
En la madrugada del viernes 13 de enero, casi 100 años después del hundimiento del Titanic, se produjo el hundimiento del Costa Concordia. El capitán del primero no quiso frenar a pesar de las advertencias, por las presiones del propietario, para que llegase cuanto antes a su destino, el segundo tenía al mando a un idiota. Un idiota, prepotente y cobarde que abandonó el barco a la primera de cambio y dejó que con él se hundiese la vida de muchas personas.
El paralelismo con los políticos de este país se me hace inevitable, una panda de megalómanos que han querido destacar, ser poderosos y famosos, con la sensación de que el barco era suyo y que lo podían manejar a su antojo. Tenían un barco de lujo, lo han llevado a pique, y han saltado del barco, olvidando a todos los que se han ido al fondo con él.
Una diferencia entre el capitán del Costa Concordia y los que están y han estado al mando de ayuntamientos, diputaciones, gobiernos autónomos y estatal es que el primero será juzgado y tendrá que pagar por su irresponsabilidad, y los políticos no.
Pero también los distingue otra cosa y es que los políticos llegan al poder merced a unas elecciones en las que todos decidimos y eso nos hace a todos responsables de sus actos, de su desvergüenza y su falta de honestidad. Entre todos decidimos que queremos ser gobernados por idiotas y así nos va.
Debemos ser consecuentes con nuestras decisiones y nuestros actos y asumir las consecuencias ya que bien por pretender navegar en un barco que nos venía grande, bien por no ser capaces de colocar al mando a alguien capaz de llevarnos a buen puerto, nos encontramos a la deriva y directos hacia las rocas.
No nos quedan muchas más opciones, tenemos que recuperar el rumbo.
