Opiniones

Gonzalo Villa

Cien años de soledad

Jorge era un chico querido y educado con esmero por su familia. Un chico sin recelos, sin retrancas, una bellísima persona. De modales exquisitos, de una templanza labrada con mucho amor. Además bien parecido.

Se ganó un puesto fijo. Y su naturaleza, noble por demás, le llevó a enamorarse, a buscar una chica, y a fundar una familia.

Y encontró a Carolina, una chica bien parecida, mona, dispuesta a aceptar a un buen pretendiente, para dejar las escaleras y convertirse en una señora, bien aseñorada.

Los días iban llegando con la normalidad de una vida acomodada. Tres vástagos. Dos niños preciosos, José María y Arturo, y una niña, Almudena, para dar gusto al papá, en recuerdo de la abuela. Sanos como una manzana.

Los llevaba al pueblo de los padres de ella, para honrar a sus parientes, aparte de estar convencido de las bondades de la gente del campo, en aquellos tiempos, en que en verdad la gente trabajadora  aportaba unos valores como la palabra, el trabajo como ayuda y entretenimiento, la candidez, la falta de malicia, la decencia, la templanza. Las buenas costumbres sociales y familiares, en las que no había ni divorcios, ni disgustos de matrimonio que no se solventaran antes de acostarse. Y los jóvenes si se enamoraban, se hacían novios y no amantes, hablaban, andaban juntos, se carteaban, trataban de encontrarse, reunir medios para compartir, y desde luego no catadores de paso. Sana diversión, y faena que olía a yerba.

El mayor, una delicia de chico, hermoso, con su carrera universitaria, y unos modales exquisitos, labrados especialmente por su padre, quien se los había contagiado también a su mujer, que no los tenía de antes de conocerlo a él.

Y moviéndose en círculos selectos, una chica bien, se enamoró de él, se casaron con toda la ilusión, y tuvieron dos hijos.

Ella lo colocó en un buen puesto, tras otro, para que pudieran vivir donde a ella le destinaban. Todo iba rodado.

Fueron al entierro de la abuela, la madre de Carolina, y allí descubrió una enfermedad genética degenerativa que asolaba a muchos de sus parientes, especialmente a los niños.

La esposa de José María, de estirpe con solera y abolengo, a pesar de estar enamorada y encantada con su marido y sus hijos, no quiso condenar su futuro a los vaivenes de la calamidad. Orientada por todos los ancianos de su familia y todos los patriarcas de la coalición, y con todo el dolor de su corazón, se divorció. Dejó a los hijos de José María, sin la menor lucha por la custodia, y a él bien colocado laboralmente. Y se entregó a buscar un nuevo progenitor que le diera hijos sanos, sin la menor traza de catástrofe genética.

Aquello hundió al padre de José María, él que era un ejemplo de amor incondicional, por encima de todas las calamidades que pudieran darse. Y su vida sufrió un severo varapalo. Perdió su alegría, perdió su bondad, perdió su templanza, su futuro se derrumbó, y no entendía, por qué a él, que era un hombre bueno y virtuoso, cúmulo de méritos y valores logrados con esfuerzo y buena voluntad.

Con ello se produjo la reacción de su segunda hija, Almudena, quien había vivido a la sombra de su guapo y exitoso hermano, aunque ella era tan linda como él, sino más, pero al contrario que aquel, no la había seguido en el éxito académico.

Desconcertada y abatida, decidió hacer algo radicalmente distinto, como le exigía su condición de segundona. Y empezó a disfrutar del sexo sin medida, sin tratar de agradar a papá, sin seguir el camino marcado de la conveniencia, aceptando proposiciones de gente que jamás aprobarían sus padres.

Y tuvo un hijo con un chico callejero, y le puso de nombre Judas, descargando en él todos los deseos de que fuera todo lo contrario del Jesús que era su padre. Una vida disoluta, de comuna en comuna de okupas y antisistema. Una segunda hija, de otro padre distinto, madre soltera por segunda vez. Una niña deliciosa, al contrario que el demonio de su hermano.

Y Arturo, al empezar a manifestar los síntomas de la enfermedad genética degenerativa, se entregó a lo que consideraba que le gustaba, que no era lo que había hundido a su hermano mayor, quizá algo más próximo a lo que había decidido su hermana Almudena. Se fue a una escuela de artes escénicas, para aprender habilidades circenses, e ir soportando lo que irremisiblemente vendría a arruinar sus sueños, los sueños que adornaron a su padre y que les inculcó siempre, hasta que ese imponderable, lo jodió todo.

Con todo, Jorge, mantuvo la entereza. Gastó su dinero en apoyar a sus hijos. Su hija había derivado hacia la rebeldía, y se había alejado de él. Su mujer, no estaba preparada para asumir el papel que el destino le reservó, y sencillamente se volvió loca e intratable, y no hacía más que acentuar los desencuentros, y las situaciones que la sobrepasaban.

José María recibía a algunas pretendientes, de las que no sabían de la ruina que llevaba encima, pero asqueado, no encontraba las ganas para mentir, ni para publicar, ni para ocultar. Era una vorágine sin alegría por cualquier salida que se cogiera. Y vio pasar los días, con la amargura que supone que llegue aquel, en que ver a sus hijos  mostrar los síntomas de la enfermedad, que les habría de condenar a ser unos apestados, marginados, unos seres a los que nadie podría querer, con la transparencia que él aprendió a querer, antes de que todo se nublara para siempre.

Todos vivían con la pena enorme de saber que irían muriendo y extinguiéndose, cargando con una cruz sin cura, y a pesar de ello, no derivaron hacia hacer daño a nadie. Mantuvieron la poca fe en que la enfermedad no alcanzara a alguno, y que no hubiera posibilidad de que reapareciera en otros descendientes. Pero sabían ya, después de consultar a prestigiosos especialistas, que eso ya no tenía remedio. Al menos con la ciencia disponible.

Y siendo este hombre una víctima, sin esperanza, no dejó de ser incapaz de desear mal a nadie.

Muchos años después, frente a la tumba del último de sus descendientes, Jorge había de recordar aquella tarde remota en que su padre leyó con él junto al río, después del entierro del bisabuelo: “Siempre hay un mañana y la vida nos da otra oportunidad para hacer las cosas bien, pero por si me equivoco y hoy es todo lo que nos queda, me gustaría decirte cuanto te quiero, que nunca te olvidaré.”

 

Compartir

Otros artículos de opinión

Image