Opiniones

Jaime Gracia. 1972, sin duda una de las mejores cosechas (Tercera Parte)

A veces me da la impresión que escribo con una perspectiva del tiempo que me sitúa en la postguerra o algo así. Pero no, creo que a partir de los años 70 todo ha ido muy rápido, quizás demasiado para poderlo digerir con naturalidad. Suerte que en esa época éramos auténticas esponjas y no existía tanta tontería como ahora.
Fijaros, no conocíamos el tetrabrik, ni las botellas de plástico, ni la comida congelada, ni los supermercados, ni las cajas registradoras electrónicas, ni por supuesto existían los cajeros para poder sacar dinero con tarjeta. Nuestras madres iban a comprar al colmado o ultramarinos, aunque poco a poco se fueron instalando los primeros Aldi, Vege, o Aro Rojo. Aún recuerdo como en estas tiendas, te pesaban la fruta en una báscula que con la aguja te indicaba los kilos, incluso alguna aún utilizaba la balanza romana (la de las pesas). Ahh, la fruta te la elegía el tendero, lo cual era de agradecer, ya que así evitabas tener que comer una pera llena de hincas de uña. Y como no había leche, había dos opciones: que el lechero te la trajera a casa con una carretilla, donde llevaba varios bidones y te llenaba en un puchero lo que necesitaras, o que fueras directamente a la lechería o vaquería a comprarla con la lechera y luego como no estaba pasteurizada, a hervirla. Me viene a la cabeza, que quizá nuestros primeros encargos que nos hicieron sentir como un adulto fueron precisamente el ir a buscar la leche, o ir a llevar los “cascos” para recuperar el importe del envase. Esa fue nuestra primera “correla”.
Siempre me ha gustado mucho el dulce, quizá porque mi vida ha estado siempre vinculada a él. Primero, de casi bebé, con los sobres de azúcar que engullía a palo seco, en los Cafés de mi abuelo Caminals y más tarde, con el negocio de chuches de mi padre, probando todas las novedades y dándole mi opinión. Digo esto porque, a más de uno se le hará la boca agua al recordar, por ejemplo, aquellas figuritas de plástico en forma de botijo o lechera, llenas de anisetes que vendían en las pastelerías de la calle Mayor, así como sus palmeras de chocolate o los caramelos que tenían en unos grandes recipientes de vidrio. Y que me dicen de aquel carro ambulante, que aunque en esa época lo tenían otros propietarios, lo acabó popularizando el “calabazo” y la “pelambres”, compramos nuestros primeros chicles Bazoka, si, esos en forma de taco cilíndrico con una especie de discos unidos, que costaban masticar y te permitían realizar unos maravillosos globos. Había otros chicles, los Dunkin, que os sonarán; cada sobre contenía dos tramos de escalera, un chicle y un saltimbanqui, a 5 pesetas; Los tramos de escalera eran de variados colores y se empalmaban unos a otros pudiendo llegar a formar una escalera realmente larga,  a través de la cual, el muñecote, descendía dando volteretas. También recuerdo que llevaban enormes ramilletes de regaliz de palo, y siempre acompañados por su perra “loba”.
Muchos de nosotros, en casa de nuestros abuelos del pueblo, aún pudimos disfrutar de aquellos alimentos de antaño, merendando rebanadas de pan con vino y azúcar, o aceite y azúcar, y esas fabulosas torrijas de pan viejo sumergidas en leche y rebozadas en huevo, que ya nunca volvimos a probar con ese mismo sabor antes, de que llegara el bum de los pastelitos, con sus colecciones de cromos y calcomanías: Bucanero, Pantera Rosa, Phoskitos, Tigretón, Bony… cada uno teníamos un favorito, como los equipos de fútbol. El mío era el Phoskitos, aunque probé uno hace poco y no se parecía en nada, la química alimentaría se ve que hace estragos para poder aumentar los márgenes de ganancias de las multinacionales. ¡Anda la cartera! Decía aquel anuncio de los Donuts en blanco y negro.
En estos años las cocinas se modernizaban a pasos agigantados. Aún recuerdo la nevera de casa de mis abuelos que iba a 125 v y tenía un transformador aparte, cada poco tiempo había que apagarla para descongelar y quitar el hielo. Llegaron los aspiradores con surround de fondo, las lavadoras que andaban cuando centrifugabas, el un, dos, tres picadora Moulinex, y la tourmix con la que nuestras madres nos preparaban aquellas papillas de frutas, que nunca fueron santo de mi devoción. No había tanto colorido en las vajillas, las cacerolas de nuestros abuelos eran marrón rojizas por fuera y azules por dentro y los platos de duralex, verdosos o marrones transparentes.
Hoy en día se puede escribir “madre” o “padre” en el contexto anterior, sin que provoque alarma sexista. En aquella época los roles estaban muy definidos, y aunque mi madre trabajaba como maestra, se encargaba de todas las tareas del hogar; creo que a todos nos costaría un poquito imaginar a nuestros padres, fregando o quitando el polvo de los muebles. Quién nos iba a decir después de 30 años, que mientras hablábamos con el “manos libres”, yo iba a estar dando de comer a mi hija y mi padre jubilado, limpiando platos. SEGUIRÁ…

 

Compartir

Otros artículos de opinión

Image