Opiniones

Gonzalo Villa

Una vez más hemos visto que...

... vuestras teorías protegen a los terroristas y llevan al asesinato

Cinco millones de personas se han matado entre ellas, por su mala cabeza. Azuzados por extraños, que, desde fuera, han sabido enredarles, y así llevarse lo que se cuenta, mide y pesa, sin esfuerzo, limpia e impunemente. Personas, iguales en esencia a cualquier otra persona del mundo, de no ser por sus costumbres y forma de reaccionar y actuar.

Y sus hijos e hijas, tienen las mismas costumbres, que les llevarán a matarse entre ellos.

Nos vamos acercando.

¿De dónde eres? Es la pregunta endemoniada. La espoleta de la bomba que aniquila vidas de gente próxima. Las bombas no revientan a distancia. Explotan donde están. Donde las han puesto.

La pájara cuca, pone sus huevos en un nido, de otra ave, que también tiene los suyos. Sus crías son más grandes y violentas. Arrojarán a las crías al vacío. Las asesinarán. Y los padres del nido invadido, seguirán manteniendo al polluelo intruso, creyéndole suyo. Esta constatación repugna, indigna, revuelve las tripas. Poniéndonos en el lugar de esos padres, ver como asesinan a tus hijos, y encima criando al asesino. Da un asco visceral profundo.

Margarita era considerada una asesina despiadada. Igual que ella, varias personas más. La habían metido en una guerra que ella no buscó. Pero tuvo que defenderse. Supo defenderse. Mientras oía el eco del trueno, entonaba una balada del norte. Mató, como habían matado a sus seres queridos, aquellos que no habían matado a nadie. Otras habían matado antes. Y vendieron que no eran asesinas desalmadas. Y lo vendieron bien. Pero en justicia, éstas son las que provocan el vómito y el malestar general, mientras ella, alberga al ángel exterminador.

Es curioso, conocí a otra Margarita. No era “mi amor”. Igual que ella, había cientos de miles más. Con su mala cabeza.

Como la pájara cuca. A la que nadie había asesinado a sus seres queridos. A la que nadie había metido en una guerra. Ella la buscó. Asesinó a las crías de familia que la acogió, que las tuvo con casi todo el amor. Con todo el amor que pudieron y quisieron aprender, buscándolo, esforzándose por conseguirlo. Y hasta que no la enjaularon, no dejó sus costumbres, era su naturaleza. Como el mejillón cebra. Como los siluros. Como el mosquito anofeles. Como el escorpión de la fábula de Esopo.

Todas las personas del mundo, encuentran sus diferencias en sus costumbres y convicciones. Y en su limitación no pueden comprobar todas las opciones, ni aun queriendo con ello elegir sabiamente.

Siendo así, aborrezcamos a las aves cucas, y a sus semejantes cucos, porque en su naturaleza llegarán a exterminar, no ya a cinco millones de parientes y congéneres, sino al resto de los huéspedes. Hasta que por sus costumbres, ellas mismas lleguen a extinguirse. Y de ser así, que se extingan antes. Y como no va a salir de ellas, van a necesitar un poco de ayuda, por el bien de todas las especies de bien.

Una vez más, hemos visto que hay teorías que protegen a terroristas y conducen al asesinato.

 

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