Opiniones

Diego Romero


El Silencio

El próximo jueves, como cada año, repetiré el ritual de cada Semana Santa. A las diez y cuarto de la noche, con nervios en el estómago como un niño el día de Reyes, subiré a la iglesia Mayor de Alcañiz. Como cada año me sentaré en el último banco del templo. Escucharé el murmullo de toda la gente que me rodea, veré entrar a cientos de cofrades con su túnica negra y capirote blanco, a los turistas con sus cámaras de fotos, a los familiares de aquellos que sacan los pasos. Me fijaré en el rostro asustado de los niños. Su intuición les dice que algo va a pasar en unos instantes. Como cada año miraré al frente y escucharé el solemne juramento. Y a las diez y media, como cada año, me estremeceré cuando Eduardo de la orden para que suene la banda de timbales. Ese primer toque del cabo de El Silencio dentro de la iglesia está grabado a fuego en mi corazón desde que mi padre me llevó por primera vez cuando era un crío. La de veces que habré soñado, casi siempre despierto, que soy yo el que toca ese tambor que precede al estruendo. No conozco un sonido tan bonito y tan cargado de sentido. Porque ese sonido significa que empieza algo importante, algo lleno de solemnidad y emoción que cesará un buen rato después. Desearía que ese momento durara mucho más, pero el ritual marca que la hipnótica marcha salga por la puerta principal de la iglesia para marcar el desfile procesional por las calles de Alcañiz.

Como cada año, saldré detrás de esa banda de tambores y me colocaré en las escaleras de piedra. Contemplaré la expectación de los asistentes y sonreiré al ver la plaza llena. Veré bajar las hileras de cirios, las cruces negras marcando militarmente el paso y las imágenes que con tanta destreza talló José Bueno en los años 50. Todo estará en marcha.

Habrá personas que buscarán distintos rincones en el recorrido para disfrutar de El Silencio la noche del jueves santo. Yo, mientras tanto, como cada año, calcularé el tiempo que le costará volver a la Plaza, pasaré el rato con mi pareja y amigos e intentaré encontrar a alguien conocido que no haya visto nunca el final de la procesión. Me lo llevaré conmigo a la puerta del ayuntamiento y esperaré mientras mi cuerpo se impregna del olor a tomillo que inunda el suelo. El final de El Silencio está tan lleno de sensaciones y sentimientos que me deja mudo y paralizado. Pensaré qué pensará Eduardo bajo su capirote en esos segundos en el que todo y todos callan, en esos momentos de silencio absoluto roto únicamente por su tambor. Querré volver a ser él. Querré tocar tan bien como él, levantando los palillos al aire y redoblando como los ángeles. Dime qué sientes entonces Eduardo, cuando toda la gente que inunda el centro de Alcañiz fija sus miradas en ti.

Dime si te atreves por quién te cambiarías en ese escenario.

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