
Más viejo, más rápido
Pensaba que habiendo corrido cinco maratones mi aventura se había acabado. Así lo escribí. Sin embargo, cada vez que veía correr a alguien me daban ganas de seguirlo. ¿Y por qué no? Mi cambio de actitud no molestaría a nadie. Así que hace unos meses, en agosto, volví a ponerme las zapatillas y a correr. A correr pensando en un nuevo maratón. No sé por qué elegí el de Dublín. Ayer volví a correr los 42 kilómetros y 195 metros. Más relajado. Más tranquilo. No tenía más objetivo que acabar. Incluso en algún momento de la carrera, aún encontrándome bien pensaba que si me paraba en ese instante seguiría caminando hasta la meta. Y en la carrera, hablando con unos, chocando mis manos con las de los niños que nos animaban, calculaba el tiempo que tardaría en llegar andando. No he llegado andando. He llegado corriendo como un lebrel. He reservado tantas fuerzas que el último kilómetro y medio lo he hecho como si estuviera comenzando entonces. No sé la marca, pero he estado en mis mejores tiempos, de ritmo, y eso que el reloj no me ha calculado bien la distancia o dando quiebros y tumbos, que los he dado para adelantar gente por calles estrechas, he corrido medio kilómetro de más.
Una vez más he llorado al dar el pistoletazo de salida. No puedo evitar la emoción. Los retos cumplidos. También he llorado al final, pero no cuando he acabado, bastante después, cuando de camino a casa me he encontrado con la carrera con miles de personas que aún estaban corriendo. Una chica a mi lado les animaba. Como teníamos puesto el nombre en el dorsal, llamaba a todos los que podía por su nombre y les animaba. Hacía más de dos horas y media que había pasado el primero. Ella, allí estaba, animando a cada uno, gritándoles, dándoles ánimo, diciéndoles que faltaba poco esfuerzo para lograr su objetivo. Tremendo. Y era una más de las miles de personas que han estado animando en el recorrido. Unas ofrecían fruta, otras caramelos, otras agua, otras chocolatinas, otras cariño, mucho cariño. También entonces he llorado. He estado unos veinte minutos junto a la chica que no cesaba de animar. Me he ido y ella allí seguía, pienso que esperando que llegara los últimos, para lo que aún le faltaba alguna hora. ¡Qué buena gente!
Un espectador sujetaba una pancarta que para animarnos decía: “Chuck Norris nunca ha corrido un maratón”. Como en alguna ocasión alguien me ha dicho que tenía un remoto parecido con el actor, le he gritado que esta vez sí que lo estaba corriendo. Risas del de la pancarta y de los que me acompañaban.
Durante el recorrido me preguntaba dónde iba a ser el próximo. Quería decidirlo allí mismo, mientras estaba por el kilómetro 25 o 30. Luego me he dicho. No hay prisa. Tómate un día de descanso y mañana decides. Imagino que mañana decidiré, aunque sea en falso.
