Opiniones

Jaime Gracia

1972, sin duda una de las mejores cosechas (14ª parte)

Ya que llega el veranito, aunque parece que al calor le cuesta, recordemos cómo eran esos veranos a principios de los 80 en Alcañiz.
Una de las primeras imágenes que me vienen a la cabeza, son los nervios de los últimos exámenes de 6º de EGB, alimentados por la envidia que sentíamos al observar desde las ventanas de clase los chapuzones que se daban algunos niños privilegiados en las piscinas municipales.

Piscinas, que eran muy diferentes a tal y cómo las conocemos hoy en día. Las piscinas para los pequeños, es decir para nosotros, eran tres, de forma circular, con la misma agua, pero separadas por unas barras y unos escalones, ya que tenían diferentes profundidades. La más grande y profunda, no nos llegaba a cubrir, era la más cercana a la de los mayores, tenía un tobogán que era el atractivo, era de hierro, si, si de hierro y chapa; nooo, no tenia agua constante para poderte deslizar, nosotros nos encargábamos de chapinar al que iba a bajar, para que resbalara bien; y como saltará algún trozo de pintura el raspazo podía ser importante, sobre todo si te tirabas de cabeza. La más pequeña, sólo te cubría por los tobillos y estaba diseñada para los bebes, la anécdota de esta piscina, era que como tenía tan poco profundidad, el sol enseguida calentaba el agua, y siempre se decía que era por el pipi; hombre algo habría, como la climatizada de ahora. La mediana era donde practicábamos una mezcla de waterpolo y rugbi, las aguadillas estaban a la orden del día, y ahí es donde verdaderamente podías degustar el sabor del agua procedente de la piscina aledaña. La otra gran piscina, la de los adultos, era la respetable, uff la grande, con esos pedazo trampolines y esa profundidad de 5 mts. Buceábamos por las escaleras, a tocar el fondo y bien justitos llegábamos a la superficie. Sólo me llegue a tirar de los trampolines pequeños y creo que con manguitos, vaya impresión, ni Falete en Splash.  Os acordáis de aquellos cambiadores con puertas de madera verdes, que permitían colarte por debajo, para ver…zas! Torta. Lo difícil era encontrar uno con el seguro en condiciones, estos estuvieron así hasta yo creo bien entrados los 90.

Para desear un buen baño, lo primero era sudar, así que nos íbamos a la pista de hockey de aquel entonces, o a la pista de aglomerado asfáltico de las nacionales a jugar un buen partido bajo un sol de justicia. Me viene a la memoria, que cuando estábamos muy sedientos, llegábamos a beber de una pequeña acequia que pasaba pegada a la entrada de la Ciudad Deportiva Santa María y a la misma pista de hockey. Creíamos que era la que iba a la fuente de los estudiantes, pero no lo tenía yo muy claro.

Siguiendo con el tema de las piscinas, era muy típico ir con los amigos (con tu primera cuadrilla de amigos de verdad), con las bicicletas a alguna huerta a bañarte. Ahora Alcañiz está plagado de magnificas piscinas, con su potabilizadora, su robot barrefondos, incluso algunas con iluminación, climatizadas o cubiertas, todo una alegoría al bienestar de lujo, que ni los de Beverly Hills; quizá recuerdos de tiempos, en los que muchos hayamos aprendido la lección; pero en aquél entonces la mayoría eran balsas de hormigón, nada de gresite y se llenaban directamente de la acequia, supongo que se les echaría algo de cloro o lejía, para que aguantará más el agua, aunque al final del verano, ya notabas que el suelo empezaba a patinar por el barrillo acumulado. A nosotros eso ni plin, es más, algún amigo, separaba un poco la broza superficial del agua y a beber, y ahí está, más fuerte que ninguno de nosotros, haciendo Trail Running con 40 tacos como si ná.

Para nosotros el verdadero lujo era tener un amigo con una balsa y escaparnos con esas magníficas bicicletas de la época por los caminos de zaborra de Alcañiz. Quien no recuerda las BH (cada metro un parche), las Orbea (la que siempre se estropea) o las GAC, con sus dinamos para dar luz, con esos amplios sillines con sus muellecillos y sin barras “rompehuevos”.
Muchísimos críos, sobre todo del casco viejo, bajaban al río, debajo del corcho. Había que llevar zapatillas viejas o bien las típicas sandalias de goma, para no patinar o rascarte con las rocas. Se utilizaban cámaras de camión tipo flotador, donde se subían un montón de chavales y se dejaban llevar por la corriente. Unos se tiraban por los distintos toboganes naturales del azud y otros desde la piedra del pozo de los siete ahogados, se lanzaban a ver si con suerte veían una de las salidas misteriosas de los pasadizos. SEGUIRÀ…

Compartir

Otros artículos de opinión

Image