Como el año pasado, acabo de gastar la mitad de mis vacaciones en Irlanda en una escuela de repaso de inglés, la lengua con la que llevo a tortas un tercio de mi vida.
En la Isla Esmeralda la vida transcurre tranquila y al anochecer la gente se reúne en el pub para beber unas pintas de cerveza negra, charlar y escuchar música en vivo. Los irlandeses, en general, son cercanos y se acercan a preguntarte el clásico “ueararyufrom” a lo que contestas “aiam from Spain”. Indefectiblemente, te dicen: Ah, Spain ¡playa, fiesta, tapas!
En mi última salida al pub antes de regresar, aproveché para hacer un mini estudio sociológico y me metí en un corrillo cervecero de veinteañeros. Les pregunté el porqué les gustaba tanto España como lugar de vacaciones. Tras decir los manidos “sol, playa, chicas” confesaron que era porque aquí se podían hacer cosas que en otros países, incluido el suyo, nunca estarían permitidas. ¿Como cuáles? La lista era demoledora: juerga hasta el amanecer en la calle; botellón; enorme facilidad para conseguir drogas en las inmediaciones de las grandes salas de fiesta; música a tope hasta las seis de la mañana; “hotel jumping” (tirarse a la piscina del hotel desde la ventana del dormitorio, anunciado en algunas agencias de viaje como “deporte extremo”, como el puenting). ¿Y por qué no hacéis esto mismo aquí? – pregunté--. “¡Aquí viene la Garda!” (la policía irlandesa, gente de pocas bromas). Uno de más edad dijo: “ No todos de fiesta, gente trabaja y tiene que dormir” ¡Coño!¡En España también! – contesté--. Un adicto a Salou que manejaba un poco la parte gruesa de nuestro idioma soltó un: “Comou disís vosotrous: ¡que se joudan!” en medio de un alboroto de carcajadas.
Esa noche no dormí bien. Me acordaba de mi época de estudiante y de los guateques con el “Cum and feel de Noize” (Ven y siente el ruido) de los Creedence’s sonando a tope en mi peña en el barrio de La Jota. Me acordaba de cuando los que sentían de verdad el ruido, los vecinos de los edificios cercanos, salían a la ventana a las tres de la mañana a acordarse de nuestra familia. ¡La inconsciencia de la juventud! Me dio por pensar luego en la imagen de España en el extranjero, siempre de la mano de tópicos. Hace unos años, te decían lo de “¡Ah! Español, torerou, olé, olé ” Ahora, somos país de referencia del “turismo de borrachera”. Si lo de antes me reventaba, lo de ahora más.
En fin, quizás algún día los Susos, Fuster, Ponz y Amores de ésta España tengan que pensar en un pueblo con horarios de juerga acotados hasta las dos de la mañana en zona urbana, o con un polígono de recreo cerca de Motorland, por decir un sitio, donde la gente pueda estar de jarana hasta las seis sin molestar a nadie. Quizás algún día nuestros diputados piensen seriamente en las leyes contra el “hotel jumping”. Quizás sea mucho pedir. Mientras tanto, no pocos en nuestros pueblos y ciudades seguiremos pagando las facturas de nuestra incapacidad y la de nuestros políticos para encauzar la fiesta en legítima diversión, así que seguiremos huyendo a dormir a los masicos, seguiremos poniéndonos tapones en los oídos y seguiremos echando cubos de agua en las meadas en las puertas de nuestras casas. Eso como mal menor, claro, porque Dios no quiera que aquí pase lo de Casillas de Flores o lo del toro “Ratón” de Xátiva (manda narices autorizar la contrata de un toro famoso por ser el más hábil matando jóvenes).
Mi réquiem por los que tienen que dormir. Mi aplauso a quien quiera disfrutar sanamente de las fiestas siguiendo los consejos de Anacreonte, el poeta griego de la fiesta, juerguista indómito, que medio milenio antes de Cristo escribió: << Ea otra vez, no sigamos de este modo, entre estrépito y gritos bebiendo como los escitas, sino entre bellos cantos bebiendo con moderación >>.
