nadie se sienta tentado a infringir las normas que nos damos para una convivencia amable, y eso empieza porque  lo público sea de todos y no de cuatro familias de caciques con ínfulas de señoritas de cortijo, incapaces de poner a trabajar los talentos de oro recibidos, cuando no acostumbradas a destruir todo lo que cae en sus manos, fruto de su falta de formación, méritos y capacidades. Cría cuervos y te sacarán los ojos.
Aprendamos de los que se esforzaron en reunificarse, y no de los que se entregan a guerras, para que ni las que dan la vuelta al mundo en moto, quieran volver a esos lugares, antes revestidos de encanto. Aprendamos a fomentar lugares, de esos de los que se decía, que lo mejor eran sus gentes.



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