
Hubo un tiempo en el que editores audaces arriesgaban sus dineros en la arena de la prensa escrita y situaban el aroma de la libertad por encima de la cuenta de resultados. No hay nada como una Redacción que se sienta dueña de su responsabilidad y de su libertad, conceptos que siempre deben viajar de la mano. Sólo cuando se produce esa conjunción se llega al entusiasmo y de él a la complicidad con el lector que resulta rentable desde todos los puntos de vista. Tiempos difíciles de olvidar para quienes los disfrutaron aunque fuera a trompicones. Tiempos que se antojan ya muy lejanos y quizá irrecuperables.
Coincidiendo con el vertiginoso –y desquiciado- desarrollo del sector inmobiliario, que hizo amasar fortunas de la noche a la mañana, el editor se fue sustituyendo por el empresario a secas. Un advenedizo que llegaba con esquemas similares a los que utilizaba para desarrollar sus promociones y para manejar a los obreros que levantaban los imperios del ladrillo. Pero que llegaba, sobre todo, como el marchamo de salvador de un barco que hacía agua. Y era cierto: con la irrupción en tromba de los nuevos medios audiovisuales, que iban reclamando su parte del exiguo pastel publicitario, el papel se fue encogiendo, arrugando. Pero allí estaban estos intrépidos mecenas, con su maleta llena de filantropía… pero, al mismo tiempo, necesitados de alcanzar un estatus social y una situación privilegiada cuya rentabilidad era (es) directamente proporcional a la distancia que media con el poder político. La derivada de todo esto no se hizo esperar: ajuste de plantillas, congelación de salarios en un sector tradicionalmente mal remunerado, sometimiento a la dura praxis cotidiana que ponía ‘los resultados’ por encima de la calidad… y, sobre todo, la dificultad creciente de compaginar la libertad de criterio del periodista con la suma de compromisos político-empresariales adquiridos por los nuevos patronos. Si a esto se le añade la dificultad que tienen muchos medios para asumir con prontitud, inteligencia y coraje el reto que representan las nuevas tecnologías, tenemos los elementos para entender el progresivo alejamiento de los lectores de la prensa escrita.
No, no todo fue y es malo. Pero desde este otero contemplo un horizonte de inquietante escepticismo. Francamente, cada vez que algún joven que mira al periodismo como meta de vida reclama consejo, dan ganas de repetirle la inequívoca advertencia que presidía la introducción de un libro de Redacción de Martín Vivaldi: “Desgraciado, no lo hagas”. Entonces me pareció gracioso…
