
Sobrevivir sin móvil
El pasado sábado me encontré por la calle con un viejo amigo. Compañero de E.G.B. a quien últimamente veo del ciento al viento. Viviendo a escasa distancia uno del otro, suelen pasar meses entre coincidencias, normalmente casuales.
Todo normal, salvo porque iba hablando por un teléfono móvil con un sistema de manos libres, que le absorbía totalmente. Al ver que me preguntaba por señas y no variaba en su charla con el trasto durante un tiempo dilatado, le dije que ya quedaríamos y me fui.
Personalmente no me gustan los móviles. Nunca he tenido uno, a pesar de usar otras tecnologías similares. En mi caso no veo útil poseer uno de esos dispositivos y mientras no lo necesite, seguiré así. Hasta ahora he tenido con ellos más experiencias negativas que positivas.
En principio no son algo demasiado nocivo, si se les da un uso adecuado. Fabricar uno requiere materiales como el coltán (una combinación de columbita y tantalita), muy escaso pero con propiedades como la alta conductividad que lo hacen apreciado en la fabricación de componentes electrónicos. Lamentablemente se extrae en minas de países como Congo, Ruanda y Uganda, con las terribles consecuencias de explotación, niños soldado, contaminación desmedida del entorno y similares. Cuando tras su corta vida útil aterrizan en la basura no reciclados adecuadamente, suelen acabar en países como China o India. Allí sobreviven miles de personas procesando las basuras de origen tecnológico. Extrayendo los materiales de valor contenidos en los aparatos electrónicos desechados. Una buena parte del aparato corresponde a la batería. Si se arroja una al medio ambiente, el níquel y el cadmio que contienen son altamente contaminantes.
Su corta vida (menos de un año y medio en promedio en Europa) es más una cuestión de mercado que de avances tecnológicos. La gente los cambia (en ocasiones cuando se les termina la permanencia con una compañía) pensando que están desfasados, a pesar de no haber usado la mayor parte de sus posibilidades. Y si se quieren mantener, aparece el concepto de obsolescencia programada.
Pero la gente no razona. La sociedad va obligando a tener móvil hasta para acceder a una cuenta corriente. Y a tener cuenta corriente para estar controlado, si por ejemplo se cobra una nómina o pensión. Antes me apuntaba a eventos (deportivos, pero cualquier tipo vale) en los que pedían datos personales (como el nombre, o el N. I. F.). Un buen día cambiaron el pedir el número de teléfono por pedir el número de móvil. En algunas ocasiones ya es un dato obligatorio al inscribirse, no le veo ningún sentido. Sin móvil igual no te consideran apto para participar en un evento en el que no se usará para nada...
En ocasiones he quedado con gente cuyo tiempo estaba acaparado por estos trastos. He llegado a echar a alguien de casa habiendo quedado porque tras una hora llevaba más de 50 minutos colgado de uno de ellos. Cuando los he necesitado, les ha fallado la batería, la cobertura, ni sé cuántas cosas. Cuando estoy en casa y me llaman ofreciendo un cambio de compañía para ahorrar (casi lo único que ofrecen) no me creen al decirles que no uso móvil. Es paradójico que salga más económico tener un número no dado de alta y pagar como si lo usase que no tenerlo en absoluto, si se usan teléfono fijo y conexión a la red (ADSL). Totalmente kafkiano.
Y de Kafka a Marx (Groucho). Un conocido, harto de los móviles me dijo que en una ocasión cuando quedaba con amigos a cenar, era tan insostenible el convivir con esos aparatos que decidieron que al sentarse a la mesa todos lo dejarían en el centro de la misma. El primero que tocase el suyo (sonase o no) se encargaría de pagar la cena. Sería curioso verles si les llamaba gente.
Recientemente leí un chiste al respecto. Preguntan a un obrero si tiene mucha faena y responde: 'calcula, son las siete de la tarde y tengo la batería del smartphone al 85%'. 'Uff, te están explotando, fijo'.
