
De cómo y con quienes y de qué manera viven en la política, los que no tenían nada
- De esos hay muchos- dijo-; lo primero que ha saber es que en la política se encuentran siempre el más necio y el más descarado, el más rico y el más pobre; y los extremos de todas las cosas; que disimula los malos y esconde los buenos, y que en ella hay gentes que no se les conoce el origen, que prestan servicios no declarables. Es nuestra abogada la astucia. Somos susto de los banquetes, polilla de los bodegones, cáncer de las ollas y convidados por fuerza.
¿Pues qué diré del modo de comer en las casas ajenas? En cuanto hablamos con alguien, averiguamos dónde vive, vamos a verle, y siempre a la hora de mascar, sabiendo que está a la mesa. Decimos que lo apreciamos mucho. Si nos preguntan si hemos comido, si ellos no han empezado, decimos que no. Si nos convidan, aceptamos de inmediato, no sea que perdamos la ocasión y nos quedemos en ayunas. Si han empezado, decimos que sí; y, aunque parta muy bien el ave, el pan o la carne el que fuere, para poder engullir un bocado, decimos: “Ahora deje usted que le sirva yo, que mi señor, que Dios le tenga en el cielo (y nombramos un señor de la tele, ministro o empresario), se alegraba más de verme a mí partir los alimentos, que de comer”.
Diciendo esto, cogemos el cuchillo y partimos bocaditos, y al cabo decimos “¡Oh, qué bien huele!
Cierto que ofendería a la cocinera si no lo probara. ¡Qué buena mano tiene!”. Y dicho y hecho, probando y probando nos zampamos medio plato: el nabo por ser nabo, el tocino por ser tocino, y todo por lo que es.
Es admirable ver a uno de nosotros en una casa de ocio, con el cuidado que sirve y está pendiente de las velas, trae orinales, cómo baraja los naipes y celebra las cosas del que gana, todo por una triste colocación de propina o la tajada de una estafa.
Evitamos los días de viento subir por escaleras o montar a caballo, por aquello de los trajes y los atuendos.
Por no gastar en barberos, esperamos a que otro de los nuestros tenga también pelambre y entonces nos la quitamos el uno al otro, cumpliendo con lo que dice el Evangelio: “Ayudaos como buenos hermanos”.
Estamos obligados a andar a caballo una vez cada mes, aunque sean en pollino por las calles públicas; y obligados a ir en coche una vez en el año, aunque sea en la trasera. Pero, si alguna vez vamos dentro del coche, es de considerar que siempre es en el estribo, con todo el pescuezo fuera, haciendo cortesías, para que nos vean todos, y hablando a los amigos y conocidos, aunque miren a otra parte.
¿Qué diré del mentir? Jamás se halla verdad en nuestra boca. Encajamos mentores y protectores en las conversaciones, unos por amigos, otros por parientes; y advertimos que los tales señores, tienen un poder enorme en las instituciones.
Y lo que más es de notar es que nunca nos enamoramos sino por puro interés, que nuestra orden nos prohíbe el galanteo con damas melindrosas, por lindas que sean. Y así, siempre andamos cortejando: a la bodegonera, por la comida, a la posadera, por la posada. Y aunque, comiendo tan poco y bebiendo tan mal, no se puede cumplir con tantas, todas están contentas con su ración.
Y al final, señor licenciado, un caballero de nosotros ha de tener más faltas que una preñada de nueve meses, y así vive en la política; y lo mismo se ve en los de cuna y alcurnia.
(El Buscón de Francisco de Quevedo).
Y con todo, prefiero al tesorero a la Ruth, al expresidente a la Alaya, a Florentino a Almudena, a Sepúlveda a Cristina, al soldado a las que por su hija matan, a las bodas de oro, a la pensión gorrona, la cohesión a la competitividad, la convivencia a la violencia, la educación a los delitos consentidos. Porque esto huele peor que Lázaro antes de resucitar, y esta bellaquería no ha de quedar así, mientras tantos andan haciendo la culebra de una calle a otra, para no topar con los acreedores.
