Opiniones

Alberto González

Directos a la involución

A mediados del siglo XIX se publica la que hasta ahora es la teoría científica que paleontológicamente damos como correcta acerca de la evolución de las especies y, por consiguiente, la evolución del ser humano.

El de las jirafas el ejemplo más curioso que se nos plantea en la escuela, como historieta para niños. Evolucionaron alargando su cuello para poder llegar a las hojas más altas de los árboles, y así poder comer, ya que las partes bajas las devoraban otros animales. De no haber sido así, las jirafas se hubiesen extinguido.

El ser humano, en paralelo, se ha ido perfeccionando a lo largo de los siglos, la selección natural ha hecho que sobreviviesen en momentos de penurias, los más fuertes, los más resistentes, los mejores…

O no.

El que en mi opinión es un gran orador, Emilio Duró, en una de sus conferencias me abrió los ojos.

Él defendía que el ser humano actual desciende de aquel que, en momentos de falta de alimentos, iba de noche y robaba la comida, el que la repartía y era solidario. Murió de hambre.

El que en las guerras decía valiente “Huid, yo os cubro”, murió. Sobrevivieron los que se escondían y no defendían sus aldeas.

Entonces, realmente, ¿de donde descendemos?

Él dice, simpáticamente y siempre en tono de humor, que los actuales humanos, sólo hemos evolucionado en nuestra esperanza de vida, que somos la peor versión del Homo Sapiens posible.

Yo me negaba a pensar eso, pero entonces, cómo le podía explicar a mi sobrino que ponemos a dos gallos uno enfrente del otro con espolones metálicos y les hacemos pelear, mientras nos excitamos apostando dinero.

Cómo le digo que apaleamos focas vivas y les arrancamos la piel, aún vivas, para hacernos abrigos y que lo hacemos así para que la piel no pierda elasticidad.

Cómo le hago entender que en una provincia China se matan, de manera salvaje, a miles de perros, de la misma raza que el perro con el que duerme todas las noches.

Cómo le digo que en España se suelta a un toro y se le lancea hasta la muerte y, no contentos con eso, le cortamos los testículos y los atamos a la lanza del “hombre” que le da el toque de gracia.

Al final de todo, y parafraseando a Don Emilio, “no hay nada peor que un tonto motivado”.

A ver si despertamos, empezamos a ser menos tontos y a estar más motivados.

 

 

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