Opiniones

Gonzalo Villa

Zalabardadas de alabardero

¿A quién se le ocurre poner un artefacto explosivo en el Pilar?

He tenido la oportunidad de visionar el documental de Miguel Lobera, Alas Rojas, apoyado en el libro de Salvador Trallero, sobre el aeródromo de Albalatillo o de Sariñena, y su papel en la guerra civil española.

Y se incluye el ataque al Pilar, con las famosas cuatro bombas, de las que dos se exponen dentro de la basílica, como algo milagroso, que antaño fue utilizado como propaganda y guerra psicológica. El caso es que los propios partidarios de la Republica, miembros de las escuadras de aviones, consideraban a sus mandos un poco burros, al decidir bombardear la basílica del Pilar, y por ello realizaron un vuelo bajo, que de alguna manera favorecía que las espoletas de las bombas no se activaran, al no retirarse una hélice que llevaban sobre ellas. Otros dicen que directamente fueron manipuladas para que no explotaran.

En la guerra se daban hechos reprobables, mezclados con los desprovistos de ira y venganza.  Abueletes, que aún hoy afirman emocionados, “Teníamos veinte años, ¿quién no querría volar en un avión de esos?” sin que se notara la crueldad de las misiones, y sí, la candidez infantil de quien juega a la guerra, emulando el ruido de los motores y de las metralletas con la boca.

Episodios entrañables, como las bodas en el aeródromo, entre jóvenes pilotos y chicas que los tendrían en su corazón, tanto si volvían como si no. Y republicanos, que no fusilaron a los curas, pero que les obligaban a casarse, lo que no deja de provocar risas entre gentes de bien.

El vuelo nocturno de un bombardero sobre Sariñena, presuponiendo que el enemigo no estaba cualificado para volar a oscuras, y que terminó derribado antes de arrojar las bombas que llevaba en su vientre. El piloto, que murió porque no se le abrió el paracaídas, llevaba dos entradas para ir al cine esa noche con su novia. Y es que las batallas aéreas lograban más abatir aviones, que matar pilotos, hasta que los italianos instalaron ametralladoras de 20 milímetros en vez de las de 8, que esas sí  que no daban lugar a aterrizar con el aparato lleno de agujeros.

En el relato se observa que la guerra civil española comenzó con los  aviones de la primera guerra mundial, y terminó con los que habrían de usarse en la segunda. Pilotos italianos y alemanes profesionales, que aventajaban a los republicanos, caballeros del aire, con coraje a raudales pero sin formación, hasta que “el chato” ruso suplió esas carencias. Lo que llevó a un asistente nonagenario, que estuvo “Allí” a proclamar enrabietado, apenas pudiendo tenerse en pie y sin fuelle, que la guerra no la había traído Franco, sino los fascistas europeos, en una clara impresión de que España había sido un banco de pruebas, y los españoles unas cobayas de laboratorio.

Y quiero decir con José María Maldonado, colaborador en este documental, y magnífico profesor en el IES Bajo Aragón de Alcañiz, que los daños colaterales no son bombardeos sobre población civil, lejos del frente. Como poner bombas en el Pilar no está de ningún modo justificado.

 

Compartir

Otros artículos de opinión

Image