
Alumnos en huelga Ya llevo dos días sin dar clase. Mañana será el tercero. No es que yo esté en huelga; lo están la mayoría de los alumnos de secundaria de mi centro. Aparentemente está muy bien, alumnos concienciados, preocupados por el presente y futuro de su país, alumnos que quieren hacerse oír, que no quieren delegar la lucha en los mayores. Sí, aparentemente.
Pero la realidad es otra. Los alumnos (la inmensa mayoría de ellos) son felices porque se han encontrado con tres días de fiesta. A ni uno solo de mis pupilos se le ha pasado por la cabeza estos días acudir a alguna manifestación o realizar o participar en algún acto reivindicativo. Nada. Ni siquiera una mueca de contrariedad a modo de gesto solidario. Todo lo contrario: felicidad, mucha felicidad. Y no será porque a su alrededor no hayan visto de cerca la indignación que destilamos a diario sus profesores. Pero nada, les da igual todo.
Le doy vueltas a la cabeza tratando de encontrar una explicación a tanta indolencia y despreocupación, y sólo se me ocurre mirar hacia sus hogares. Sospecho que a pesar de que en muchas familias la situación puede que ya sea crítica, se sigue manteniendo la falsa ilusión de que todo va bien y que seguimos viviendo en un confortable estado del bienestar. Un indicador de ello me lo da por ejemplo el que mi móvil, sin ser un mal modelo, es el peor de la clase con diferencia. Cualquier crío de 16 años tiene un móvil que teletransporta al mío a la era de las cavernas. ¿Por qué han de verse estas criaturas preocupadas por la situación de su país, si la cosa parece que no va con ellas?
No sé si hemos vivido por encima de nuestras posibilidades (yo no, vamos), pero sí sé que una gran mayoría de la gente ha vivido pasando por encima de los más elementales principios del sentido común. Y estos adolescentes -casi adultos- que viven felices de espaldas a la realidad, no son así por casualidad. Es la leche que han mamado en casa. Y así nos va a ir. No hay futuro ni esperanza. Esto es lo que hay.
