Opiniones

José Antonio Calvo. Teresa de Calcuta, frente a la muerte indigna

  La orden de la Junta de Andalucía de retirar la sonda nasogástrica que propor-cionaba comida y agua a la anciana Ramona Estévez, en fase terminal tras sufrir un daño cerebral masivo, ante la exigencia de su hijo del cumplimiento de la Ley de Muerte Digna, ha reabierto la polémica sobre la forma de entender y abordar el final de la vida. Lo que para unos es una muestra de “coraje cívico”, para otros es matar a la anciana de hambre y de sed para quitarse un problema de encima. Así de radicales están las cosas. De hecho, las denuncias y la judicialización del caso están servidas.
Pues bien. Andaba escuchando la radio y dándole vueltas al tremendo asunto y al dial cuando sintonicé una emisora en la que hablaban de que la Madre Teresa de Calcuta, éste viernes 26 de agosto, hubiese cumplido 101 años. Recordé  que, mira por donde, Teresa fue una de las primeras personas en el mundo que acuñó el concepto de “muerte digna” y que lo hizo al encontrarse de frente en la India con su macabro antónimo “la muerte indigna” en la más terrible de sus formas. Les cuento cómo fueron sus comienzos y cual fue su opción.
Allá por el año 1952 la jóven albanesa Agnes Gonxha, rebautizada al profesar como Teresa, andaba por una callejuela de Calcuta y se tropezó con una anciana moribunda tirada boca abajo en la acera con los pies devorados por las ratas y la cabeza llena de hormigas. Encontrarse moribundos o cadáveres insepultos en las aceras de los barrios pobres no era inusual y para Teresa aquella anciana, aun viva, fue la gota que colmó su vaso. Quien había decidido entregar su vida dentro de la fe católica, a los más pobres, acababa de encontrar a personas más pobres aún, quienes, según el dicho español “no tienen ni donde caerse muertos”. Teresa los llamó “los más pobres de entre los pobres” y decidió ocuparse de ellos. Ni corta ni perezosa, la diminuta Teresa cargó con la anciana hasta el hospital del Colegio de Médicos, de donde los celadores la echaron a palos. Magullada, Sor Teresa arrastró a la moribunda hasta el Ayuntamiento, llamó de todo a ediles y policías y solicitó al alcalde un edificio en desuso donde poder atender a los moribundos de las calles. Unos días después el consistorio le cedió el abandonado templo de la diosa Khali (¡la diosa de la muerte!) ante las protestas de la burguesía local que no iba a tolerar ver a una monja católica en un templo hindú. El jefe de la policía zanjó el tema contestándoles que si sus extensas y augustas esposas se hacían cargo de ése trabajo, revocaría el permiso a la monjita. No hubo contestación. En unos días, Sor Teresa solicitó permiso para dejar los hábitos de la Orden de NS de Loreto, se vistió con un sarí blanco de algodón basto, el que visten las hindúes más pobres y solicitó permiso al Vaticano para crear una nueva Orden dedicada a proporcionar una “muerte digna” a “los más pobres de entre los pobres”, indepen-dientemente de su religión. Habían nacido las Misioneras de la Caridad. En el mohoso templo, que pasó a llamarse el Khalighat (La Casa de la Muerte) las monjas montaron largas hileras de camastros y empezaron a atender a los moribundos que la policía recogía en las calles. Se les desparasitaba y lavaba cuidadosamente, se curaban sus llagas y se les perfumaba, cubriéndolos con una sábana verde. Después se les daba agua potable y papilla de yogur. Un corresponsal español enviado allí describía: “Ayer, cuando los vimos, ya estaba avanzada la tarde y parecían limpios y tranquilos, pero dicen que muchos amanecen llenos de gusanos, agitados o rodeados de excrementos.”. Al amanecer las monjitas amortajaban dignamente a los muertos mientras los voluntarios leían el Corán a los musulmanes, recitaban “vedas” a los hindúes o ungían a los cristianos para después volver a limpiar, curar y alimentar a los todavía vivos.
Así fueron los comienzos de la llamada por los hindúes la Santa de las Cloacas, ésa fue su opción.

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