Opiniones

Santiago Sedeño. Bombas caídas en el olvido

En este año de aniversarios, de concordias, parabienes y de orgullo alcañizano parece que  olvidamos la historia reciente de la ciudad, no todas las efemérides a recordar y celebrar tienen que ser positivos, el pasado sábado día 3 de marzo se conmemoraba otra fecha que todos tendríamos que recordar por lo acontecido en nuestra ciudad, , hace setenta y cuatro años, se llevaba a cabo sobre Alcañiz uno de los más brutales ataques bélicos que ha sufrido el pueblo aragonés en su historia, el acto de guerra más cruel que ha soportado Aragón y que, al mismo tiempo, fue silenciado. El bombardeo de Alcañiz fue uno de esos acontecimientos que el pueblo intenta olvidar por miedo y que el poder ordena olvidar por su propia vergüenza; pero es también un eco que resuena en nuestra historia y que clama en conciencia a la memoria para que el olvido no se convierta en norma, para que el recuerdo aflore y se muestre lo que ocurrió sin miedo a señalar culpables y a levantar heridas. Porque el tiempo no lo cura todo y si aún hay recuerdos que escuecen es porque el daño se ha infectado y ha gangrenado nuestra sociedad.

Alcañiz es, para las y los aragoneses, nuestra propia y singular Gernika. Nuestra manera de enfrentarnos a este acontecimiento fue por medio del olvido, resignación, sumisión y vergüenza de los bombardeados. Para nosotros no hubo históricas portadas ni repercusión internacional, no hubo periodismo extranjero interesado ni grandes cuadros. No, nuestra Gernika sólo trajo miedo, mentiras y desolación. Nadie informó y quien lo hizo mintió para su propio beneficio; nadie investigó ni se interesó de lo ocurrido hasta ahora; y las personas que lo vivieron trataron de olvidar el infierno que sufrieron. Dando por sentado que fue un acontecimiento “habitual en una guerra” cuando realmente no lo fue. Alcañiz no estaba en el frente ni era una posición militar. La orden era arrasar Alcañiz, causar el mayor daño posible a la población con un único objetivo: amedrentar a la población de  una posición civil de la retaguardia aragonesa. Se demuestra en que se lanzaron más de 10.000kg de explosivos que cayeron en su mayoría sobre el casco urbano. Pero lo peor aun estaba por llegar tras el bombardeo, los cazas que acompañaban a las escuadras descendieron sobre el pueblo y dispararon indiscriminadamente contra población civil con él fin de causar el mayor número de bajas civiles. No había interés militar en Alcañiz, tan sólo el deseo de asesinar, causar muerte e infundir el miedo en la población civil. Según los testimonios la mayoría de muertes debieron producirse en esos disparos aéreos sobre la población que dejaron un verdadero reguero de cadáveres por todas las calles y plazas de Alcañiz.

José María Maldonado acepta como seguro no menos de doscientas personas fallecidas que sumadas a las muertas por heridas y  a las que fueron trasladadas fuera de Alcañiz y que morirían poco después, harían una cifra superior a quinientas personas, un número que siempre ha sostenido gran parte de la población alcañizana pese a la falta de pruebas documentales. El olvido que siguió al ataque un plan determinado para no causar más escándalos. Los  sublevados no querían más mala prensa así que censuraron cualquier información acerca de los hechos. Los republicanos, no les interesaba dar una visión de debilidad cuando en unos pocos días iba a comenzar la ofensiva sobre el Frente de Aragón. Ambos contendientes quisieron borrar el acontecimiento por sus propios intereses y dejando abandonados una vez más al pueblo y a la memoria colectiva.

Se nos ha inculcado que la mejor manera de pasar página es el olvido y no lo creo, hasta que no aceptemos todos los capítulos de nuestra historia no lo podremos hacer. Todos esos alcañizanos que murieron bajo la barbarie de las bombas y metralla de una guerra también merecen nuestro recuerdo y su conmemoración. Su recuerdo no tiene que suponer un acto de disputa, todo lo contrario tiene que ser una piedra de apoyo, de unión de todos nosotros, de acordanza, de mención y un referente para que nunca más tengamos que pasar por ello. Quisiera terminar con una cita del historiador Menéndez Pelayo: “El pueblo que no sabe su historia es un pueblo condenado a irrevocable muerte”

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