
Equidad
Entramos corriendo a casa y nos dirigimos sin dudar a la habitación de nuestros padres. La ventana abierta nos confirmó que no nos habíamos equivocado. Buscamos debajo de la cama, detrás de las cortinas y, cuando abrimos el armario, allí estaban, uno para cada uno. Mis hermanos cogieron el suyo y corrieron a su cuarto. Yo me quedé mirando el mío. Me daba miedo cogerlo. Esta vez tenía que ser, ¡lo había deseado tanto! Sólo había pedido una cosa. Por la forma parecía que esta vez no se habían olvidado. Cogí el paquete y lo moví. En mi cara se dibujo una enorme sonrisa, había merecido la pena no dar un tortazo a mi hermano cuando se ponía pesado y me daba patadas, no quedarme con las vueltas de la compra cuando mama me mandaba al mercado, hacer todos los deberes y rezar todas las noches, No rasgué el papel, quite con cuidado el celo para luego utilizar el papel de regalo. Cuando apareció la cara de la muñeca me quede blanca.¿Quién era esa? Era el tercer año que pedía una Nancy, mis amigas tenía todas una o más y yo, ¿tan mala era? ¿Qué había hecho mal? ¿Qué más podía hacer? Me eche a llorar desconsoladamente, sin entender nada. Me encontró mi madre acurrucada en un rincón, con la respiración entrecortada y regueros de lágrimas que se dirigían en todas las dirección sin orden ni concierto. Soy mala, soy una niña muy mala, ¿porqué mamá, los Reyes Magos creen que soy mala? Mi madre me cogió entre sus brazos y me dijo que me iba a contar un secreto que no debía desvelar a mis hermanos ni mis amigas ¡Los Reyes Magos son los papás! Al escuchar esta simple frase mi cara se iluminó, le dí un beso y le pregunté si eramos pobres. Mi madre me contestó que pobres, pobres, no; pero que no había podido comprarme la muñeca que yo tanto deseaba porque tenía muchos gastos en esas fechas. Me prometió que en cuanto pudiese me compraría la muñeca. Cada año había sufrido viendo cómo a mis amigas les traían montones de regalos los Reyes: Nancys blancas y negras, armarios, vestidos y múltiples objetos para la muñeca tan deseada por todas. No entendía por qué a ellas les traían tantos juguetes y a mi alguna falda o vestido y algo que no había pedido. Pensaba que los Reyes no sabían de mi existencia, que no era importante y me sentía la niña más triste del mundo. Descubrir que en aquella historia ni mi comportamiento ni yo misma había tenía nada que ver alivió tanto dolor. Y por supuesto la muñeca llegó un día. Mi madrina me la regaló para mi santo.
Por eso cuando hablan de equidad refiriéndose a los niños, tiemblo. Cuando dicen algunos educadores que bajan el nivel para que los niños con menos capacidades no se sientan diferentes y no sufran, no lo entiendo. En este mundo consumista desde la más tierna infancia ya entienden de marcas y de objetos tecnológicos que no todos se pueden permitir. Cuando llegan las excursiones no todos pueden ir. Ellos ya saben que no todos son iguales. Equidad sería que en el colegio todos los niños vistiesen igual y llevasen la misma mochila, que todos los niños pudiesen ir a las excursiones pagándolas todos los que pueden. Pero por lo visto eso no importa. Sólo importa que el niño no sufra en lo que los adultos creemos que sufre. No me gustan los extremos. Entre equidad de conocimientos y excelencia, ¿ por qué no abren la vía del esfuerzo, que se evalúe el esfuerzo según las capacidades de cada niño? Descubrir a cada niño lo que es capaz de hacer y que con esfuerzo muchos sueños que parecen imposibles se pueden hacer realidad.
No me gusta la nueva ley de educación pero tampoco las leyes que se han ido sucediendo desde que se inició el camino de la democracia. En España no le damos valor al potencial humano. No estoy de acuerdo cuando dicen que nuestros jóvenes nunca han estado tan bien formados. Creo que nunca ha habido tantos jóvenes formados, pero de ahí a que lo estén mejor que los de mi generación cuando salen de la universidad con faltas de ortografía, y lagunas de cultura general va un trecho. Así que nos queda un gran camino por realizar y el problema es que nuestros políticos parecen vivir en un mundo paralelo al nuestro porque ni ven ni oyen los problemas de los españoles. También nosotros tenemos nuestra parte de responsabilidad. El español ha permanecido siempre impasible ante los ademanes de la clase dirigente y desde su cómodo sillón recita “más vale malo conocido que bueno por conocer”.
