
En la madrugada del 15 al 16 de diciembre de 1485, nacía Catalina de Aragón, hija menor de los Reyes Católicos. La madre, Isabel de Castilla, tenía entonces 34 años. Entre la princesa Catalina y su hermana mayor, Isabel, mediaban 15 años. La zagala resultó ser la hija más parecida a su madre: rubia, de ojos azules, inteligente y alegre, haciendo honor a la genética de su bisabuela inglesa, Catalina de Lancaster. Dada su viveza, sus padres se volcaron en su educación y la chiquilla pronto hablaba y escribía en francés, inglés, flamenco y latín, estando versada en historia, música y danza. Todo un portento. Con tan solo 6 añicos, vivió con sus augustos padres la rendición del Rey Boabdil de Granada. La Familia Real decidió quedarse a vivir allí.
Fueron unos años felices para Catalina, rodeada de sabios profesores y de los aromas a arrayán y a flores de los jardines de la Alhambra. Años de dicha de una niñez que, ni para una princesa, duran mucho. A sus quince años, cumpliendo con los deberes de su linaje, la Infanta de Aragón y Castilla dejó los cielos azules de Granada y se embarcó hacia las frías nieblas de Inglaterra, donde la esperaba su prometido, el enfermizo Arturo de Gales, con el que los reyes de Inglaterra y España, por fastidiar a los franceses, habían pactado matrimonio. La travesía desde La Coruña, fue un desastre, preludio quizás de lo que iba a ser el resto de su vida. Catalina fue desposada en noviembre y el Príncipe Arturo murió apenas cuatro meses después, dejándola viuda y virgen. Me asusta pensar en el mar de lágrimas en que se había convertido su vida.
Como no era cuestión de perder una alianza que había costado una fortuna en oro y quebraderos de cabeza a ambas Coronas, todo el mundo miró al hermano del difunto, el Príncipe Henry, de once años. Una vez cumplidos los 18, fue coronado como Enrique VIII y el vigoroso vástago de los Tudor fue desposado con su cuñada viuda, que tenía entonces 23. Se dice que Catalina de Aragón, Reina de Inglaterra fue feliz con el alegre y atlético Enrique, aunque desde el principio la de “Aragón” tuvo que hacerse "la sueca" ante las continuas infidelidades del pendón desorejao de su marido. Lo peor fue, de todos modos, el tema de su descendencia: La Reina había tenido seis embarazos, pero solo vivía la princesa María. El Rey Enrique, creyendo a Catalina maldita o embrujada por ser incapaz de darle un heredero varón, se planteó seriamente anular su matrimonio y dejó de quererla. Se enamoró perdidamente de la noble Ana Bolena y allí empezó la por todos conocida historia de sus cinco mujeres, dos de las cuales pagaron con su cabeza los caprichos de alcoba del Rey.
Catalina de Aragón, en cuyas venas corría posiblemente el mejor linaje real del Occidente de aquellos tiempos, era adorada por el pueblo inglés, al frente de cuyos ejércitos, en ausencia de Enrique y embarazada, había derrotado al mismo Rey de Escocia. Siempre se mantuvo firme y serena y negó en todo momento el divorcio a su marido, el cual comenzó a hacerle algo más que la puñeta mientras iba decapitando esposas y contrayendo nuevos matrimonios. Fue confinada y aislada cruelmente en varios castillos hasta que murió, a los 50 años. Enterrada en la catedral de Peterborough, a 118 kms. de Londres, en un funeral impropio de su rango, por orden expresa del Rey. Su ataúd fue acompañado por centenares de ingleses que abarrotaron el templo.
La tumba quedó en el olvido hasta que en 1896 se hizo una suscripción pública en la que miles de mujeres inglesas, irlandesas, australianas y norteamericanas llamadas Catherine costearon una gran losa de mármol en la que se grabó “Katherina, Queen of England”. Allí, cada 29 de enero, se celebra un memorial y una misa católica, en inglés y en español, y 400 niños depositan flores y granadas (su símbolo real) sobre su tumba. No faltan tarjetas con plegarias ni suele faltar una corona de flores con la bandera de España. Tengo planes para, un año de éstos, asistir a esa ceremonia y llevarle a nuestra Catalina unas flores, una “Pilarica” de plata y una banderita española.
