
De carburantes y marcianos
Que las grandes empresas suelen torearnos con sus condiciones no es novedad. Lo preocupante es que cuentan con el beneplácito de los gobiernos.
Cuando un particular, pequeño empresario o similar comete un fraude debe pagar por ello si es descubierto. En ocasiones se producen injusticias en este ámbito por los costes que conlleva la defensa de los intereses de los pequeños afectados, la cual tiene un coste, estimulado por los gobiernos. Importa poco el motivo: la historia repetida es que todo tenga un movimiento económico en beneficio de las arcas estatales, por lo que la justicia es algo secundario.
Sin embargo, si una multinacional automovilística, por ejemplo, comete un fraude a miles de clientes, contaminando a millones, no se le puede tocar. De inmediato sale diciendo que son tan malos gestores que no son capaces de ofrecer el producto que ellos mismos anuncian en su publicidad. Por lo que exigen cambiar las reglas del juego para seguir produciendo en las mismas condiciones o en unas similares. En países más civilizados esto tiene un coste, dejan de vender el producto o reducen notablemente su venta, pero en otros condicionan con la base de que no pueden despedir al personal sin más. O marcan una tendencia para convencernos de que el producto ofertado dejará de existir, haciendo necesario otro que, casualmente, ellos mismos fabrican o van a fabricar. Desarrollo impuesto a costa del usuario final.
Y así nos va. Sacan una película de marcianos y ponen Marte de moda. Todo el mundo preguntándose estos días previos (o posteriores) al estreno si habrá agua en aquel lugar, mientras aquí hay gente pasando sed por su mal reparto y distribución. Hace un tiempo publiqué un artículo hablando de los refugiados saharauis en Argelia, a los que visité en febrero (y publiqué un artículo en este medio, acerca del Sahara Marathon). Recientemente fueron arrasados por una tormenta, pero casi nadie se acuerda de ellos. Al menos en los medios de comunicación apenas les he visto. Para su desgracia no están de moda, no venden, pero llevan más de cuatro décadas así. Ahora los refugiados de los medios son de otras latitudes. En ocasiones sigo preguntándome si la humanidad tiene algo que ver con los humanos.
