Opiniones

Gonzalo Villa

Infiltrada durmiente

En las amistades peligrosas, se esgrimía esa frase indolente de “es que no lo puedo evitar”. Como la irresistible atracción hacia lo ilegal, lo inmoral o lo caro. Como la febril tentación ejercida por lo prohibido. Claro que siempre podemos decir que no, desde la integridad y el conocimiento cierto de que se está cometiendo un abuso, que de ningún modo cabría reclamar para sí.

Comprobamos que hubo tiempos en los que la conflictividad apenas existía, y no porque la población fuera significativamente menor. Y más pronto que tarde, las conexiones sinápticas, llegan a configurar una respuesta. Unos dieron con lo que las otras no podían evitar. Cada mochuelo a su olivo, sin invadir espacios ajenos.

Pero como sucede a veces, cuando todo está magnífico y fenomenal, llega algo o alguien y lo pone en jaque.

Cuando la lógica lo requiere, el destino prepara el rito iniciático, que habrá de formar a los nuevos compromisarios. Leales servidores, liberados del mundanal ruido, con capacidades plenipotenciarias para intervenir, en caso de incidente.

Lógicamente la discreción y la confidencialidad se convierten en herramientas irrenunciables. Aunque no hace falta ni recordarlo, pues el hábito hace al monje, por mucho que diga por ahí todo lo contrario. Cada cosa en su sitio y un sitio para cada cosa.

Y así, efectivamente, una sociedad de progreso, está poblada de infiltrados durmientes. De gentes verdaderamente libres, atemporales, cuyo éxito radica en no existir para los ciudadanos de su tiempo.

Llegaremos a saber lo que hacemos, porque lo hacemos, y porque no debemos hacer, por tentador que pueda ser traicionar. Y entonces, los unos podrán descansar y celebrar. Y las otras, harán lo que les dé la gana, sin necesidad de que se les dé un retoque. Los demás, no serán.

El fin del imperio romano comenzó cuando el César le dijo a quien le habría de asesinar –Tus defectos como hijo, son mi fracaso como padre-.

Pasaron muchos siglos hasta el renacimiento. Hoy en día volvemos a ver en las costumbres, el cultivar los defectos de las hijas e hijos, desde la incitación a la traición contra los padres. Y como entonces, habrán de pasar largos siglos de oscuridad, destrucción y pérdida de progreso. Hasta que la Naturaleza se regenere.

 

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