Opiniones

Jaime Gracia. Un fenómeno made in Aragón

Aprovechando mis primeras prácticas en el CPS (Centro Politécnico Superior) de Zaragoza, como supervisor de sondeos para un proyecto de micropilotaje del nuevo centro,  comencé a investigar un fenómeno geológico que afecta especialmente a la zona aragonesa del valle del Ebro: las subsidencias yesíferas.
Hace unos 25 millones de años en el periodo Paleógeno, se produjo la orogenia alpina, se levantaron grandes cordilleras como consecuencia de choques entre placas, se formaron entre otras cadenas: los Pirineos, los Alpes y el Himalaya. A su vez otras zonas quedaron deprimidas, se conocían como fosas y una de ellas fue la fosa del Ebro, hoy llamada depresión. Durante mucho tiempo la fosa del Ebro fue un brazo de mar, poco a poco se fue cerrando y se convirtió en una especie de mar muerto. Conforme el agua se iba evaporando, precipitaban sales como los yesos, de ahí la importancia de estos depósitos en toda nuestra zona. El río Ebro, con su progresiva excavación en estos niveles yesíferos y a la vez el gran aporte de gravas del mismo formando las actuales terrazas fluviales, ha sido el causante principal de estos fenómenos de subsidencia, acelerados si cabe por los inoportunos riegos a manta de los campos.
El yeso tiene la particularidad que es una roca dura si está seca, pero si le ataca el agua se disuelve con gran celeridad. Seguro que todos tenemos en mente, los brincos que daba el coche en la antigua carretera de Zaragoza, en el tramo que había entre Quinto de Ebro y Zaragoza. Botes provocados por los baches que aparecían repentinamente en el asfalto y que obligaba a los operarios de conservación a emplearse a fondo en su disimulo.
La explicación era sencilla. Todo ese tramo de carretera discurre justo por el contacto entre las gravas del Ebro y los yesos terciarios. El agua freática del Ebro fluye fácilmente por las gravas que son permeables y poco a poco van comiendo terreno a los yesos que se van disolviendo. Cuando el hueco que produce la erosión del yeso, es tan grande que no puede soportar el peso del techo del mismo, se produce lo que se conoce como subsidencia (hundimiento) y da lugar a una dolina. Estas dolinas pueden ser desde pocos centímetros a varios cientos de metros de diámetro y pueden formarse en varios días o a lo largo de los años. Lo cual da una idea de lo peligrosas que pueden llegar a ser para la estabilidad de cualquier obra civil.
Especialmente delicados son, los espacios temporales entre diferentes épocas de sequia y crecimientos rápidos del rio Ebro. Es decir, ahora mismo llevamos un tiempo importante sin llover, el Ebro lleva poco caudal y el nivel freático es bajo, los yeso están completamente deshidratados. Un momento temporal de máxima alerta sería cuando empezara a llover de manera abundante durante varios días y estas borrascas se repitieran en cortos espacios de tiempo. El nivel freático sufriría fuertes oscilaciones y los yesos se disolverían rápidamente al ser rehidratados.

En las obras de construcción del AVE, tuve la oportunidad de estudiar oquedades en las paredes de los desmontes que en pocas semanas se convertían en cuevas sin fondo. Algunas eran rellenadas por bolos, otras por hormigón, pero… las que se están formando en este momento, ¿cómo se detectan? Creo que sólo Alvarez Cascos y Magdalena Alvarez deben saber la respuesta, por su frivolidad a la hora de ir aumentando progresivamente la velocidad del AVE en estos tramos.

Dolina en un campo de alfalfa cerca del AVE

 

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