
Amor en el caldero:

Esto que podría ser el título de una telenovela un poco rara. Amar en calderos revueltos. Los tiempos del caldero y los amores náufragos. Servirá para presentar la teoría del amor en el caldero.
En tiempos de crisis, por todos es sabido, las cosas del amor se ponen muy complicadas. La tristeza de perder el trabajo, la incertidumbre sobre el futuro y las dificultades económicas afectan inevitablemente a cómo nos relacionamos con los demás. Cuando pensaba sobre todo esto, descubrí la teoría del caldero:
“Estamos todos metidos en un caldero lleno de agua sucia, en el que cuando sacas la cabeza para respirar, alguien te da en la cabeza con un cucharón gigante y te vuelves a hundir.”
A simple vista el agua del caldero es de color marrón, tirando a oscuro. Puedes ver un montón de cosas asquerosas flotando en el caldero, corrupción, injusticia social, unos agujeros negros con forma de macarrón que hacen desaparecer el trabajo, y gente, mucha gente luchando por salir del caldero por todas partes.
Entonces, ¿qué pasa con el amor?, ¿hay amor en el caldero?, ¿o se ha hundido y se ha quedado pegado en el fondo como pasa con el colacao o con el azúcar, que si no lo remueves se queda en el fondo del vaso. Y aquí va la teoría del amor en el caldero. Las cosas más inesperadas suceden en los momentos más inciertos. Y el amor es la cosa más inesperada de entre las cosas inesperadas.
Ejemplo de la teoría del amor en el caldero. Hace unos 50 años, a principios de los 60. Una preciosa morenaza española, llamada Maruja, tuvo que emigrar, primero de Alcañiz a Barcelona, después se metió en un barco, y apareció a 16.826,57 km, en la ciudad de Melbourne, Australia, donde estuvo trabajando como enfermera. De vuelta a España, en el barco, conoció a un actor inglés que venía de actuar en Nueva Zelanda. Un flechazo es como un rayo en la cabeza, una vez que te pasa no hay nada que hacer. Él se fue a Inglaterra, ella a España. Se escribieron cartas durante meses.
Finalmente se encontraron en París, y en lo alto de la torre Eiffel, él le pidió que se casaran. Al final acabaron viviendo en Australia, tuvieron un hijo, fueron felices, y pasearon con los canguros y los koalas.
