
Tráfico Tengo una amiga que es pequeñita (1’50, con trabajo) delgada, poquita cosa, muy dulce en el trato, divertida, simpática, buena hija y mejor madre, estupenda amiga…
Después de enumerar la multitud de virtudes que la adornan he de decir que es como Jekyll y Mr. Hyde cuando se pone a conducir: Vocifera, insulta, por su boca salen palabras soeces, saca el dedo corazón apuntando hacia arriba con una maestría que asombra…
Tiene una conducción agresiva, en el sentido que le molestan los lentos (que los hay), los torpes, (que también los hay) y sobre todo los listos. Por eso cuando voy con ella en el coche me parece ir con una desconocida. Si condujera un coche sin claxon le daría un infarto de la rabia que acumularía.
Vivimos en una ciudad bastante grande y no es fácil conducir aquí (y ahora con las obras del tranvía menos aún), pero esta transformación me tiene asombrada.
He observado que hay muchas personas a las que les ocurre lo mismo, el bonachón compañero de trabajo que una vez sube al coche se transforma en Fittipaldi o mejor en Hamilton… Es subir al coche y se les cambia la cara... se les inyectan los ojos en sangre, se transforman.
No sé si será el stress de la gran ciudad, pero he de confesar que, a veces, yo también chillo, saco el dedo a pasear y toco el claxon, y me da mucha rabia que el claxon de mi coche no tenga un sonido como el de un camión cuando lo hago...
