Opiniones

Diego Romero


Domingos de primavera

Con los años uno cambia sus costumbres y va conociendo nuevas formas de ocio dominical que antes parecían muy lejanas. Desde hace un tiempo me vengo dando cuenta de las infinitas posibilidades que existen los domingos por la mañana si saltas de tu cama a eso de las nueve, desayunas como Dios manda y te propones recorrer cualquiera de los muchos e interesantes lugares del Bajo Aragón histórico. Y si además el tiempo acompaña, la mañana puede resultar de lo más gratificante. La primavera siempre ha sido mi estación favorita, básicamente porque además de dejar atrás el frío del invierno y no llegar al calor sofocante del verano, es el tiempo de los almendros en flor (por cursi que suene) y de nuestra Semana Santa. La época que te invita a pasear y a echar un vermut en cualquier terraza.

Ayer, sin ir más lejos, me propuse volver a algunos de los lugares favoritos de mi infancia. Con la ilusión de un niño acudí al cabezo de “Alcañiz el Viejo”, ese Al-qannis musulmán a orillas del Guadalope que da nombre a la ciudad y al que tanto me gustaba acudir de pequeño desde la huerta de mis abuelos maternos. Un yacimiento tan cercano como desconocido para la mayoría de los alcañizanos desde el que se domina la amplia “Redehuerta”. Como desconocida es la acequia vieja a sus pies, la abandonada “Torre de Palos” o la Noria de Gre, una de las obras hidráulicas más interesantes del Bajo Aragón.

Desde allí acudí a la humilde Fuente de “la Corbetora”, una de las más antiguas que se conocen, quizás del siglo XV, todavía cobijada bajo la sombra de magníficos pinos piñoneros. Es la última parada antes de llegar al lugar estrella de esta ruta: el yacimiento íbero de El Palao. En mi niñez, subir al Palao era, como ahora, realizar un viaje al pasado. Por aquel entonces, la tierra y los arbustos cubrían casi todos los restos arqueológicos. Tan solo la gran cisterna daba muestras evidentes de los pueblos que allí habitaron hace más de 2000 años. Pero yo imaginaba a íberos luchando frente a los invasores romanos, pensaba cómo serían los asedios y mi mente dibujaba proyectiles lanzados con catapultas.

Ahora, casi tres décadas después, El Palao constituye uno de los lugares claves para conocer nuestra historia antigua. Y ello se debe principalmente a la labor del Taller de Arqueología de Alcañiz, en colaboración con las universidades de Zaragoza y Toulouse, así como a la ingente y magnífica labor de la Escuela Taller “Ciudad de Alcañiz” en los últimos cuatro años.

Corren malos tiempos para la lírica. Vemos como los presupuestos en materia de Cultura son cada vez más limitados y sabemos que en el yacimiento se podría excavar durante varias décadas. En manos de las instituciones públicas y de los agentes sociales implicados está la decisión de apostar firmemente por este lugar y poder convertirlo en un recurso turístico y en un espacio de investigación científica de primer orden. Espero que en mis próximas visitas, sean cada vez más los restos del pasado que salgan a mi paso.

 

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