Opiniones

Gonzalo Villa

Cuando era pequeño...

Cuando era pequeño, tenía un vecino, con un nombre sacado de una novela de Dickens. El señor Charles Hazard. Y a mi vecino no le gustaba nada que los perros del barrio estropeasen sus parterres. Un día oí gritos al otro lado de la calle, y corrí a casa del señor Hazard. Y allí vi a unas quince personas, rodeando a mi perro, Teddy. Se retorcía en el suelo, en plena agonía. Sangraba a chorros por la boca. El señor Hazard había mezclado cristales con comida para perros, y se lo había dado.

¿Y qué hizo usted?

Pues cogí una lata de gasolina y le quemé los parterres. Pero no quedé satisfecho del todo. Recordé de pronto que el señor Hazard era un cargo electo. Era jefe del concejo municipal. Todo el mundo daba por sentado que saldría reelegido. Y llegó el día de las elecciones. Y me fui hasta el barrio negro de la ciudad. Aquellas personas no habían participado en ninguna elección. Yo, a pesar de mi  edad, podía conducir un tractor. Así que subieron al remolque y los llevé al colegio electoral. Después les dejaría otra vez en el barrio. Pero antes de que se bajaran para votar, les dije –No deseo influir en vosotros, pero quiero que sepáis que el señor Hazard ha matado adrede a mi perro- Votaron aproximadamente cuatrocientos electores, de los cuales yo había llevado a noventa y seis. Hazard perdió por dieciséis votos. Y aquel día me enamoré de este país.

(La guerra de Charlie Wilson- Aaron Sorkin)

En el Bajo Aragón se ven amenazadas las escuelas rurales. Los recortes amenazan con eliminar a los maestros que atienden unidades entre tres y once alumnos por pueblo. Y no dejo de pensar en lo que supone abandonar el campo, para entregarse a la ciudad.

Claro que inmediatamente después de ver esta noticia encontramos a madrileños que huyen de la ciudad para realizar teletrabajo desde aldeas de Guadalajara. Y con todo se ha creado un stock de viviendas sin habitar, que los bancos venden con descuentos de hasta el 60%, para indignación de los empleados de las inmobiliarias y propietarios que venden directamente, que lo tildan de competencia desleal.

Y me da la impresión que cada cual hace la guerra por su lado, y eso, en palabras de Antonio Tejedor, genera triunfadores derrotados, vencedores vencidos. Personajes sumidos en el miedo permanente, supervivientes en el esqueleto económico, apartados de la cultura que les hubiese dado una posibilidad de salida a las penurias de cada día.

Entrañables, sin embargo, maestros de la ironía y, a veces, del sarcasmo con eufemismos para poder sacar a la luz una frase de su pensamientos.

Vendedores que en vez de fidelizar a sus clientes, les estafan sin pudor, convencidos de que si han acudido a ellos es por pura necesidad, y que no volverán en tanto puedan aprender a valerse por sí mismos, o acudir a competencia irregular. Más que nunca, el hombre es un lobo para el hombre, sin dedicar ni un minuto a buscar el bien propio a través del bien colectivo.

Veo “La guerra de Charlie Wilson” en la que se concitan personajes, irreconciliables para los medios de comunicación de masas, y por ello para la gente normal. Una dama ultraconservadora  adultera, un congresista vividor que hace gala de ello, mercadeando favores, un pícaro marginado agente de la CIA, miembros de Arabia Saudí, Egipto, Pakistán, Afganistán e Israel, en entramados que utilizan y subliman lo más denostado y lo más inconfesable. Y todo regado con alegría de vivir y triunfo sobre los ardides del maligno.

Estoy echando en falta, algunos movimientos políticos y de alta diplomacia, que puedan contentar a los empresarios en sus legítimas contraprestaciones, concediendo las legítimas aspiraciones de los abnegados ciudadanos trabajadores o que trabajaron lo que les pidieron. Que volvamos a quejarnos del trabajo, entre chuflas y risas, pero cada día acudamos a él, con la alegre rutina que no genera incertidumbres en los demás.

 

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