
Carla
Ayer leía, con enorme congoja, la noticia del suicidio de una niña de catorce años, que no pudo más con el acoso y las humillaciones a las que fue sometida por sus compañeros de curso.
No tengo palabras para describir cómo me impresionó la cantidad y el tono de los insultos y de las vejaciones que pueden llegar a ser capaces de infligir unas adolescentes de catorce años a otra, por el simple hecho de ser “diferente”. Porque el mayor pecado de Carla, que así se llamaba la joven, era ser diferente de ellas.
Desde frases como “Topacio, un ojo aquí y otro para el espacio” hasta barbaridades como “No toques eso, que lo ha tocado ella”. Brutal. Tremendo.
Era un acoso sin tregua en las clases y en las redes sociales. Que terminó en un salto al vacío cuando Carla no pudo más.
Difícil de describir, difícil de compartir e imposible de entender que esto ocurra a día de hoy. Porque no sé realmente qué me impacta más, si el dolor incompartible de la madre que, además, tuvo que enterarse después del infierno por el que pasó su hija, o la sangre fría de algunas de esas acosadoras que pudo llegar a decir: «Yo sí, me metí con ella, le pegué, nos pegamos, pero, y? fui la única persona acaso? Creo que no, eh, hay mucha gente más que ahora no da la cara, que hizo lo mismo, incluso peor que yo».
Es duro tratar de entender cómo se siente la madre de Carla, pero palabras como las de esa “persona” me hacen plantearme qué debe ser más duro, si perder a una hija de esta manera o conservar a otra que es capaz de acosar a otro ser humano de esa forma tan despiadada.
No concibo si podría llamarme “madre” de una criatura con esos valores. “Madre” de alguien capaz de formar parte de un aquelarre de violencia sin razón contra una compañera cuya única culpa era no pertenecer a su grupo de “normales”.
Me aterra pensar que este tipo de casos de acoso escolar son más comunes de lo que parece. Porque la víctima, avergonzada, calla y soporta hasta que no puede más. Cuando realmente los que deberían sentir la vergüenza y la estigmatización social son esos acosadores, faltos de escrúpulos, faltos de moral y faltos de valores.
Tan importante es erradicar la violencia de género y hacer saber a esas víctimas que pueden denunciar y salir adelante, como erradicar la violencia en las aulas y el acoso escolar, protegiendo a esos niños y niñas de esos compañeros sin humanidad.
