Opiniones

Ignacio Belanche. Treinta

Son los kilómetros de autovía navarra que unen La Rioja con Aragón.  Velocidad de crucero 110 km/h.  Treinta son los kilómetros de la infame 232 entre Cortes de Aragón y Figueruelas: línea contínua y límite de velocidad 80 km/h.   Una velocidad bestial si la comparamos con el mismo tramo entre el término de Ráfales  y  la provincia de Castellón.  Aquí no hay línea continua sino camino asfaltado de cabras y el límite de velocidad te lo marca el sentido común.  Esa puede ser la diferencia entre una autonomía pujante que supo y pudo reivindicar sus derechos y nuestro pobre Aragón.  Aquí también llevamos 30 años soportando a un vicepresidente en funciones que no tiene empacho en pactar a diestro y siniestro.  A eso le llama estar centrado o quien a buen árbol se arrima buena sombra le cobija.  No ha importado si había que presentarse a presidente de nuestra autonomía, a alcalde de Zaragoza o de Teruel.   Porque en política, ya lo describió Maquiavelo en El Príncipe, obtener y retener el poder es el fin último y todo está justificado con tal de alcanzar esta meta.  Los principios e ideas fundamentales que deben regir el camino de la política quedan relegadas a un segundo plano: el primero lo ocupa la mediocridad en la que nos han instalado desde hace 30 años allá por 1982 cuando se aprobó el primer Estatuto de Aragón, aquel que nos condenaba a una autonomía de vía lenta.  Qué lejos quedan las históricas manifestaciones del 23 de abril de 1978 o de 1993.  ¿Qué ha sido de aquel espíritu reivindicativo? ¿De esa ansia de poder gobernar nuestro destino como pueblo en el marco de un proyecto común llamado España?  Nos lo han esbafado y nos lo venden como un Estatutico que recientemente se aprobó con la única oposición de los “radicales” de la CHA. ¿Dónde han quedado las singularidades de Aragón que se iban a traducir en mejores presupuestos?  Aún se debe estar descojonando de la risa el Ministro de la Administración pública y sus directores generales.   Pues sí, yo soy uno de ellos.  Un radical que no se conforma con seguir siendo una autonomía de segunda división.  Soy alguien radicalmente opuesto a la corrupción vergonzosa y vergonzante de gentuza que ha aprovechado su cargo para enriquecerse.  Me opongo radicalmente a que haya conciudadanos míos que las están pasando canutas no sólo por haber perdido su trabajo sino por no tener esperanza de poder encontrar otro.  También afecta a mi radicaleza lo que han convertido a algunos departamentos,  entes comarcales y empresas semi-públicas: agencias de colocación de militantes y simpatizantes.
Espero que no tengan que pasar otros 30  para que algo cambie, a mejor, antes del 2041. 

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