Opiniones

Ana Mª Andreu

Lo difícil de ser madre

Muchas de nosotras pertenecemos a una generación en la que nuestros padres no tenían apenas estudios. Aprendimos a estudiar solas, a rellenar las matrículas, a defendernos ante los profesores. No era cuestión de ser más fuertes, era cuestión de las circunstancias.

Pasamos en su mayoría de ser amas de casa a mujeres trabajadoras Y en ese afán de que nuestros hijos no tuvieran carencias afectivas, dedicamos el resto del tiempo a ser madres abnegadas. Leímos libros para desarrollar la inteligencia emocional de nuestros hijos, para buscar la felicidad de nuestros hijos... Dejamos atrás la comparación con otros “pues fulanita-o ha sacado mejores notas o más buena-o”. La dedicación era absoluta.

Tanto la educación familiar como la educación en el colegio era de sobreprotección. Adiós a los dictados, a las redacciones, a los trabajos, a los deberes, a estudiar, con una lectura o dos era suficiente. El sistema fue cambiando pero no mejorando, habla por si solo el gran fracaso escolar que existe hoy en día. Analizar una oración se ha convertido en un juego de palabras, en la que los padres denominamos de una forma los conceptos de la gramática y los profesores no usan siempre los mismos. Los que tenían alguna dificultad fueron los grandes vencedores porque aprendieron lo que es la constancia y el esfuerzo, se les ayudo tanto desde casa como desde las instituciones. Pero muchos niños, aquellos de aprendizaje fácil de oído, se quedaron con el tiempo atrás. Cuando llegó la hora de hacer codos les resultaba fatigoso y aburrido. He visto como son capaces de pegarse una hora en la misma página y mirando el techo. He querido comprobar que mundo fantástico existía en ese techo y juro que no había nada o yo no fui capaz de verlo.

Las madres hemos corrido a cada demanda del niño, si se ha caído, si le duele la tripa, si tiene ganas de cantar, ver la tele con ellos, inventarles cuentos con personajes inventados,... Y para cada problema siempre hemos encontrado algo a lo que culpar.

Aunque hayamos visto que son un poco infantiles eso no tenía importancia porque la infancia dura tan poco que ya tendrán tiempo de madurar.

Pero el tiempo pasa y no maduran. Esa ley de sobreprotección y el mínimo esfuerzo les ha llevado a sentirse perdidos, dependientes de una madre (padres) a la que necesitan y culpan de todos sus males. Les lleva a querernos y odiarnos a la vez.

No he cometido los mismos errores que mis padres, pero he cometido otros. Y hoy soy una madre que se debate entre la culpabilidad y la impotencia al ver como sus hijos no están preparados para salir al mundo. Mi voz les decía que tenían que estudiar, que tenían que esforzarse, pero mis acciones fueron dárselo todo al instante. Ellos son el resultado de nuestro fracaso.

Y sé que muchas de vosotras no os sentiréis identificadas porque tenéis hijos estudiosos y maduros, pero para otras madres será un consuelo el saber que no están solas.

 

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