Opiniones

José Antonio Calvo

Juan de Lepe, Rey de Inglaterra ¿Quién no ha oído alguna vez un chiste de Lepe? Ahí va uno: ¿Por qué los leperos se abanican con serruchos? Porque les han dicho que el aire de la sierra es muy bueno.

No se sabe a ciencia cierta de donde vino la costumbre de atribuir a éste municipio de la provincia de Huelva el protagonismo de tanta chanza y tanta gracieta. Parece ser que en el teatro La Latina de Madrid, en tiempos de la Segunda República, actuaban Lepe y Alady, dos excelentes cómicos, madrileño y valenciano respectiva-mente. Los chistes del tal Lepe llegaron a ser muy populares y, tras la Guerra Civil, el nombre del célebre caricato se confundió con el de la población onubense.

Estos chistes, contados no pocas veces por los propios leperos, tienden a dejar a los oriundos del famoso pueblo como de medio lelos. Pero poco deben tener de tontos quienes han sabido llevar al modesto poblado romano de Laepa a una tasa de crecimiento espectacular, que culminó en los 90 con los campos de cultivo de fresas más productivos de Europa y que superó en el 2002 los 20.000 habitantes.

Esto, lo sabe todo el mundo. Lo que ya no saben tantos, es que un lepero llegó a ser, nada menos, que Rey de Inglaterra. Les cuento:

Juan de Lepe había nacido, de una humilde familia, en el famoso pueblo “del Sol el Mar y la Tierra” y temprana edad se había enrolado como marineo. Tan bajito como salao y listo, en sus viajes se las había ingeniado para aprender inglés y otras lenguas e imagino debía ser el alma de la fiestas, tanto en las singladuras como en puerto, guardando en su pequeño pecho las esencias de lo mejor del andaluz: la agudeza, la gracia, el sentimiento, el tesón y  la bonhomía, que son los del sur el puntito de sal que da el punto justo de sabor a ésta España nuestra. Cuentan que en uno de sus  viajes a bordo de un buque de carga, llamó la atención de un magnate inglés, que lo tomó como criado y cómico, no tardando mucho el buen Juan en ser el centro de entretenimiento de las fiestas de la alta sociedad inglesa. Tanto trascendió su fama, que el propio rey, Enrique VII, padre del famoso Enrique VIII, quiso conocerle. Quién sabe si en su charla con el monarca, el agudo ingenio de Juan hizo reír al atribulado Rey, habitualmente inmerso en los disgustos que a menudo le traían las secuelas de la terrible Guerra de Las Dos Rosas. El caso es que ese mismo día, entró al servicio de la Corona y en poco tiempo llegó a ser el amigo inseparable del monarca, con quien pasaba largas tardes conversando, jugando a las cartas o divirtiéndole con sus chanzas e historietas y a quien el rey contaba sus confidencias y sus preocupaciones más íntimas.

Pues bien, fue en una de esas tardes de tedio en las que mataban el rato jugando a la baraja cuando el Enrique VII, famoso tacaño que jamás apostaba sino pequeñas monedas, se quedó sin blanca. El monarca debía de llevar buena mano y no tenía con qué apostar, así que Juan le retó a que se jugara el reino. El Rey, seguro de su apuesta, aceptó, y, ante los otros nobles, se jugó su reino, su reinado y sus rentas, por un día. ¡Y perdió! Así que Juan de Lepe fue nombrado al día siguiente Rey de Inglaterra, concre-tamente The Little King of England, lo que se hizo público y le convirtió en un hombre rico y famoso.

A la muerte del monarca, viendo el despabilado Juan los líos de sucesión que se avecinaban y el temple que gastaba el vigoroso y enorme heredero al trono, Juan se volvió a su Lepe natal con su fortuna y vivió como ricohombre hasta el fin de sus días, en 1509, haciendo múltiples obras de caridad y manteniendo a su costa el convento franciscano, hoy desaparecido,  de Nuestra Señora de la Bella, patrona de la localidad.

Mi recuerdo a Juan de Lepe, Rey de Inglaterra por un día, un lepero sin un pelo de tonto, pues “stupid is as stupid does” (tonto es, el que hace tonterías, Forrest Gump, 1994).

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