La hybris la definieron los griegos como un tipo de enfermedad del espíritu por la cual el hombre caía en la desmesura a todos los niveles. La patogenia o causa de la enfermedad era el crecimiento en el afectado de un ego desmesurado que lo convertía en un ser orgulloso y prepotente que menospreciaba radicalmente a los demás. Otros síntomas habituales eran los impulsos y pasiones descontrolados y los modales violentos que devenían en diarios accesos de furia. El afectado de Hibris era definido como “aquel a quien los dioses quieren destruir, pero primero lo vuelven loco”. El remedio era el jarabe de palo que venía de la mano de Némesis, diosa de la justicia retributiva y de la venganza, que pasaba al enfermo una dura factura cargada con un montón de desgracias y males.
La enfermedad puede afectar a cualquiera. Si lo hace a un niñato mal criado de éstos que abundan, suele acabar una noche de juerga en un trágico accidente de tráfico. Si afecta a un empresario, acaba con su ruina, la de su familia y la de sus empleados. Si a un jefazo del FMI, con un escándalo monumental para la institución que representa, para su país y puede que hasta con sus huesos en la cárcel. Porque desde la más remota antigüedad, el grupo humano en el que más se ceba ésta enfermedad es el relacionado con la política y el poder. En éste caso, las consecuencias para ellos mismos y para los ciudadanos que los sufren pueden llegar a ser catastróficas. La lista es interminable: Nerón, Atila, Iván el Terrible, Liu Bang, Napoleón, Stalin, Hitler, Pol Pot, Radovan Karadžić, Saddam Hussein, por citar algunas celebridades, unos pocos entre miles. Sin llegar ni mucho menos a esos extremos, en España entre los dirigentes de la casta política, ha habido epidemia o, como dicen mis pacientes “pasia” de la enfermedad y Némesis ha empezado a pasarles factura en la Puerta del Sol donde, con sus luces y sus sombras, se ha materializado el hartazgo de la ciudadanía ante los desmanes y desatinos de nuestros Hibris.
En la Roma antigua, tenían tal miedo a ésta dolencia y a sus demoledoras consecuencias para el Imperio que adoptaron una costumbre: cuando un general o un césar regresaba victorioso de sus conquistas, para que el éxito no se le subiera a la cabeza en el desfile triunfal, mientras toda Roma lo vitoreaba y le arrojaba guirnaldas de flores, se hacía acompañar por un siervo que durante toda la ceremonia le recitaba continuamente el memento mori (el recuerdo de que eres un simple mortal): ¡Respice post te! ¡Hominem te esse memento! ¡Mira tras de ti! ¡Recuerda que solo eres un hombre! Y no un dios. Amén.
Mi enhorabuena y mis mejores deseos a los candidatos de buena fe que hayan resultado triunfadores en éstas elecciones y, no olvidéis, durante vuestro mandato, de vez en cuando respice post te…
