
Un delito para vivir
Ana está en el paro. Su marido también. No llegan a fin de mes. Porque hay que pagar el recibo de la hipoteca. Porque hay que pagar el material del colegio de los niños. Porque hay que pagar la luz, el gas y el agua. Porque los niños tienen que comer (ellos dos “hacen dieta”).
Ana es contable. Bueno, era, porque trabajaba para una empresa pública y la despidieron. Ahora su puesto lo ocupa una chica que no sabe ni hacer facturas. Pero es sobrina de un gran amigo del jefe.
Su marido era chófer de un cargo de la administración provincial. Era, también. Ahora su puesto lo ocupa el hijo de un amigo de ese cargo. Así son las cosas ahora.
A Ana le preocupan muchas cosas, entre ellas los estudios de sus hijos. Irónicamente, sobrepasan los ingresos mínimos para poder obtener una beca de estudios, así que no sabe cómo va a poder costearlos. En ocasiones, ha pensado que quizá no merezca la pena que sus hijos estudien: total, en este país, más vale tener buenos amigos que buenos estudios.
También le preocupa que este mes tampoco van a poder ir al dentista. Vale dinero; dinero que no tienen. Porque la prestación por desempleo ya se le ha acabado.
Y también le preocupa, entre otras cosas, su futuro y el de su marido: si no cotizan, no tendrán pensión de jubilación. ¿Tendrán sus hijos que ocuparse de ellos cuando llegue el momento?
Ana sólo encuentra una salida: cometer un delito. Es una buena opción, ir a prisión. Allí le asegurarán una cama para dormir (aunque le quiten la casa, sus hijos pueden ir a casa de los abuelos), una ducha con agua caliente (ya no tendrá que pagar luz, ni agua), gimnasio, televisión, servicio médico (dentista incluído) … Hasta podrá estudiar y sacarse otra carrera. Hasta volverá a tener una prestación por desempleo cuando salga de prisión.
Sí, es una opción que Ana no deja de considerar …
