Ejemplaridad Para gobernarnos nos prometieron conductas ejemplares: integridad, honradez, virtud; y, acostumbrados que estábamos por la Santa Madre a decir “amén”, arriamos la bandera y mansamente estiramos el pescuezo para que mejor nos uncieran al yugo.
Ellos conducirían nuestras vidas (tan llenas de frustraciones y miserias) facultados por el derecho irrenunciable de su ejemplaridad. Tan persuadidos estábamos de la infalibilidad de quien manda, que nunca se nos ocurrió dudar de su rectitud, generosidad o vocación de servicio a la ciudadanía. Y si alguna sospecha amenazaba con enturbiar la transparencia de su imagen, bastaba con que dijeran: “¡es falso!” para que el nubarrón se disipara rápidamente.
Ellos eran ejemplares, y habíamos puesto en su mano nuestro día a día, con sus aspectos más trascendentes y cotidianos; por ellos renunciábamos a nuestro bienestar básico, porque había que sacrificarse, aunque el sueldo llegara a mitad de mes y aunque el paro sobrevolara en círculos sobre nuestra angustia, mientras veíamos a tantos otros perdiéndolo todo, hasta la dignidad.
Porque su rectitud incorruptible justificaba tanta soberbia, tanto coche oficial, tanto viaje, tanta altanería.
¿Qué pasará ahora que hemos descubierto —atónitos tal vez— que los Reyes Magos son los padres; que ese halo de “respetabilidad” sólo era una máscara que ocultaba el verdadero rostro de la corrupción, de la más inmoral podredura, del mayor cinismo e injusticia que hemos vivido en los últimos años? ¿Dejaremos de una vez por todas de ser el rebaño santamente adoctrinado para sufrir? ¿Dejaremos de ser súbditos de nadie para convertirnos por fin en ciudadanos?
