
La estantería de los libros cerrados
La suerte de disfrutar de la presencia y la sabiduría de los abuelos es algo de lo que nadie debería privar a ningún nieto. Cuando ya hace unos cuantos años que los míos faltaron, todavía rememoro muchos buenos momentos que con ellos viví, y me congratulo de las muchas cosas positivas que supieron mostrarme, sin apenas percatarme de su gran habilidad para ser educadores desde el cariño y la sencillez. Sus sonrisas eran sinceras, y todas sus manifestaciones estaban cargadas de la candidez que trajeron de sus sencillas vidas en el entorno rural.
La vida en los pueblos era muy normal, sin grandes acontecimientos ni sobresaltos desde la guerra civil. Alcañiz ha sido el fondo de vaso que ha ido repoblándose con jubilados que desde los pueblos vecinos auspiciaron la saludable economía de la construcción, al ir aproximándose a sus hijos que ya habían venido a trabajar a Alcañiz, y para estar más próximos a los servicios sanitarios de los que todavía disfrutamos por haberlos sabido mantener desde siempre.
Ahora se ha puesto de moda la costumbre de “aparcar” a los ancianos en las residencias que tanto han proliferado, los abuelos ya no ocupan el lugar que siempre tuvieron en los núcleos de la familia, y han pasado de ser personas mayores reverenciadas por sus conocimientos y dignidad, a ser “estorbos” que no caben en los reducidos pisos que ahora se construyen; cualquier excusa sirve para desplazarlos a esas instituciones en las que están muy bien atendidos, y con todo tipo de comodidades que en casa no pueden “disfrutar”.
Nadie es conocedor de la suerte que el destino nos deparará, pero no olvido que en la casa de mis padres todos tuvieron un espacio hasta el final de sus días, y en la mía tampoco nadie careció del cariño y espacio que antes nos habían dado, inculcado, y demostrado.
Será por eso que esas instituciones de aparcar ancianos, a mí se me antojan estanterías donde se les amontona como si fueran libros cerrados. Si alguien los abriera vería que están llenos de vida, alegría, e inmenso cariño. ¡Qué lástima no saberlos disfrutar!
¿Otra cosa robada a la generación perdida?
