Opiniones

Dafne Fortea

Chicken Filling

La navidad es ese momento del año en que desearías tener un búnker para esconderte de la hecatombe de compras, obligaciones familiares, regalos, sobredosis de dulces y comidas en las que parece que vas a reventar. Como no tienes un búnker, al final, aplicas el dicho: “Si no puedes con el enemigo, únete a él”. Vas a un chino, te compras un gorro rojo con una bolita blanca en la punta, una pandereta, y un libro de villancicos populares. Es tu kit de guerrero navideño. La gente piensa que eres un motivado, pero en realidad es un kit de defensa personal. El gorro sirve para esconderte. La pandereta es tu arma. Si alguien te empieza a hablar política, o de la hija de la Pantoja, entonces,  sacudes la pandereta. Aunque normalmente la amenaza de la pandereta basta para  tener atemorizado al enemigo.

El primer asalto en la guerra de la Navidad, son las cenas de Navidad. Da igual que sean de empresa, de tu clase de inglés, o de tu grupo de amigos, las cenas de Navidad, son ese momento, en que la gente que conoces sufre una transformación parecida a los Gremlins, pasan de cariñosos y tiernos ositos a verdaderos monstruos navideños. No sé por qué, pero todo lo vergonzoso que te puede pasar sucede siempre esa noche. O le tiras una copa de vino a alguien por encima, o te quedas con el papel de váter del baño pegado en los zapatos, o mirando al chico que te gusta te tropiezas y te caes encima de un soufflé de chocolate. Este año me vestí de negro por si me tiraba una copa por encima o me caía en un soufflé de chocolate, pero no se puede luchar contra la maldición de la cena de navidad, y al inclinarme para alcanzar una botella de agua, en un mal movimiento, “¡flas!”, el “relleno de pollo” que llevaba en el sujetador, esa especie de esponja blanda de silicona de color carne, salió volando de mi escote y cayó en un plato de huevos rotos con jamón. Por suerte la gente estaba lo suficientemente borracha y entretenida para no prestar atención al desliz. Unos veían la versión vampira del anuncio de la lotería con el móvil, otros cantaban el éxito de estas navidades “Manta Polar”. Miré a uno y otro lado de la mesa, nadie parecía haber visto salir aquello de mi pecho. Estaban demasiado ocupados en su propia transformación gremliniana. Tenía que pensar rápido cómo rescatarlo. Entonces, vi a un lado de la mesa mi gorro de papá Noel, y lo primero que me vino a la cabeza fue escurrir ahí el relleno de pollo. Así que disimuladamente me acerqué el plato de huevos con jamón, y  escurrí el relleno de pollo en el gorro. Ya está. Dejé el gorro de nuevo en la mesa al tiempo que respiraba aliviada. ¡La maldición de la cena de navidad no iba a poder conmigo!

Pero en un instante, todo se fue al garete, cuando el niño de la mesa de al lado agarró el gorro de papá Noel que yacía en la mesa, y empezó a correr por el restaurante con el gorro en la mano y mi teta falsa dentro. Corrí desesperadamente detrás del niño por el bien de mi honor y mi decoro, y logré atrapar al pequeño mequetrefe. Los dos berreando, empezamos a forcejear por el gorro, lanzando todas las copas de vino que encontramos a nuestro paso. El maldito crío por fin se rindió y soltó el gorro. Entonces salí corriendo en dirección al lavabo. Momento en que vi a un chico guapísimo que me miraba desde la barra. Me quedé pasmada mirándole, y en ese segundo de cortocircuito cerebral, pisé algo, me resbalé, y salí volando. El gorro salió volando. La teta salió volando.

Cuando conseguí levantarme muerta de vergüenza tenía toda la ropa llena de soufflé de chocolate. Vi el relleno de pollo en medio del suelo, a la vista de todos los presentes. Vi a cámara lenta como la gente me miraba riendo a carcajadas. El mundo se me cayó encima. Nunca lograría recuperarme de la cena de Navidad. Hasta que alguien muy borracho recogió del suelo el relleno, se lo puso en la cabeza, y empezó a bailar y a cantar. La música sonaba. La gente reía. Las navidades acababan de empezar.

 

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