Opiniones

José Antonio Calvo

El Juramento del Juego de Pelota

 

Si éste mes que acaba está resultando caliente, habiéndose incluso saltado la berrera de refresco que suele venir tras la fiesta de la Virgen de Agosto, el que transcurrió en la Francia de 1789 no lo fue menos, aunque más en lo social que en lo térmico. En aquél brasero se estaba fraguando la Revolución Francesa.

 

Luis XVI, cabeza de una Monarquía en bancarrota y amenazada por la nobleza regional (cuántos símiles me vienen a la cabeza en la España de hoy), había convocado a principios de verano en asamblea a los Tres Estados (Clero, Nobleza y Pueblo). Los dos primeros, acostumbrados a tener la sartén por el mango, procuraban evitar que el Tercer Estado se reuniera y a sus 577 representantes no se les permitió reunirse en la sala de los “Pequeños Placeres” de Versalles, alegando que estaba en obras, así que sin demasiados miramientos ocuparon la cercana “Sala del Juego de Pelota”. El 20 de junio, como si de un cónclave cardenalicio se tratara, juraron no salir de allí hasta que hubiesen redactado una Constitución para Francia, que habría de estar basada en los “derechos del hombre”, un catálogo mínimo de facultades inherentes de forma inexcusable a cada ser humano extraídas del Derecho Romano y la filosofía Cristiana originaria. El desde entonces llamado “Juramento del Juego de Pelota” es considerado por los historiadores el comienzo de la Revolución y el nuevo enfoque constitucional iba a poner los fundamentos políticos vigentes durante siglos, patas arriba. Vean si no: el súbdito desaparecía para dar lugar al ciudadano. La soberanía dejaba de recaer, por mandato divino, en la cabeza de algún apellido con pedigrí, y recaía en el pueblo soberano. El ciudadano tenía el derecho y la obligación de revelarse ante cualquier opresión, Ex lumbra in solem (de la sombra a la luz), o al menos esa era la intención.

Durante el mes de julio los reunidos empezaron a redactar un preámbulo que contemplara esos derechos “fundamentales” de todo ciudadano, y recalco “ciudadano” porque no se contemplaba, de momento, a las ciudadanas, ni se hablaba de la esclavitud. Aún así no era un mal comienzo. Se presentaron 21 proyectos, que fueron debatidos durante el mes de agosto, hasta que el texto acordado de la Declaración con sus 17 artículos definitivos fue fijado tal día como ayer, el 26 de agosto de 1789. Su primer artículo afirmaba que “Los hombres nacen y permanecen libres e iguales en derechos”. Los siguientes decían cosas como “La libertad consiste en poder hacer todo aquello que no cause perjuicio a los demás”. O  “Ningún hombre debe ser molestado por razón de
su opinión, ni aun por sus ideas religiosas”.

Las ideas recogidas en esa preciosa Declaración son germen de nuestro sistema de convivencia moderno, plasmado en la mayoría de las Constituciones y forma parte del registro de la UNESCO de la Memoria del Mundo. Pero como sabemos, el camino del infierno está empedrado con buenas intenciones, y tras la promulgación de tan solemnes principios, la propia Francia se sumió en un baño de sangre bajo un Régimen del Terror que en la guillotina hizo rodar más de 30.000 cabezas. Así somos.

Estamos hartos de ver como invocan la Carta de Derechos Humanos desde Anders Breivik, el autor de la masacre de Noruega, hasta Paqui Ballesteros, la Envenenadora de Melilla, pasando por todos los dictadores religiosos y seglares que pueblan el Orbe. Una pena. Mi anciano vecino Don José Luis, una de las personas más sabias y cultivadas que he tenido la suerte de conocer, me decía que parte de la culpa de que los Derechos Humanos se hayan convertido en el chirri de La Bernarda, con perdón, es debido a la proliferación desde 1789 de una pléyade de cartas de derechos (del hombre, de la mujer, del niño, del anciano, del sano, del enfermo, del hetero, del homo, del animal salvaje, del doméstico, del de granja, de las aves canoras, de las plantas en maceta...) en contraste con el escaso, casi ausente, debate y publicación de “cartas de obligaciones y deberes”. ¡Ahí va! 
Sabio Don José Luis.

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