
Ciudadanos de Segunda
A mí como aragonés me toca algo más que la moral, el hecho de que se nos tome por el pito del sereno en Madrid. Los agravios y desaires son continuos; sir ir más lejos se incumple la sacrosanta ley a la que tantas veces se invoca; y se incumple de modo sangrante cuando el Estado se pasa por el forro lo que dice nuestro Estatuto de Autonomía a propósito de las inversiones del Estado en Aragón; claro está que un demócrata de tomo y lomo no hurtaría el derecho al debate y al diálogo, y sentaría las bases de acuerdos. Pero claro, si don Tancredo no considera necesario hablar con los catalanes, mucho menos lo hará con los aragoneses, así que seguiremos esperando a que un buen mes de estos, al señor que tanto gusta leer el Marca, le de por convocar la bilateral y se pueda hablar de asuntos de enorme interés para Teruel y Aragón.
Y es que de aquellos polvos, de esta manera de ser tan poco elegante, tan de mano derecha, vienen los lodos en los que nos atascamos. Porque si a alguien en Madrid le importásemos un poco, ya habrían resuelto de una puñetera vez el problema de la Central y sabríamos de su futuro; aunque bien es cierto que poco podemos esperar de quienes privatizaron y vendieron a manos italianas tan pingüe y beneficiosa empresa pública como era ENDESA. Por no hablar de la abultada lista de agravios hacia la gente del medio rural, que parece que somos el rigor de las desdichas. En otros países de mayor cultura democrática, los diputados se deben a los electores de sus circunscripciones, pero en nuestro caso esto tampoco será así; de modo que en lugar de defender nuestros intereses como ciudadanos turolenses y aragoneses, nos encontramos con ataques a nuestros legítimos responsables políticos. Y así es como nos va cuando los que están arriba, con la mayor de las indolencias, miran hacia otro lado. A mí me abochorna tener a irresponsables sin cultura política y de diálogo apoltronados, y manejando la democracia a su antojo, porque antes que los intereses de los ciudadanos decidieron que prevalecían los suyos propios y los de sus venerados mercados. Pues así es como nos va, y como nos seguirá yendo, como ciudadanos de segunda.
