Opiniones

Gonzalo Villa

Amélie - Guión de la película

El 3 de septiembre de 1973, a las 18 horas, 20 minutos y 32 segundos, un moscón de la familia de las cariforide, capaz de batir las alas 14.000 veces por minuto, se posaba en la calle San Vincent de Montmartre.
En el mismo instante en un restaurante, cerca del Moulin de la Galette, el viento se colaba como por arte de magia bajo un mantel, haciendo bailar unas copas, sin que nadie lo viera.
Al mismo tiempo, en la avenida Trudamme, 28, quinto piso, del distrito número 9 de París, Eugene Colere, al regreso del entierro de su mejor amigo, Emile Maginot, borraba su nombre de la agenda.
Siempre, en ese mismo instante, un espermatozoide provisto de un cromosoma X, perteneciente a Rafael Poulin, se separaba del pelotón para alcanzar a un óvulo, perteneciente a la señora Poulin, de soltera, Amadine Fue. Nueve meses después, nacía Amélie, Poulin.
Le Fabuleux Destin d'Amélie Poulain.
(La niña hace ese juego de manos entrelazadas en que el dedo corazón de cada mano se mueve en una dirección. Se ha pintado unos ojos y una nariz en la barbilla, y hace muecas con la boca, es para mirar dada la vuelta. Apoya la cara en un cristal viendo su cara abollada. Se ha colgado dos cerezas rojas por el rabillo, de cada oreja, simulando unos pendientes. Sonríe después de haberse comido dos de ellas. Derriba una cadena de fichas de dominó, colocadas cuidadosamente, para que la caída sea completa. Se ha puesto unas gafas enorme, sobre la punta de la nariz, y las ha corrido hacia atrás con las orejas. Se ha pintado unos ojos una nariz bajo el nudillo del dedo índice, y una boca en el pliegue de ese dedo con el pulgar, al moverlo, parece que habla. Hace ese sonido al frotar el borde de una copa con el dedo. Se bebe la leche con una pajita. Y despliega un recortable en el que la misma figura se repite al estirar el papel plegado. Se da golpes en las orejas, con las palmas de las manos, para notar el cambio de sonido. Sopla una hoja para obtener un sonido, como cuando se sopla un papel cebolla apoyado en un peine. Se arranca la telita de pegamento que se ha echado en el dedo. Sopla una serpentina. Hace girar una moneda sobre una mesa. Se come diez frambuesas, que ha colocado en las yemas de sus diez dedos, primero las de la mano izquierda: meñique, anular, corazón, índice, pulgar, y luego las de la derecha: pulgar, índice, corazón, anular, meñique,  está a punto de atragantarse, casi no le caben en la boca.
El padre de Amélie, ex médico militar, trabaja en un balneario termal de Angian le ban. Bouche pincée. signe de manque de coeur ->(Labios apretados indican dureza de corazón) A Rafael Poulin le disgusta, orinar, cerca de alguien. Atraer miradas de desdén hacia sus sandalias. Y salir del agua, y sentir que se le pega el bañador. A Rafael Poulin le gusta arrancar a trozos el papel pintado. Poner en fila todos sus zapatos y lustrarlos con esmero. Vaciar su caja de herramientas, limpiarla bien, y volver a ponerlo todo en su sitio.
La madre de Amélie, Amandine Fue, institutriz nacida en Guignon, es de naturaleza inestable y nerviosa. Spasme nerveux temoin d'agitation nevrotique (Tic facial indica agitación neurótica) A Amandin Poulin le disgusta que el agua caliente le arrugue la yema de los dedos. Que alguien que no le gusta, le roce la mano. Y tener marcas de almohada en las mejillas al despertar. A Amandine Poulin, le gusta la ropa de los patinadores artísticos. Dejar el parqué como una patena. Vaciar el bolso, limpiarlo  bien, y ordenarlo de nuevo.
Amélie tiene seis años. Como a todas las niñas, le encantaría que su padre la cogiera en brazos de vez en cuando. Pero él solo tiene contacto físico con ella, durante el examen médico mensual. La pequeña, desconcertada por esta intimidad excepcional, no puede impedir que su corazón lata con fuerza. Por ello su padre la cree víctima de una anomalía cardíaca. A causa de esta ficticia enfermedad, la niña no va a la escuela, y es su madre quien hace de profesora.
Amandine.- Las... gallinas... empollan... huevos... en... el... gallinero
Amélie.- Las...gallinas...empollan...
Amandine.- Muy bien.
Amélie.-... ¡menudos pollos!
Amandine.- ¡¡No!!
Privada del contacto con otros niños, debatiéndose entre el nerviosismo de su madre, y el frío distanciamiento de su padre, Amélie se refugia en un mundo imaginario e inventado por ella (Está vestida de enfermera, y con el fonendoscopio ausculta a un cocodrilo regordete muy verde, que la mira con ojos tristes, ella, tras la prueba, y los labios apretados le indica con la cabeza que no está bien). En él, los discos de vinilo se fabrican como creps, y la vecina en coma desde hace meses, está así porque ha decidido dormir de un tirón las horas que le quedan de sueño en toda su vida.
Vecina.- Así pasaré despierta, noche y día, el resto de mi vida.
El único amigo de Amélie se llama cachalote. Por desgracia el ambiente familiar le ha vuelto neurasténico y suicida. (Salta fuera de la pecera, la niña grita, la madre se muerde la mano, la niña grita, la madre trata de sacarlo de debajo de la nevera con la mopa, la niña grita, el pez se contorsiona, la madre trata de capturarlo con la aspiradora, la niña grita, el padre, con un gato mecánico, levanta la nevera, y por fin lo devuelven a la pecera, inmediatamente el padre pone dos voluminosos libros encima y una cazuela de metal)
Los intentos de suicido de cachalote, aumentan el estrés materno. Se toma una decisión.
Amandine.- ¡¡¡Basta!!!
(Madre e hija van a un riachuelo y desde el puente arrojan cuidadosamente a cachalote al agua, la niña está triste. El pez no se va y la mira. Comienza a pintear, y entre las ondas que provocan las gotas de lluvia, desaparece sin dejar de mirar a la niña. Amandine arroja también la pecera al agua).
Para animar a Amélie, su madre le regala una instamatic Kodak de segunda mano. (Amélie fotografía una nube en forma de conejo, otra en forma de osito de peluche; el paso de carrete es mecánico y manual con ese raca-raca, en un cruce cerca de donde está Amélie se produce un choque de coches)
Aprovechándose de la ingenuidad de Amélie, un vecino le hace creer que su cámara tiene un defecto; provoca accidentes. Como ha tomado fotos toda la tarde, una espantosa duda asalta a la niña al caer la noche. Y se derrumba ante la tele, agobiada por la responsabilidad, de un gigantesco incendio, dos descarrilamientos, y la caída de un Boing 7-4-7.
Unos días después al darse cuenta de que su vecino se burló de ella, Amélie decide vengarse. (Está subida en el tejado, sentada junto a la conexión de los cables a las antenas, y va desenchufando y enchufando, coincidiendo con las jugadas de fútbol cuando se está a punto de meter un gol, el partido es Francia-Brasil)
Vecino.- ¿Pero qué coño? ¡Me cago en la leche! ¡Maldita sea!
ea, joder, así
¡Otra vez, maldito aparato, la próxima vez me lo cargo!
¡No puede ser! ¡Esto es increíble!
Y un día el drama se desata. Como todos los años, Amandine lleva a su hija a Nôtre Dame, para pedir que el cielo le envíe un hermanito. La respuesta divina llega tres minutos más tarde. Por desgracia no es un recién nacido lo que cae del cielo, sino una turista de Quebec, Marguerite Bouchard, resuelta a acabar con su vida.
Amandine Poulin, de soltera Fue, muere en el acto.
Tras la muerte de su madre, Amélie se encuentra sola con su padre (Ella está empujando a un osito de peluche sentado en el columpio del jardín). Éste, ya de por sí, poco comunicativo, se encierra aún más en sí mismo. Se obsesiona con la construcción del mausoleo en miniatura, que contendrá las cenizas de su esposa.
Pasan los días, los meses, y después los años. (Amélie está tras la ventana. Fuera, en una jardinera está el osito. Primero rodeado de margaritas, luego cae la lluvia y la jardinera se llena de hierbajos. Luego todo cubierto de nieve. Luego el oso ya está muy deteriorado, a su alrededor hierba verde y varios geranios colorados. Una urraca se posa sobre él picoteando una de sus patas)
A su alrededor, el mundo parece tan muerto, que Amélie prefiere soñar, hasta alcanzar la edad para irse de casa. (Amélie ya es una señorita, y con una boina roja, y una maleta en cada mano, va por el sendero del jardín en dirección a la verja, y luego hacia su propia vida fuera del nido paterno)
Cinco años después, Amélie es camarera de una cafetería de Montmartre, Les deux moulins.
Veintinueve de Agosto de 1.997, en 48 horas, el destino de Amélie Poulin, va a dar un giro.
Pero por ahora, ella no sabe nada. Lleva una vida tranquila entre sus compañeras, y la clientela habitual.
Ella es Susane, la dueña, suele beber, pero nunca ha derramado un vaso. Siendo joven fue bailarina ecuestre en el Medrano. Le gustan los deportistas que lloran por un fracaso. Y le disgusta ver en su cafetería, a un hombre que es humillado delante de su hijo.
En el estanco trabaja, Georgette. La pobre es hipocondríaca. Cuando no tiene migrañas, le molesta la ciática. Le disgusta oír la frase, "Que Dios bendiga el fruto de tu vientre".
Esta es Gina, compañera de Amélie, su abuela era curandera. Lo que le gusta es hacer crujir los huesos. La vemos sirviendo un batido de frambuesa a Hipólito, un escritor fracasado. A él, lo que más le gusta es ver cornear a un torero por la tele.
El tipo que les mira con el ceño fruncido es Joseph, un amante celoso, rechazado por Gina. Espía para ver si alguien le sustituye. Le gusta reventar las burbujas del plástico de embalaje.
Y por último, Filomene, la azafata. Amélie cuida a Rodri, su gato, cuando está de viaje. A Filomene le gusta el sonido del cuenco de su gato, (al depositarlo en el suelo). A Rodri le encanta estar presente cuando cuentan cuentos a los niños.
(Amélie camina por uno de los andenes de la estación de tren, y se inclina para entregar una limosna a un mendigo, que está sentado, recostado sobre una columna, con su pastor alemán a su lado)
Mendigo.- No se moleste, señorita, los domingos no trabajo.
Los fines de semana, Amélie toma el tren en la estación del norte, para ir a visitar a su padre.
Amélie.- ¿Por qué no aprovechas tu jubilación para...?
Padre.- ¿Para qué...?
Amélie.- Pues para viajar. Nunca has salido de Angiam.
Padre.- Hija, cuando tu madre vivía, nos habría gustado. Pero no podíamos, debido a tu corazón.
Amélie.- Sí, lo sé.
Padre.- Y ahora, ahora...
A veces los viernes Amélie va al cine
Amélie.- Me gusta mirar hacia atrás en la oscuridad y ver la cara de los espectadores. (Todos tienen cara de satisfacción)
Narradora de las imágenes.- Veamos que les ha podido pasar (Una mujer corre delante de dos hombres, no se sabe si la persiguen o si los tres huyen de algo o de alguien, parece la escena de una comedia)
Amélie.- También me gusta descubrir los detalles que nadie más ve... (Un primer plano del perfil de una mujer, un insecto camina por el cristal del fondo, parecería que avanza hacia la boca de la mujer, y efectivamente su trayectoria le hace desaparecer en los labios, justo antes de que el hombre la bese)En cambio odio las viejas películas cuando el que conduce nunca mira a la carretera. (Se trata de una escena de la película: El padre de la novia (1950), ella es Joan Bennett, él, Spencer Tracy, y la novia, era Elizabeth Taylor, más guapa si cabe que en Cleopatra)
Actor en la escena del coche (Spencer Tracy).- es usted una mujer muy guapa,
Actriz.- ¿Eso cree?
Actor.-una mujer muy, pero que muy guapa.
Amélie no tenía un hombre en su vida. Lo había intentado, pero el resultado nunca había estado a la altura de sus expectativas. (En la escena ella pone cara de asombro, mientras el amante empuja rítmicamente, anodino y ajeno a todo)
En cambio cultiva el gusto por los pequeños placeres. Hundir la mano en un saco de legumbres. Partir el caramelo quemado de la crema catalana con la cucharilla. Y hacer rebotar las piedras en el canal Saint Martin.
(Amélie está en casa, ha calentado agua en una tetera, pasa por delante de la ventana que da al patio interior y mira a su vecino del piso inferior, un pintor. Cierra la ventana, y apaga la luz de la cocina. Pero vuelve con un pequeño catalejo extensible, con el que observa lo que pinta, en esta ocasión está perfilando la cara de una señorita que apura un vaso)
Él es el hombre de cristal. Debido a una enfermedad congénita, sus huesos se parten como el cristal, por eso todos sus muebles están acolchados. Un apretón de manos le podría triturar los metacarpos. Lleva 20 años sin salir de casa.
El tiempo no ha cambiado nada, Amélie sigue refugiada en su soledad. Se divierte haciéndose preguntas idiotas sobre la ciudad que se extiende ante sus ojos. Por ejemplo, cuantas parejas tendrán un orgasmo en ese mismo instante.
Amélie.- Quince.
Y por fin llegamos a la noche del treinta de agosto de 1997, cuando tiene lugar el acontecimiento que cambiará la vida de Amélie Poulin.
Periodista en la tele.- La princesa de Gales, ha muerto esta noche en París, como consecuencia de un terrible accidente automovilístico, junto con su compañero sentimental Doddy Alfayete, heredero del imperio Harrods. (A Amélie se le cae el tapón esférico de su frasco de colonia, que rueda hasta golpear con un rodapié, que se despega) El coche en el que viajaba, con el magnate, se estrelló dentro del túnel del agua. El conductor del mercedes, también ha fallecido. Y el guardaespaldas que les acompañaba ha resultado gravemente herido. (Amélie va en busca del tapón, sin dejar de mirar a la televisión, se agacha para recogerlo, y se fija que el rodapié se ha desprendido) Lady Di, y Doddy Alfayete, habían llegado ayer a París. Hasta este momento, no se conocen con exactitud los motivos del accidente, pero se especula con la idea de que ha sido a consecuencia de la persecución de la prensa sensacionalista... (Amélie lo arranca y observa que hay un hueco, mira a través de él, ve algo, e introduce el brazo para cogerlo, palpando con cuidado) a lo largo de su vida, Diana Spencer, representó una mayor esperanza, y la mayor amenaza para la monarquía británica. (Saca la caja de latón, cubierta de tierra y polvo, sopla, y la limpia un poco. Al abrirla se queda asombrada, son juguetitos de niño) Hasta cierto punto, Lady Di disfrutaba con la atención de los medios de comunicación, una compensación a la falta de atención que le dispensaba su marido y la casa real en general. Continuamente acudía a galas benéficas, y era embajadora de numerosas causas humanitarias, viajando con asiduidad a países desfavorecidos para estar en contacto con los más vulnerables.
Solo el descubridor de la tumba de Tutankamón podría comprender la emoción de Amélie, al encontrar este tesoro escondido por algún niño, cuarenta años atrás.
Periodista en la tele.-...nos llegan las primeras imágenes del terrible accidente...
(Amélie apaga la tele, ya no le interesa el asunto de Lady Di)
El 31 de agosto a las cuatro de la mañana, Amélie es sorprendida por una idea deslumbrante. Se propone encontrar al propietario de la caja de recuerdos, dondequiera que esté, y restituirle su tesoro. Decide que, si él se conmueve, dedicará su vida a ayudar a los demás. Si no...pues nada.
(Amélie pica a la puerta de la portería)
Portera.- Vaya, usted es la vecina que vive en el quinto. No se deja ver mucho.
Amélie.- Disculpe, ¿sabe algo de un niño que vivió en mi casa en los años cincuenta?
Portera.- ¿Un niño?...¿le apetece una copita de Oporto?
Amélie.- No, gracias.
Portera.- Sí, sí, entre y cierre la puerta. Uf, niños, he conocido tantos niños. Al principio hacen gracia, pero luego, montan unos cacaos increíbles. Si habré conocido niños.
Amélie.- Um, ¿Desde qué año vive usted aquí?
Portera.- Desde el 64, la gente ya le habrá contado historias.
Amélie.- No, no veo a nadie.
Portera.- Vaya, eso me sorprende. Siéntese. Mi marido trabajaba en la compañía de seguros, la mariquita. A la gente le encanta decir que se acostaba con su secretaria. Lo cierto es que fueron a todos los hoteles de por aquí, y no a los más baratos. Porque a esa zorra le gustaba abrirse de piernas, pero en sábanas de raso.(Amélie apura la copita de Oporto, se atraganta un poco, y le da el tic en el ojo igual que a su madre) Así que mi marido empezó a meter mano en la caja. Al principio, un poco, y luego...cincuenta kilos de golpe. Así que, ale-hop, los dos se fueron a la Pampa. Beba. Resulta que el 20 de enero de 1970, llamaron a mi puerta, y dijeron: -Su marido está muerto. Se estrelló en un autobús. En América del Sur- En aquel momento mi vida se detuvo. Y León el negro se murió de pena. Pobre criatura. Observe con que amor mira a su amo. Ah, un día le leeré sus cartas. No, no, quédese, quédese, tendrá cinco minutos ¿no? Estas son de cuando estaba en el servicio militar. "Querida Madó..."- soy yo, me llamo Madeleine- "...apenas duermo ni pruebo bocado, vivo con la total certeza de haber dejado en París, mi única razón para vivir. No te volveré a ver hasta el segundo viernes de Marzo. Cuando mi querida comadreja aparezca en el andén de la estación, con su vestidito azul de tirantes, y entre paréntesis, ese que es algo transparente". En fin, nada más. Ya está. ¿Alguna vez le han escrito algo así, señorita?
Amélie.- No, no soy la comadreja de nadie.
Portera.- Me llamo Madeleine Wallas. Se suele decir: llora como una magdalena, ¿verdad? eso dicen. Y Wallas, igual que las fuentes de agua. De modo que estoy predestinada a llorar. ¿Eh? Ah, sí, usted quería saber...Vaya a ver al tendero Colignon. Siempre ha vivido en el edificio.
(Amélie introduce sus dedos en un saco de alubias rojas)
Tendero.- Hola, buenos días, Amélie Melón. ¿Será un higo y tres nueces como siempre?
Amélie.- Um, quería preguntarle, ¿los que vivían en mi casa en los años cincuenta, recuerda cómo se llaman?
Tendero.- Perdone, pero esa es una pregunta muy difícil, en el cincuenta tenía dos años, o sea la edad mental de este cretino.
El cretino es Lucien, el chico no es un genio, pero a Amélie le cae bien. Le gusta su manera delicada de coger las endivias, como si fueran objetos preciosos, que manipular con respeto. Es su manera de expresar su amor por un trabajo bien hecho.
Tendero.- ¿Se ha fijado? ni que fuera un pájaro recién caído de un nido. Ja, ja. Suerte que no le ha pedido pasas de corinto, porque si no, prfff, estaríamos hasta el lunes. No tienes sangre en las venas ¿Eh? La señorita lo quiere para hoy. Tenga, vaya a ver a mi madre, tiene una memoria de elefante, de elefante marino, jejejejejeje.
Amélie.- Gracias.(Mostrando desagrado y una sutil repugnancia)
(La casa está debajo de un acueducto, frente a la puerta de la tapia, un montón de escombros, Amélie se acerca para coger dos piedras planas, que introduce en el bolsillo de su chaquetilla.
Padre del tendero.- Bredoteau
Amélie.- ¿Cómo ha dicho?
Padre del tendero.- El apellido que busca, Bredoteau. Pero si se lo digo yo no cuenta. Chocheo.
Madre del tendero.- No le haga caso, claro que chochea. ¿No ha visto como me ha puesto el laurel?
Padre.- ¿Pero, qué he hecho?
Madre.- ¿Que qué has hecho?(Al poner los libros sobre la mesa, golpea la taza de su marido, derramando su contenido) Lo dejas todo por el medio como no se va a volcar. Antes de tener la tienda era revisor del metro.
Padre.- ¿Qué tendrá eso que ver?
Madre.- Resulta que desde hace tres meses se levanta todas las noches con su perforadora y me agujerea todos los laureles.
Padre.- Hubiera preferido que te dedicaras a cultivar lilas. La vida es injusta, cada uno calma los nervios como puede.
Amélie.- yo hago rebotar las piedras.
Padre.- Eso haces, ja ja ja.
Madre.- Tiene que estar por aquí, lo encontraré no se preocupe. Soy muy organizada, lo apunto todo.
Padre.- ¿El qué, qué apuntas?
Madre.- ¿Qué va a ser? Cuando pienso que tu hijo tiene 50 años y que soy yo la que llevo las cuentas de la tienda.
Padre.- Mujer, si a los quince años le ponías la pasta de dientes en el cepillo, no sé de qué te extrañas.
Madre.- Sí, sí, lo que tú digas. A ver, cami, cami, segundo derecha, estaba...
Padre.- Anda, mira en la B y lo encontrarás.
Madre.- No, no, en la escalera B estaba Brochard. Ya está, lo tengo. Bredoteau, quinto derecha. Mmmm, era gente del norte.
Padre.- Ya ve, Bredoteau.
Madre.- Sabelotodo.
Padre.- Yo no digo nada.
(Amélie se adentra en el metro, una cantante interpreta una canción melódica en el tocadiscos de un ciego, que resuena como si fuera hilo musical de todo el túnel. Amélie le echa unas monedas en la taza de estaño, que éste agradece con una gentil inclinación de cabeza. Amélie se queda mirando a un joven que hurga debajo de una cabina de una máquina de hacer fotos tamaño carnet)
Ese joven que tararea bajo el fotomatón, se llama Nino Quincampoix. A la edad que Amélie no tenía contacto con otros niños, él tuvo...demasiados. (En un aula, los otros niños, han cogido a Nino, por los brazos y las piernas y le han metido de culo en la papelera, luego le han colocado encima de una mesa. Cuando llega la maestra, todos están callados y formales, y ella muestra su contrariedad con un silencio sepulcral, pero no se ve el castigo, ni tampoco ayuda a Nino, que sigue encajado en la papelera)
Es posible que en el mismo instante a nueve kilómetros de distancia, los dos soñaran con tener un hermano o una hermana, y así no estar solos.
Amélie.- (llegando a casa de su padre) Hola papá. Veo que tienes un nuevo amigo
Padre.- hace tiempo que está conmigo. Como a tu madre no le gustaba, lo guardé en la caseta de las herramientas. Ya está, les voy a reconciliar. (Ya en el jardín, coloca al enano de cerámica en la parte más alta del mausoleo) Perfecto, ¿Qué te parece?
Amélie.- Ajá. Dime papá, si encontraras una cosa de tu infancia, que hubieras apreciado como un tesoro, ¿Cómo te sentirías, feliz, triste o quizá nostálgico?
Padre.- Este gnomo, no era de cuando yo era niño, me lo regalaron mis camaradas del regimiento cuando me jubilé.
Amélie.- No papá, me refiero a cosas que se guardan en secreto, como si tuvieran un gran valor.
Padre.- Tendré que volver a pintarlo antes del otoño.
Amélie.- Prepararé té, ¿te apetece?
Gina (en el bar, realiza funciones de quiropráctica, fisioterapeuta y masajista con los cliente, a éste le retuerce el cuello, para librarle de un dolor y agarrotamiento muscular).- Respire profundamente, quieto, ¿y bien?, ¿qué tal?, ¿mejor?
Georgette.- ¡Eh, cerrad esa puerta que hay corriente! Ay que ver como son.
Gina.- Vamos Georgette, que esto no es Siberia.
Georgette.- No, como se ve que no eres alérgica al óxido de carbono. Esta noche he tosido tanto que por poco se me desprende la pleura.
Gina.- ¿por poco se te desprende, eh?
Cliente.- ¿Qué plato especial ha preparado hoy la señora Susane?
Gina.- Endibias gratinadas.
Cliente.- uju.
Susane.- Ya lo verán, se van a caer de culo.
Cliente.- ¿Eso es que están buenas?
Cliente 2.- Depende de donde caigas.
Cliente.- Pues si es en el retrete.
Cliente.- Sí, pero entonces no lo estaban.
Gina.- ja ja ja ja ja. (Con una entonación musical)
(Se oye rebobinar la grabadora, y luego reproducir la risa de Gina)
Joseph.- 12:15, carcajada parecida a un orgasmo, motivo, complacer al macho dominante.
Gina.- Si sigue fastidiándome, no responderé de mí.
Susane.- ¡Qué pesado! ¿Por qué insiste? En este barrio hay un bar cada veinte metros.
Georgette.- Su cambio. (Al ciego que estaba con el tocadiscos en el metro) Señora Susane, Señora Susane...
Susane.- Sííí
Georgette.- me parece que las endivias gratinadas llevan mucha bechamel.
Susane.- Sí, ¿y qué?
Georgette.- Nada, que no digiero bien la bechamel, me deja...como a usted la carne de caballo.
Susane.- Lo mío no es cuestión de digestión, sino de recuerdos; preferiría guisar carne humana.
Georgette.- Creo que eso es exagerar.
Amélie.- (después de consultar en la guía telefónica, y encontrar a tres Dominique Bredoteau) Señora Susane, ¿Le importa si me voy un poco antes esta tarde?
Susane.- ¿Cómo se llama él?
Amélie.- Dominique Bredoteau (dice entusiasmada delante del timbre bajo el que se encuentra ese nombre)
1er Bredoteau.- ¿Qué desea?
Amélie.- (decepcionada al ver que no es un hombre mucho más joven que uno de 50 años) ¿Es usted Dominique Bredoteau?
1er.- Si soy yo...
Amélie.- Ah
1er.-... ¿por qué?
Amélie.- Eh...es por...la encuesta.
1er.- Ah, ¿qué encuesta?
Amélie.- Ah...pues...la...encuesta...para canonizar a Lady Di.
1er.- Ah, sí, sí, sí, pero yo no me pronuncio. Gracias.
(Amélie tacha de su libreta al primer candidato. Va en metro, la imagen está acelerada, y se oye el traqueteo ruidoso sobre las vías. Ya frente al segundo portal)
Voz en el contestador.- ¿Sííí?
Amélie.- Sí, verá, busco a Dominique Bredoteau. Estamos elaborando el censo de la Unión Europea.
2º candidato.- Suba, tercer piso. (Amélie sube en el ascensor, y sale hacia su izquierda, a su espalda sale una mujer con un traje de chaqueta pantalón) Hola gatita. (Amélie se vuelve perpleja) ¿Hergue, bergamota, jazmín? (Amélie sigue petrificada sin decir nada) ¿Quiere tomar algo?
Amélie.- (niega con la cabeza con ganas de salir corriendo) Estoy trabajando.
(Tacha en su libreta la segunda dirección. De nuevo el estruendoso metro circulando por tramos exteriores. En esta última ocasión presiona el llamador del conserje)
Conserja.- ¿Sí? ya voy, ya voy, un momento.
Amélie.- Buenos días señora, ¿sabe dónde puedo encontrar a Dominique Bredoteau?
Conserja.- Oh, pobrecita mía, le acaba de perder. Mire, le están bajando. (En el ataúd)
(Abatida por la infructuosa búsqueda, Amélie está subiendo por las escaleras de su portal, al paso por el descansillo del cuarto piso, se oye el chirrido de la puerta que se abre)
Hombre de Cristal.- Bretodeau...no, Bredoteau. Me parece que necesita un poco de vino con canela. Venga. Entre en casa. (Tras golpear ligeramente con el mango del bastón a la lámpara para que deje de parpadear)Ya está.
Amélie.- Hace cuatro años que vivo en este inmueble, y es la primera vez que le encuentro.
Cristal man.- Es posible, nunca salgo más allá del rellano. No tengo ganas de encontrarme con cualquiera. Así vivo mejor. Pero entre, vamos, entre. Supongo que sabrá que me llaman el hombre de cristal, pero me llamo Raymond Dufayel.
Amélie.- Amélie Poulin, soy camarera de...
Cristal man.- Les deux moulins, lo sé. Y vuelve con sus manos vacías de su búsqueda de Bretodeau, porque no es Bre-do, es Bre-to, como totó
Amélie.- Gracias. (Tras un silencio prolongadete) Me encanta esa pintura.
Cristal man.- Es el almuerzo de los remeros,...de Renoir.
Amélie.- Ah.
Cristal man.- (corre una cortina tras la cual se ve un montón de cuadros iguales al que está en el caballete) Hago una copia por año, desde hace veinte años. Lo más difícil son las miradas. A veces me parece que cambian de expresión...en cuanto me doy la vuelta.
Amélie.- Ahora parecen felices.
Cristal.- Naturalmente, este año comen liebre con setas. Y los niños gofres con mermelada. (Ya en la sala de estar, está rebuscando en unas cajas que están sobre una mesa redonda con mantel  cubre mantel) Bien, veamos dónde he puesto ese papelito. (Amélie se acerca a mirar por el visor de una cámara de vídeo enorme) Ah esa cámara la tengo instalada para observar la calle. Es un regalo de mi cuñada. Además así no tengo que dar cuerda a mis relojes (está fija en el reloj de la relojería -Horlogerie) ¿Sabe? después de todos estos años, el único personaje que aún me cuesta perfilar, es la muchacha con el vaso de agua (Amélie tiene entre sus manos una jarra de cristal) está en el centro, y sin embargo, está como ausente.
Amélie.- Quizás sea diferente a los demás.
Cristal.- ¿Eh...y por qué?
Amélie.- No lo sé.
Cristal.- Quizás cuando era niña no jugaba con los demás niños de su edad. Puede que nunca jugara (lo dice mirando fijamente a los ojos de Amélie, tras lo cual retira la mirada y rebusca en el bolsillo de su bata) Tenga, Dominique Bretodeau, calle Mure Tar, 27. (Le entrega el papel) Quédeselo.
Esta mañana, como cada martes, Dominique Bretodeau ha salido a comprar un pollo de granja. Suele prepararlo al horno con patatas salteadas. Después de separar los muslos, las pechugas y las alas, lo que más le gusta es desmenuzar el interior, aún humeante, con los dedos, empezando por la rabadilla.
Pero hoy no seguirá la costumbre. Bretodeau no comprará pollo. Sólo llegará hasta la cabina telefónica, y allí... (Oye el timbre insistente del teléfono, mira a todos lados, desconcertado, y muy lentamente se acerca, abre la puerta y descuelga. Al colocarlo en la oreja, Amélie cuelga. Y Bredoteau reconoce la lata, situada encima de la guía telefónica. La coge, la mira perplejo; mientras Amélie sonríe encantada. La menea y al abrirla reconoce la foto de un portero de futbol, posiblemente él mismo. Mira afuera desconfiado, ante lo inusual y sorprendente de la situación. Amélie le observa desde la cafetería de enfrente, tan pegada al cristal, que lo empaña con el vaho de su aliento. En la caja, un bólido rojo con el número 14, una canica verde, otra veteada y otra azul, una navaja con la empuñadura de nácar, una caja de cromos con un elefante dentro de un corazón encarnado, un silbato de metal y otra caja del juego mini quartett. Coge una figura de un ciclista subido en la bici, y compungido, se seca la nariz, a punto de moquear de la emoción)
En un segundo, todos sus recuerdos le vuelven a la memoria. La victoria de Federico Maartín Bahamontes en el Tour de Francia del 59. Las combinaciones de la tía Josette. Y sobre todo, aquel día trágico. El día en que ganó en el recreo todas las canicas a sus compañeros de clase. (Uno de los perdedores aprieta los labios mostrando su mal perder, mientras suena el timbre para volver a las clases, el niño Bretodeau, trata de coger todas las canicas, metiéndolas en los bolsillos de su chaqueta. Son muchas más de las que le caben)
Profesor.- ¡Bretodeau, Bretodeau!
(Todos los niños están en doble fila frente al profesor, esperando para incorporarse a las aulas. Pero Bretodeau se afana en recoger todas las canicas en un empeño imposible)
Profesor.- ¡Bretodeau! (trata de hacer sonar su silbato, pero solo le sale un chiflido gorgorito apenas audible. Se va acercando a donde está el niño de rodillas recogiendo las bolitas) Tirón de orejas, Bretodeau. Bretodeau te has ganado un buen pellizco (en este momento cede el bolsillo de la chaqueta, y todas las canicas caen como gotas de lluvia sobre el patio. Los otros niños celebran el desastre)
(Amélie está tomando una copa de vino blanco en el bar próximo a la cabina, a su espalda Bredoteau se sienta a la barra)
Bredoteau.- Un coñac, por favor. (Con un primerísimo plano de Amélie, expectante) Me ha pasado algo increíble. Ha tenido que ser mi ángel de la guarda. Era como si la cabina me llamara, sonaba y sonaba. (El camarero le propina una mirada como si estuviera ante un demente o un alcohólico, Bredoteau apura de un trago la copa de coñac)
Camarero.- Pues justamente ahora, a mí me llama el microondas.
Camarera.- ju, ju (corroborando la impresión de su compañero de que estaban ante un chiflado, uno de tantos que han visto en su bar)
Bredoteau.- Póngame otro coñac, ¿quiere?
Camarero.- (recibiendo el importe de otro cliente sentado en una mesa) Gracias, Señor.
Bredoteau.- (Con un primerísimo plano de la cara de Amélie) Es curiosa la vida. Cuando eres niño el tiempo no acaba de pasar. Y luego, sin darte cuenta, tienes 50 años. Y de la infancia (primer plano de Bredoteau) lo único que te queda, cabe en una cajita oxidada. (Primer plano de Amélie) ¿Aún no ha tenido hijos, señorita? (Amélie niega con la cabeza, sin mirarle) Yo tengo una hija que tendrá su edad. Hace años que no sé de ella. He oído que tuvo un hijo. Un niño. Se llama Lucas. Sí, creo que es hora de que les visite, antes de que acabe yo también en una cajita. Ah. ¿No cree? (En un primer plano de Amélie, esta apura de un trago su copa de vino blanco, atragantándose, le ha entrado por mal sitio y tose un poco)
Amélie tiene de repente la extraña sensación de estar en total armonía consigo misma. En ese instante todo es perfecto: la suavidad de la luz, el ligero perfume del aire, el pausado rumor de la ciudad. Inspira profundamente, y la vida le parece tan sencilla y transparente, que un arrebato de amor, parecido a un deseo de ayudar a toda la humanidad, la invade de golpe.
(El ciego está esperando en el borde de la calle a no oír coches para cruzarla. Amélie fija su mirada en él, y se acerca, tomándole por el brazo)
Amélie.- (el ritmo de las descripciones es frenético) Yo le ayudaré. Bajamos y allá vamos. Ahora nos cruzamos con la viuda del tambor de la banda municipal; lleva la carrera de su difunto marido. Atento, ale hop, oh, el rótulo de la tienda de carne de caballo ha perdido una oreja. Esa risa es del marido de la florista, se le arrugan las sienes de pura malicia. Oh, en el escaparate de la pastelería hay piruletas. Um, ¿percibe ese olor? es Pepón que ofrece una degustación de melones a sus clientes. Uy, la señora Marion, tiene helado de turrón. Ahora pasamos por delante de la tocinería, el jamón con hueso está a setenta, y a cuarenta y cinco la paleta cocida. Llegamos a los quesos, a 12,90 picantón de Arnés, y a 23,50 el Cadiku de Poiteaux. En la carnicería hay un bebé que mira a un perro, que mira a los pollos asados. Bien, ya hemos llegado delante del quiosco que hay a la entrada del metro. Yo le dejo aquí, adiós. (Amélie sube a toda prisa las escaleras, mientras un picado de cámara cae sobre el ciego, que se rodea de un aura naranja, mientras se siente bendecido por el mismo Dios, supongo)
(Amélie está en casa, mientras canturrea, descarga el escurridor con pasta sobre el plato; un bebé se oye en la escalera, que llama su atención. prosigue añadiendo el queso con un rayador, está contenta. Mira por la ventana y observa al hombre de cristal tomando una taza de té. Se ensimisma, se vuelve para mirar el plato, el único plato de pasta sobre la mesa, y con tono de desdén habla sola)
Amélie.- Ella nunca supo relacionarse con los demás. De pequeña siempre estaba sola.
(En el dormitorio un cuadro con una mujer con un perro negro escuálido en brazos, ambos dos tienen los ojos blancos, que casi dan miedo. Amélie está comiendo con el ceño fruncido y expresión de rabia, comienza a sonar el adagio para cuerdas de Samuel Barber)
Voz de la tele.- Al atardecer de un resplandeciente día de Junio, mientras los veraneantes se divierten en la playa, con la despreocupación lógica de los días de descanso, en París, los curiosos agobiados por el calor, contemplan el estallido de los primeros fuegos artificiales tradicionales. Amélie Poulin, a quien también llaman la madrina de los desheredados, o la Madonna de los olvidados, ha sucumbido presa de un grave agotamiento (Amélie ahora comienza a llorar) por las calles de un París agobiado por la pena, millones de anónimos ciudadanos se apiñan al paso del cortejo fúnebre, testimoniándole en silencio el inmenso dolor de sentirse huérfanos a partir de ahora. Extraño destino el de esta joven mujer, siendo ella misma una desposeída, y sin embargo tan sensible al discreto encanto de las pequeñas cosas de la vida. (Se la ve tirando piedras para que reboten en el agua)
Voz de cabecera de noticia.- Una gran obra mundial de ayuda humanitaria.
Voz de la tele.- Como Don Quijote, Amélie decidió luchar contra el implacable molino de todas las miserias humanas.
Voz de cabecera de noticia.- invierno en Suiza. Engelberg.
Voz de la tele.- (se ve a Amélie de enfermera de la Cruz roja, junto al hombre de cristal en silla de ruedas, sobre la nieve, y luego, vestida como la madre Teresa de Calcuta lavando los pies al ciego al lado de la iglesia de los desamparados de París) Un combate perdido de antemano, que consumió prematuramente su vida. Con apenas 23 años, Amélie Poulin, agotada, dejó su corta existencia debilitar en los remolinos de la desdicha universal. En su agonía solo sintió el lacerante remordimiento de haber dejado morir a su padre, sin haber intentado nunca, en ese hombre asfixiado, esa bocanada de aire fresco con la que había ayudado a tantos otros.(en este momento deja de llorar y vuelve la cabeza, a modo de toma de conciencia, y siendo de noche, toma el metro, la vemos dentro del metro, el ruido no es estruendoso, como cuando iba de portal en portal buscando a Dominique Bredoteau, la imagen se prolonga en una reflexiva calma. Llega frente a la verja de la casa de su padre, la escena es propia de películas de suspense, se oye un chirrido, el viento sopla. Introduce la llave, abre la puerta pero la cadena está echada. Busca una piedra para tirarla a la ventana y despertar a su padre, y a punto de lanzarla, se detiene, medita, y se vuelve sobre el gnomo, que tiene un caracol circulando por su cabeza. Sopla la piedra, y se la guarda en el bolsillo. Con un martillo y un cincel, despega al gnomo del mausoleo y se lo lleva. Ahora está corriendo dentro de una galería del metro. Las persianas metálicas bajan en señal de que se está cerrando. Amélie se ha quedado a dormir en un fotomatón. Ahora camina por el andén, entre los trenes, llega al recibidor, y de nuevo ve a Nino, hurgando debajo de un fotomatón. La reconoce. Y a ella le late el corazón más deprisa, en una imagen resaltada del propio corazón. Nino la mira fijamente. Ella le mira fijamente. Pero él no la está mirando a ella, su interés se centra en un hombre que se aleja para salir de la estación)
Nino.- ¡Eh, eh, señor!
(Se choca con Amélie sin prestarle atención y sale corriendo tras el hombre. Amélie sale detrás de él)
Nino.- ¡Eh, oiga, señor!
(Sale de la estación, el hombre lleva unas zapatillas rojas, una comitiva de curas se cruza en el camino de Nino, impidiendo que alcance al hombre)
Nino.- ¡Señor, señor, Espere, espere, un momento, espere!
(El hombre se sube a un coche azul, matrícula 189GAN75, arranca enseguida y se aleja)
Nino.- ¡Un minuto, espere, espere, espere!
(Nino se sube a su motocicleta, arranca a pedal, y al emprender la marcha, se cruza con otro automóvil, que le obliga a virar bruscamente, lo que provoca que se le caiga una de las maletas de la moto. Amélie, con el gnomo debajo de la gabardina,  llega y la recoge. En las escaleras de la estación está hojeando el álbum de fotos que hay en su interior)
Páginas y páginas de fotos de carnet desechadas que sus decepcionados propietarios habían chafado, roto, rechazado, y que un loco de la vida había reconstituido minuciosamente y catalogado. Menudo álbum familiar.
Clienta del estanco.- Un paquete de Gauloises bulois
Georgette.- Un segundo, por favor, ¿se puede saber porque hay tanto humo aquí? Indíqueme donde están sus cigarrillos, porque no veo nada.
Clienta.- Hacia su izquierda.
Georgette.- Por aquí (palpando como si fuera ciega, pero bien se nota que ve donde está el tabaco)
Clienta.- un poco más, eso es.
Georgette.- Menos mal, y ahora, donde estarán las monedas de cinco.
Clienta.- Deje, no importa (con una ligera apatía, y percatándose de la picardía de la estanquera)
Gina.- ¿Sí?
Cliente.- Un Maurice
Gina.- Un Maurice, perfecto. (Dirigiéndose a la barra gritando) Una copa de borgoña, un Maurice, y dos mentas con agua.
Joseph.- Aclárame una cosa, ¿esa miradita ha sido prenupcial o postcoital?
Gina.- ¿Y tú gilipollez, es congénita?
Joseph.- ¡Prenupcial! (registrándolo con la grabadora)
Cliente viejo.- Vamos, no se preocupe, acabará encontrando a su hombre. Ay, todas las mujeres quieren dormirse en los brazos de un hombre, todas.
Susane.- Sí, no digo que no, pero un hombre en cuanto bebe, ronca, si lo sabré yo que tengo oído musical.
Cliente viejo.- Yo no tengo ese problema, porque me operé el tabique nasal (sonríe picarón como ofreciéndose)
Susane.- Me alegro, usted al menos tiene sentido del romanticismo.
Cliente viejo.- (viniéndose abajo) Ya, creo que usted no ha conocido un amor de verdad.
Susane.- Si no lo hubiera conocido, no me habrían cortado la pierna. (Amélie escucha atentamente)
Gina.- Creía que había sido un accidente de caballo, cuando había estado trabajando en el Medrano.
Susane.- Sí, así fue exactamente. Me enamoré de un trapecista. No debí fiarme, porque esos te dejan cuando menos lo esperas. El muy cerdo me dejó justo antes de empezar mi número. Me dejó por los suelos. Y mi caballo también. Se me cayó encima, je. Qué se le va a hacer.
Cliente viejo.- Aun así, los flechazos existen.
Susane.- Bueno, hombre, no digo que no, pero con treinta años detrás de una barra, le aseguro que soy una experta, hasta puedo darle la receta. (Amélie no pierde comba)
Cliente viejo.- ¿Ah sí?
Susane.- Síííí. Elija a dos clientes habituales, hágales creer que se gustan, cueza a fuego lento y verá cómo funciona. (Amélie se sonríe, y posa su mirada primero en Joseph y luego en Georgette)
Joseph.- Por favor, por favor (levanta su copa vacía de cerveza, para que le sirvan otra)
Gina.- Yo no le sirvo.
Amélie.- Iré yo. (Dirigiéndose a Joseph, susurrando) ¿No cree que ya ha hecho suficiente daño a su alrededor?
Joseph.- Bah, Gina ya es mayor para defenderse sola.
Amélie.- No me refería a Gina, sino a Georgette.
Joseph.- ¿Georgette?
Amélie.- Obsérvela, está esperando un poco de atención por su parte y usted solo se fija en Gina. Pobre, hasta dónde puede llegar tratando de llamar su atención (ella está echándose colirio en los ojos). Desde luego hay que estar ciego.
(Ya han cerrado el bar, no hay clientes, están recogiendo todo y dejándolo todo limpio)
Gina.- Me voy corriendo, tengo una cita. Adiós.
Amélie.- Adiós.
Georgette.- Adiós. Bueno, no sé cómo será el nuevo, pero en todo caso no será peor que ese chalado de la grabadora.
Amélie.- Te equivoca, Joseph no está chalado, está dolido, sólo eso.
Georgette.- Vamos, Amélie, hace dos meses que han roto el compromiso, y sigue viniendo todos los días, le gusta sufrir.
Amélie.- Vamos, no me digas que no te has dado cuenta.
Georgette.- ¿Cuenta de qué?
Amélie.- Bueno, él siempre se sienta aquí, ¿verdad?
Georgette.- Sí.
Amélie.- Siéntate. Siéntate Georgette. ¿Qué ves allí? (indicando el estanco, ellas están en frente)
Georgette.- Pues...mi estanco.
Amélie.- ¿Y no falta nada?
Georgette.- Creo que no.
Amélie.- Haz un esfuerzo.(un gran plano muestra la totalidad del estanco durante varios segundos)
Georgette.- Pues no sé, no sé, desde aquí se ve fatal.
Amélie.- Entonces te dejo pensando, buenas noches, Georgette. (Amélie se va, y Georgette mira y mira, pero no concluye nada)
(Amélie, a la mañana siguiente se acerca al quiosco del parque cercano)
Amélie.- Buenos días.
Quiosquera.- U, u. (las dos están hojeando diarios que tratan de Lady Di)
Amélie.- (lee sin hablar) Un grupo de personas recibe cartas enviadas hace treinta años (la lettre arrive avec 30 ans de retard!) El correo fue descubierto por un grupo de alpinistas en un glaciar el Mont Blanc, en una saca de correos. La saca pertenecía al cargamento del Malabar Princess, un avión que se estrelló en los años sesenta.
Quiosquera.- ¡Qué desgracia, por una vez que había una princesa joven y bonita...!
Amélie.- ¿Insinúa que si hubiera sido vieja y fea sería menos grave?
Quisoquera.- Por supuesto, mira la madre Teresa. (Amélie la mira con indignación contenida. Por allí pasa Joseph) Y ese, ¿todavía persigue a Gina?
Amélie.- No, ahora se interesa por otra.
Quiosquera.- No me diga, ¿es alguien que conozco?
Amélie.- Creo que sí. Es curiosa la historia del glaciar.
Quiosquera.- ¿Alguien de les deux moulins?
Amélie.- Ajá.
Quiosquera.- Vamos, dímelo.
Amélie.- mmm (con gesto de no puedo, compréndalo)
Quiosquera.- No será la señora Susane. (Se ensimisma pensando otras opciones) No.
Amélie.- Sí
(Ahora está en casa de Raymond, ambos están mirando el álbum de Nino)
Amélie.- Fíjese, aquí está otra vez.
Raymond.- Ah, es realmente extraño.
Amélie.- Y aquí (señalando una foto troceada grande)
Raymond.- Um, siempre el mismo. Estación de Lyon.
Amélie.- (va pasando hojas hasta que llega la siguiente foto del enigmático hombre) Aquí, también, 5 de Marzo, Austerlitz.
Raymond.- Siempre está con ese rictus tan inexpresivo.
Amélie.- Doce veces en total. Las he contado. Es muy raro. ¿Por qué hacerse fotografías regularmente, por toda la ciudad, para a continuación irlas tirando?
Raymond.- Sobre todo si han salido bien.
Amélie.- Es una especie de ritual.
Raymond.- Quizá esté obsesionado por el miedo a envejecer, que es lo único que le tranquiliza.
Amélie.- ¡Es un muerto!
Raymond.- ¿Un muerto?
Amélie.- Claro, un muerto que teme perderse en el olvido y hace eso para recordar su cara a los vivos. Es como, si enviara un fax desde el más allá.
Raymond.- Así que es un muerto que tiene miedo de que le olviden. (Cubriendo con una sábana su lienzo del caballete) Estos en todo caso lo han conseguido. Hace tiempo que están muertos, y sin embargo jamás caerán en el olvido.
Amélie.- Esa chica del vaso de agua...
Raymond.- Sí.
Amélie.-...creo que está distraída porque está pensando en alguien.
Raymond.- ¿Te refieres a alguien del cuadro?
Amélie.- No, quizá un chico con quien ella se cruzó y le dio la impresión de que los dos se parecían.
Raymond.- O sea, que ella prefiere imaginarse una relación con alguien ausente, que tener una con los que están a su lado.
Amélie.- No sé. Quizá sea lo contrario, y ella se desvive por arreglar la vida de los demás.
Raymond.- ¿Y de ella, de todos los desarreglos de su vida, quién se ocupará?
Amélie.- En mi opinión, es mejor dedicarse a los demás, que dedicarse a un gnomo de jardín.
(Amélie está ahora en su dormitorio, sobre la cama, recostada sobre el cabecero, hojeando el álbum de fotos de Nino. Se ha dormido. En la tele, un caballo galopa a todo trote dentro de un campo vallado. Al lado pasa el pelotón del Tour de Francia, por una carretera. El caballo salta la valla y se incorpora al pelotón, al parecer no ha habido caídas. Amélie se despierta y al ver las imágenes, pone el video a grabar. El caballo trota entre los ciclistas, hasta que por fin el pelotón lo deja atrás. Unos motoristas le siguen mientras el caballo, sigue galopando, viendo a los ciclistas alejarse. Amélie baja por la escalera, y deposita un sobre con la cinta de video, debajo del felpudo de la puerta de Raymond. Al girarse ve las llaves puestas en la puerta de enfrente, las saca y se las mete al bolsillo. Es un día con una niebla espesa, y se dirige al puesto del tendero Colignon)
Colignon.- ¿Pero cómo es posible?. El chófer tenía 2,8 gramos de alcohol en sangre. Un chófer, jum, es increíble. Por lo menos no soy el único que contrata a un cretino irresponsable.
Amélie.- Señor Colignon, se ha dejado las llaves...
Colignon.- Ah, un momento Amélie Melón, eh, hoy en día no es bueno tener prisa, mire, tome ejemplo de Lucien, trabajando nunca le multarán por exceso de velocidad (le da un cachete) ¿Verdad?
Clienta.- No le haga eso, señor Colignon, no es culpa suya.
Colignon.- Tiene razón, señora Couchuá, el pobre no tiene la culpa, si se duerme de día, la culpa es de Lady Di. ¿Sabe que encontré esta mañana en su furgoneta? El catálogo de lencería de las tres suizas. Y había recortado la foto de una modelo, para poner la de la princesa.
Clienta.- ja,ja,ja.
Colignon.- Bueno, señorita, ¿qué será hoy, una latita de espárragos, o los archivos del barrio?
Amélie.- Nada. (Se va a paso ligero. Las llaves de colignon repiquetean en su bolsillo, y entra en una ferretería donde se anuncia copia de llaves en un minuto -ici clé-minute-. De nuevo frente a la puerta de Colignon, introduce el juego de llaves en la cerradura, y al volverse, se ve como lleva una copia en el bolsillo, con un efecto especial cinematográfico)
Quiosquera.- Gracias. ¿Qué, Georgette, qué tal esa migraña?
Georgette.- Oh, mejor, pero hoy no he pegado ojo por la ciática. Así que...
Quiosquera.- Sin embargo hacía ya tiempo que no la veía tan buena cara.
Georgette.- ¿Ah sí?
Quiosquera.- Sí.  Una mujer sin amor es como una flor sin sol. Se marchita. (Georgette la mira desconcertada, y la quiosquera se impla, dando un buen golpe de matasellos)
(Amélie llega al bar)
Amélie.- Qué tiempo tan loco.
Susane.- Ja, ja, ja.
Amélie.- ¿He dicho algo raro?
Susane.- Pero hoy nadie entra por esa puerta sin darnos el parte.
Hipólito.- Sí, la angustia por el paso del tiempo, nos obliga a hablar del tiempo que hace.
Gina.- De eso nada, si hablamos del tiempo es para evitar decir tonterías.
Hipólito.- Pues tonterías escribo muchas, pero nadie me las publica.
Susane.- ¿Aún no lo ha conseguido?
Hipólito.- Y ya van treinta.
Susane.- ¿Y su primo, el crítico literario?
Hipólito.- Oh, ni pensarlo, señora Susane, los críticos son sanguijuelas, que viven de la inventiva que chupan de los escritores. (Mientras dice esto, Georgette mira a Joseph, y él se gira para mirarla a ella, pues hoy está de espaldas al estanco, ella disimula cuando se cruzan sus miradas, él le da vueltas al asunto y toma una decisión)
Amélie.- ¿Su último libro, qué narra, una historia de amor?
Hipólito.- Pues no, es de un tipo que escribe su diario. Solo que en vez de escribirlo a medida que le suceden cosas, escribe la versión catastrofista de lo que le podría ocurrir, el pobre se deprime y entonces... deja de escribir.
Gina.- O sea, es la historia de uno que no da golpe.
Hipólito.- Permítame señora Susane, le dedicaré el manuscrito que me han rechazado.
Gina.- Eso, buena idea, él le dedica el manuscrito y usted le perdona la cuenta.
Susane.- Solo cambio su obra, por entremeses. Soy su mecenas.
Hipólito.- Gracias señora Susane.
Susane.- De nada.
Hipólito.- Le pondré una bonita dedicatoria.
(En la frutería de colignon)
Colignon.- ¿Sabes cuanto has tardado en traer esa caja? (Lucien llega con una caja de melocotones llena bajo su único brazo) ¿Sabes qué hora es? (al tratar de mirar la hora en su reloj de muñeca se le cae toda la fruta de la caja) La leche, a éste no lo han parido, lo han “meao”. (Llega Amélie, que al ver la escena con gesto torvo se va sin decir nada. Llega a casa de Colignon, con su copia de la llave, abre y entra. Mira alrededor a su paso. Repara en el par de zapatillas de andar por casa, las coge y mira el número, el 42. Luego se acerca al armario zapatero, y corta los cordones de un zapato. En el baño, observa que los tubos de la crema para los pies secos y el dentífrico son parecidos, y los intercambia)
Amélie.- Crema para los pies...pasta dental (dice para sí)
(En la puerta del baño, cambia la manecilla alargada exterior por el pomo interior ovalado. Luego se acerca a la licorera, y en la botella de coñac, del bueno, vierte abundante sal, agita y vuelve a colocar en su sitio. Raymond la observa con unos prismáticos sin que ella se dé cuenta. Ella llega al dormitorio de Colignon, advierte que la cama es agradablemente elástica y cambia la hora del despertador, de las 9:30 a las cuatro de la madrugada. Sale del piso y cierra con llave. Y alegóricamente se ve disfrazada del zorro, dejando una zeta en la puerta con su florete)
(Es de día, y va en el tren, leyendo el manuscrito que Hipólito dedicó a Susane, cuya dedicatoria reza: Sin ti las emociones de hoy, no serían más que la piel muerta de las de ayer)
Amélie.- Sin ti, las emociones de hoy, no serían más que la piel muerta de las de ayer.
Revisor.- ¿Qué dice?
Amélie.- (Declamando) Sin tí las emociones de hoy, no serían más que la piel muerta de las de ayer.
Revisor.- (tomándolo como una burla) Billete, por favor.
(Sentados a la mesa, Amélie y su padre)
Padre.- ¿Cómo...eh...va tu trabajo?
Amélie.- Ya me lo has preguntado, papá.
Padre.- Sí...sí...Em... ¿te...te...te van bien las cosas?
Amélie.- Bastante bien (una leve risa de felicidad) Creo que algo ha cambiado... (Ve que el padre no se alegra con ella, y que realmente pregunta rutinariamente sin escucharla) He tenido dos infartos, y tuve que abortar porque tomé crack estando embarazada, aparte de eso todo va bien.
Padre.- Um, me alegro... (Ensimismado y dando muestras de que no ha escuchado nada de lo que ha dicho su hija)... Me alegro.
Amélie.- ¿Te ocurre algo papá?
Padre.- Noo...nooo...nooo...nada, ujum (carraspea)
Amélie.- El gnomo del jardín ya no está. (El padre abre los ojos ahora si con atención) ¿Ha vuelto a la casa de herramientas? (El padre se remueve, mira tratando de averiguar, por fin se limpia la boca con la servilleta, se levanta, abre un cajón de un aparador y saca unas fotos de esas que se revelaban en el instante dentro de la propia cámara)
Padre.- (mostrando una foto del gnomo con la Catedral de San Basilio al fondo) Moscú, ahí lo tienes. No hay explicación.
Amélie.- Posiblemente tenía ganas de ver mundo.
Padre.- No lo comprendo, no lo comprendo.
(Amélie está en la estación central de trenes, se acerca al Photomaton, y ve varios anuncios pegados con el siguiente texto: perdida...cartera...fotos. (perdue, devant la gare du nord, sacoche rouge et noire, contenant ALBUM PHOTOS merci de me contacter au 01 4887 22 57)Amélie arranca una de las hojas amarillas y se la guarda)
(En su dormitorio, Amélie sigue hojeando el álbum)
Cualquier otra chica habría llamado enseguida, habría citado al chico en una terraza, para devolverle el álbum y así sabría si valía la pena seguir soñando o no (la hoja está entremetida en el marco de un cuadro en el que se ve a una niña vestida de azul, caminando al lado de un oso pardo enorme, por la ribera de un río, con árboles frondosos) Eso se llama, enfrentarse a la realidad. Pero eso no es lo que Amélie quiere.
(En los dos cuadros que Amélie tiene encima del cabecero se ve a un perro con el cono para impedir que se lama las heridas o los productos antiparasitarios, y en el otro una hembra de ave del paraíso con un collar de perlas. En la mesilla, el pie es un cerdo con bata que sujeta la lámpara como si fuera un paraguas)
Ave.- Ummm, chicos, ¿no se nos estará enamorando? (el cerdo niega con la cabeza, y tira de la cadeneta para apagar la bombilla. La pantalla se queda negra. Suena el despertador. Pero es la casa de Colignon, que se levanta adormilado. Son las 4 de la madrugada. No mira al reloj, ni detiene el ruido. Se acerca al baño, da la luz, y al ir a abrir, la mano pasa de largo, pasa de largo una segunda vez, una tercera, y ya se acerca a mirar el picaporte y ve que es el ovalado, incrédulamente lo gira y la puerta se abre, se queda pensativo, pero sigue con su rutina. Abre el grifo y echa un poco de pasta en el cepillo de dientes, al llevárselo a la boca, nota algo raro, la imagen cambia a una perspectiva del barrio, y se oye un bramido, como el de King Kong en la selva. Sale de casa. El plano de los zapatos muestra que ha utilizado una cuerda de embalar para sustituir al cordón que le falta. Ya frente a la tienda, ha accionado el mecanismo que levanta la persiana metálica, que chirría al subir. Enfrente tres gatos que rebuscan entre los cubos de basura, se asustan y al huir, hacen caer una tapa de hierro que se desplaza ruidosamente escaleras abajo. Colignon mira extrañado a su alrededor, y luego a su reloj de pulsera. Los gatos maúllan y ronronean, dando la impresión de ser los ruidos de una selva tropical en una aventura arriesgada. Vemos ahora la tienda abierta a plena luz del día. Hay varias clientas y Lucien les atiende amablemente, muy dicharachero, pero susurrando)
Lucien.- Aquí tiene su cambio.
Clienta1.- Muchísimas gracias Lucien.
Lucien.- ¿En qué puedo servirles?
Gemelas.- Medio kilo de puerros y dos alcachofas.
Lucien.- Muy bien
La portera.- (hablando alto) ¿Qué pasa, no está el jefe?
Lucien.- Ssssshhh, duerme entre las coles.
La portera.- (en su estilo inmisericorde gritón) ¿Qué has dicho?
Lucien.- Se ha dormido entre las coles.
La portera.- (ahora sí, susurrando) Ah, bueno.
(En el bar)
Joseph.- (frente al mostrador del estanco) ejem, ejem
Georgette.- Ah, ¿me desea? digo, ¿qué desea?
Joseph.- Una “loto” rápida, por favor.
Georgette.- (Tras retirar la revista de pasatiempos con la que se entretiene, presa de una cierta agitación) Aquí tiene.
Joseph.- La verdad es la primera vez que juego.
Georgette.- Um, creo que lo mejor será que yo también juegue otra. Así los dos veremos cómo va. ¿Permite? (Susane y Amélie, se sonríen picaronamente mirando de reojo el encontronazo)
Joseph.- Sí, claro.
Georgette.- Tiene que rascar aquí...aquí...aquí y aquí...de forma lateral. (Los dos rascan afanosamente, ella le mira disimuladamente, pero evita la mirada enseguida) Vaya, nada, ¿y usted?
Joseph.- No, yo tampoco.
Georgette.- Um, bueno (gesto de que se le va a hacer)
Joseph.- Desafortunado en el juego...
Georgette. - ja, ja, ja, ¿eh? Eso dicen...uju (embobada tonteando)
Joseph.- Bueno, me vuelvo a la mesa.
Georgette.- Sí (levantando la mano como un árbitro de fútbol, y cerrando el puño deseando mucha suerte) vaya.
(Amélie está en la cabina de teléfono del bar, marca el número del anuncio de Nino)
Voz.- Palacio del vicio el rey del porno, dígame.
Amélie.- Hola, llamo por el anuncio.
Voz.- ¿Mayor de edad?
Amélie.- Sí.
Voz.- ¿Está depilada?
Amélie.- Aaaahhh, ¿Cómo?
Voz.- Pregunto si está depilada, porque hoy en día el felpudo desanima a los clientes.
(Amélie desconcertada incluso un poco asustada, cuelga el teléfono bruscamente)
(Lucien llama al timbre de una puerta de uno de los pisos del portal donde vive Amélie, lleva una jaula porta botellas de seis envases de cristal, de litro. Como no contesta nadie, utiliza su juego de llaves, abre la puerta, e introduce la mercancía dentro del piso, en el recibidor. Cierra la puerta con llave. La portera baja por la escalera)
Lucien.- ¿Cómo está señora Wallas?
Madeleine.- Cuando no esperas mucho de la vida, ya se sabe.
Lucien.- Vamos, no diga eso, la vida es bella.
Madeleine.- Claro...será para ti.
(Lucien baja las escaleras con una caja bajo el brazo con productos y llega frente a la puerta de Raymond. Advierte que bajo el felpudo está el sobre que depositó Amélie, lo saca con el pie, abre la puerta y entra en la casa)
Lucien.- Buenos días, señor Dufayel.
Raymond.- Aaahh, buenos días Lucien.
Lucien.- Le dejo aquí su pedido, señor Dufayel.
Raymond.- No creo que sea el mío, odio las alcachofas. (Una música alegre suena)
Lucien.- jeje, pues no debería. Permita que le enseñe. jeje, ( se la acerca) cójala ( Raymond la coge pero resulta ser una tapa y dentro está un frasco de caviar) Tachán
Raymond.- Oh, vaya, esto es otra cosa. (Lucien tararea una canción como las que acompañan los números de magia, levanta una lata de atún al natural, y debajo está una lata de foie gras de pato)
Lucien.- Chiiiiinnnnn. Cogemos esto...y ahora... (Levanta un envase de detergente líquido, y dentro hay una botella de Champagne) taaaatannnn (sonríe entusiasmado)
Raymond.- Oh, Lucien, eres el rey de los magos.
Lucien.- Todo por cortesía del Señor Colignon. (La música alegre se trunca de golpe)
Raymond.- ¿Cómo...Señor...Colignon?...Lucien...
Lucien.- Se me escapó, señor Dufayel, ha sido sin querer...
Raymond.- Practica mi querido Lucien, practica.
Lucien.- Sí, pero...
Raymond.- Vamos, practica. Repite conmigo... Colignon, mamón.
Lucien.- (un poco desconcertado y tímidamente) Co...Colignon, mamón.
Raymond.- Eso es, ahora sigue tú, Colignon...
Lucien.- Co...Colignon...cara de león.
Raymond.- Bien, ves como cuando quieres...Sigamos, Colignon...
Lucien.- (ya más suelto) Coli...Colignon, cebollón.
Raymond.- Ohhh, cebollón, muy bien, cebollón. Colignon...
Lucien.- Colignon, colignon, escorpión.
Raymond.- Eso es, sigue.
Lucien.- (ya embalado) Colignon, cebollón. Colignon, cebollón. Colignon cebollón. Colignon cara de...no-no-no, no, Colignon cebollón, colignon cebollón, colignon cara de león... (Lucien no puede parar, y Raymond le insiste hablando los dos a la vez)
Raymond.- Bueno, para ya, para ya, Lucien, basta ya, alto. Lucien, ya está bien. Es suficiente, es suficiente.
Lucien.- Por cierto, señor Dufayel,…
Raymond.- ¿Sí?
Lucien.- He encontrado esto bajo el felpudo (le entrega el sobre, y se va canturreando Colignon, cebollón. Raymond lo abre y pone la cinta en la cámara de vídeo. Se ve la escena del caballo que se une a la vuelta ciclista, pero no se había quedado atrás, aún tenía a muchos ciclistas detrás de él. Luego una escena de un hombre con un perro subido encima, haciendo malabares, él va dando vueltas hacia atrás, y el perro se mantiene encima, como quien anda sobre un barril cilíndrico. Luego un coro de góspel, y delante la directora con un vestido de flores, y una guitarra eléctrica al hombro, tocándola divinamente, con unos solos de alucine. Raymond no entiende el sentido de la grabación y comienza a comerse el coco)
(En el bar Joseph se afana en rascar un boleto, mirando ya lujuriosamente a Georgette)
Joseph.- Otra vez nada.
Georgette.- Vaya, y yo tampoco. Aja (sonríe alborozada y coqueta)
Joseph.- Me permite, tiene una cosa aquí, que... (Y alarga su mano hasta el pecho de ella, hasta tirar ligeramente del borde superior del vestido y dejar ver el canalillo) Está usted muy guapa, Georgette, y más cuando se sonroja. Es como una flor silvestre.
Georgette.- Será por mi aerofagia. (Responde sensualmente)
Entra un viejo con gorra diciendo, -buenos días a todos, hace un día precioso-
(Joseph tiene los calderines a reventar, y se va al lavabo a refrescarse la cara con agua, allí resopla. Amélie que no pierde detalle, le ve entrar, y se vuelve hacia Georgette, que se está abanicando. Coloca una taza de café en la bandeja, y decidida, va hacia ella)
Amélie.- Un Camel con filtro, por favor (simula tropezarse y derrama el café encima de Georgette)
Georgette.- ¡¡Vaya, genial, ¿te has dado cuenta de lo que has hecho? Fíjate, lo estrenaba hoy, tenía que ser a mí, mira que tengo mala suerte, joder, qué puntería!! (Al entrar en los lavabos, Joseph se está secando con la toalla, ella se calma y se excita) Ha sido Amélie, me ha...me ha.... (Ella le toma por la pechera y le empuja contra la puerta, él se revuelve y la pone a ella contra la puerta, entregándose al frenesí carnal. Amélie contempla las sombras a través del vidrio esmerilado de la puerta)
Susane.- (sin que se pierda el plano de Amélie limpiando vasos, a Susane y los abueletes no se les ve en ningún momento, es una conversación intranscendente que transcurre como contrapunto de la situación principal) A resultas de la operación, y mira que el médico era de los que operan a los famosos. Nadie se lo podía imaginar.
Abuelete1.- Esas cosas pasan, y más en esas circunstancias, ¿no?
Susane.- Síííí, así fue. Porque tuvo un accidente terrible.
Abuelete2.- ¿Y fue allá arriba, en la montaña?
Susane.- Sí, en menudo lugar le tuvo que pasar.
(Amélie observa que los líquidos de las botellas, forman ondas, como cuando viene Godzilla pisando fuerte. Los vasos y las copas se mueven en los estantes. Todo a causa de los embates amorosos de Joseph y Georgette)
Abuelete1.- Bueno, ¿pero cómo pudo ocurrir? cuente señora Susane.
Susane.- En realidad no se sabe lo que ocurrió cuando subieron al Mont Blanc...
Abuelete2.- ¿Ah no? (Los golpes hacen parpadear los letreros luminosos de neón)
Susane.- Verán, con el frío, la silicona de los labios se le congeló, y se le puso la piel como si fuera una muñeca hinchable.
Abuelete1.- Vaya, menudo disgusto tendría la pobre. Y siga. (A los golpes ya se suman gemidos)
Susane.- Bueno, y se les evacuó en helicóptero. (Las imágenes se centran en las embestidas contra la puerta de las toilettes, vistas desde fuera, como sombras, detrás del cristal tintado verde, encuadrado en rojo, hasta que los gemidos se convierten en gritos agudos de ella, hasta llegar a un único grito prolongado, que ya distrae a los abuelos, a lo que ahora se ve, que están conversando con Susane, mientras ella les mira jocosa, de nuevo los gritos son rítmicos y Amélie, con cara de circunstancias y disimulo, decide abrir el vapor de la máquina de café, en un intento inútil de enmascarar el orgasmo que se está produciendo)
(Amélie está en casa de Raymond, frente al cuadro de Renoir)
Raymond.- ¿Vino caliente con deliciosas galletitas?
Amélie.- Gracias.
Raymond.- El otro día fui un poco duro con la chica del vaso de agua. Cuéntame, el chico que se cruzó con ella el otro día, ¿le ha vuelto a ver?
Amélie.- Creo que no le interesan las mismas cosas.
Raymond.- La suerte es como el Tour de Francia, lo esperas todo el año, y luego pasa rápido. (Amélie se sonríe) Las oportunidades hay que atraparlas deprisa. (Ahora se queda meditabunda) Sin dudar.
(Amélie llega al palacio del video, entra y se queda pasmada con la oferta de artículos eróticos. Lleva consigo el álbum de Nino. Una empleada con un abrigo de piel de tigre entra, llevando una bandeja con dos tazas de café)
Tigresa.- Hola, ¿puedo ayudarla?
Amélie.- Ah, Hola, perdone, encontré este álbum en la calle, y...
Tigresa.- Oh sí, Nino se pondrá muy contento. Estaba tan desesperado cuando lo perdió, que a punto estuvo de ponerle una vela a San Antonio.
Amélie.- Y...Nino... ¿no está?
Tigresa.- No, los miércoles trabaja en el parque de atracciones.
Amélie.- Ya. ¿Hace mucho que colecciona esto?
Tigresa.- Creo que desde que está aquí. Hará un año. Fui yo quien se lo aconsejó. Antes coleccionaba huellas de pisadas en el cemento. Era guarda nocturno. Y un buen día se puso a fotografiar todos los lugares donde alguien había pisado accidentalmente cemento fresco. (Amélie se imagina las huellas, entre las que hay pisadas, pero también las palmas de las dos manos, huellas de pájaro, una fecha, y hasta las huellas de dos guantes) Es un bicho raro. Cuando le conocí, hacía de papá Noel en unos almacenes. (Amélie se sonríe tiernamente y se lo imagina moviendo la campana arriba y abajo diciendo jo, jo, jo, jo) También coleccionaba otras cosas, las risas por ejemplo. Si oía una risa graciosa, paf, la grababa (vemos a una mujer emitiendo una risa aguda, semejante a un alarído, ciertamente curiosa y graciosa, Amélie vuelve a sonreír dulcemente)
Amélie.- Qué cosas. Para su novia no debe ser muy fácil.
Tigresa.- Qué va, el pobre no ha sido capaz de conservar una. Son tiempos difíciles para los soñadores.
Striptease vestida.- ¿Qué pasa Eva, tardarán mucho esos cafés?
Eva.- Tengo que irme, gracias por traer el álbum
Amélie.- Oh, no, se lo daré a él. Tengo tiempo, me acercaré al parque de atracciones.
Eva.- Bien, como quieras, el túnel del terror, pregunta por Nino Quincampoix, como la calle.
(Amélie llega frente al túnel del terror. Se detiene al lado de la moto de Nino, un movimiento de pie frotándose los tobillos, muestra su inquietud. Se agacha para coger una piedra plana, la sopla y se la introduce en el bolsillo, donde golpea con otras. Al continuar el paso, acaricia el asiento de la moto. Se acerca a la taquilla de la atracción)
Amélie.- Perdone, estoy buscando a Nino, ¿está aquí?
Taquillera.- ¿Nino?, no sale hasta las siete.
Amélie.- Ah, ¿no puedo verle antes?
Taquillera.- Claro que sí, (le acerca una entrada) Veinte francos.
(Amélie se sube en uno de los coches vagoneta, y entra en el túnel, trata de localizar a Nino. Pasa delante de un esqueleto, y este se sube a la vagoneta. Por detrás acerca su cabeza a la de Amélie, y le hace Uuuuuuuuuuuu, le acaricia la cara y el lóbulo de la oreja, Uuuuuuuuuuu, Amélie cierra los ojos y disfruta el momento, Uuuuuuuuuuuuu, abre los ojos y se deja hacer, Aaaaaaaaaaa -este último sonido parece más de satisfacción que atemorizador. Nino sale ya vestido de calle al finalizar su jornada de trabajo)
Nino.- Marcele, me voy. Hasta el miércoles.
Taquillera.- (sin apenas prestarle atención y don displicencia) Sí, sí, adiós.
(Nino se acerca a la moto y ve un papel de cuatro fotos utilizado como nota, en la que dice: Rendez-vous, demain 17 heurs. Manège de Montmartre après de la cabine téléphonique. Munissez-vous d'une pièce de 5F.)
Nino.- (Lee)(Encuentro o cita) Mañana a las 17 horas, en el tiovivo de Montmartre, cerca de la cabina telefónica. Traiga una ficha de 5 francos. (Da la vuelta a la cartulina, y mira a su alrededor cariacontecido. Ahora está durmiendo en su cama, con la cartulina sujeta a la lamparilla con una horquilla. Las cuatro fotos del mismo hombre le hablan)
Fotos.- psssshhhh, pssshhh. (Nino abre los ojos) Te gustaría saber más ¿eh?
Nino.- ¿La conocen, la han visto?
Fotos.- Claro que la conocemos. Nos llevó en el bolsillo de su blusa, jejejeje, contra su pecho, jejejeje.
Nino.- ¿Y es guapa?
Fotos.- Bo, no está mal, nada mal, nada mal...Es preciosa, no te pases, Sí, es preciosa
Nino.- Pero, ¿qué quiere de mí?
Fotos.- Está sin blanca, quiere una recompensa por devolverte el álbum. O puede que también coleccione fotos. Eso, y como a nosotros ya nos tiene, seguro que quiere cambiarnos por un tuerto con gafas, jejejeje.
Nino.- (Hace un gesto de, Anda ya, iros a la porra, y se vuelve)
Fotos.- (Todos a la vez) ¡No idiota! (uno) Está enamorada.
Nino.- (de nuevo mirando las fotos) Pero si no la conozco.
Fotos.- (Todas) Claro que la conoces.
Nino.- ¿Desde cuándo?
Fotos.- (la de la esquina inferior izquierda) Desde siempre, en tus sueños.
(Una panorámica del parque situado frente a la Basílica del Sagrado Corazón. Se oye el ring-ring de un teléfono público, Nino está esperando de espaldas al terminal. Una señora coge el teléfono.
Señora.- ¿Diga? Sí, perdone, señor, señor, el de la bolsa de plástico, es para usted.
Nino.- ¿Para mí?
Señora.- Sí.
Nino.- Gracias. Diga. (Nino mira a la señora de arriba a abajo, sospechando que tal vez sea Amélie)
Amélie.- (disfrazada con gafas oscuras, un pañuelo en la cabeza y una gabardina marrón, desde una cabina cercana) Siga las flechas azules, señor Quincampoix. (Y cuelga rápidamente)
Nino.- ¿Qué? (mira a su alrededor, y definitivamente ve las flechas azules pintadas en el suelo, donde las palomas picotean en busca de migajas, y un niño corretea entre ellas. Cuelga y emprende la marcha, pasa al lado de Amélie, pero no repara en ella, y ella tampoco le mira al pasar. Avanza hacia arriba, sube unas escalinatas, y llega conde unas palomas picotean la flecha hecha de alpiste. Se sonríe. Sube unas escalinatas. Sube otras interminables escalinatas, ya notablemente fatigado, resoplando, y llega junto a un hombre haciendo de estatua de bronce, con el dedo apuntando hacia arriba. Nino se acerca, el sol le da en los ojos. Llega un niño, y tirándole de la manga de la gabardina le dice:)
Niño.- Señor, cuando un dedo apunta al cielo, el tonto mira al dedo. (Y se va)
(Nino se fija en la mano y dirige su mirada hacia donde apunta el dedo. Y ve unos prismáticos panorámicos de columna a monedas, que sirven para ver mejor a lo lejos, en la explanada superior, junto a la barandilla. Se vuelve a mirar a la cara del hombre estatua, y éste abre los ojos y le echa un guiño, que suena como un trozo grande de plomo golpeando contra un suelo de cemento. Nino sube, mira a lo lejos, y rebusca en su bolsillo la moneda de cinco francos para introducirla en los prismáticos. Y al mirar, ve a Amélie disfrazada, que muestra el álbum, y lo mete en la cartera de la moto.
Nino.- ¡¡Eh!! (Baja precipitadamente, se choca con una pareja, pasa por el medio de un grupo de palomas, y esquiva a una niña en la plazoleta donde tiene aparcada la moto. Cuando llega, suena el ring-ring del teléfono, mientras comprueba que es su álbum, y antes de abrirlo, atiende la llamada)
Nino.- Diga.
Amélie.- Sé quién es el desconocido de la cabina fotográfica. Es un fantasma. Nadie le puede ver, señor Quincampoix. Solo aparece en la pátina sensible de la película fotográfica. Cuándo una joven se hace una foto, él se le cuelga de la oreja y le hace, Uuuuuuuu, Uuuuuuuu, acariciándole suavemente la nuca. ¡Así es como le pillan!. ¿Señor Quincampoix?
Nino.- Pero, ¿quién habla?
Amélie.- Página 51. (Y cuelga)
(Nino cuelga también y abre su álbum por la página 51, allí hay cuatro fotos de Amélie disfrazada, en la primera no se le ve la cara porque la tapa la palma de su mano izquierda, sobre la que está escrita la palabra SOUHAITEZ, en la segunda aparece con unas enormes gafas de broma con ojos dibujados, sosteniendo un papel negro con la palabra VOUS, en la tercera es una silueta negra completamente y al lado ME RENCONTRER, en la última la foto muestra un ombligo que sirve de punto al signo de cerrar interrogación, pintado sobre el vientre, la foto está cortada a la altura del pecho- ¿Quiere usted encontrarme? Nino cierra el álbum, se oye la música del tiovivo, con el casco puesto arranca la moto y se va. Al lado estaba Amélie camuflada, que se quita las gafas y sonríe triunfadora)
(El padre de Amélie, recoge un sobre de esos con el borde con franjas rojas y azules, que indica que llega del extranjero, en el buzón de la puerta de la verja exterior de su casa. Lo abre y contiene dos fotos del gnomo una con el Empire State de fondo, y la otra con la estatua de la libertad a lo lejos. Mira desconfiado temiendo que todo sea una chanza, o simplemente que alguien le puede observar)
(Amélie baja corriendo por las escaleras llegando al recibidor en el que se encuentran los buzones. Al pasar por la portería, ve que la puerta está entreabierta. Se decide a entrar. Va directamente al armario de donde había sacado las cartas de su difunto marido, Madeleine. Curiosamente encima hay una almohada sobre la que descansa el gato, que mira la operación sin asustarse. Coge el paquete de cartas, y se va, dejando la puerta entreabierta)
(El en bar, Georgette rebosa felicidad, se cimbrea mientras hace ganchillo, Amélie y Susane la miran mientras realizan sus tareas, solo está Hipólito en la barra. Ella se exhibe para Joseph, que la regala una mirada de complicidad, haciéndole ver que hay personas y que se contenga. Le tira un beso, y ella se sonríe orgullosa.
Joseph.- Oigan esto, (leyendo del periódico) un niño de seis años, aprovecha que sus padres duermen, para salir a la carretera con su cochecito de pedales. Ha sido hallado en una autopista cerca de Münster, Alemania. El niño ha dicho a la policía, que sólo quería ver las estrellas. (Georgette sonríe encantada con la dulzura de la noticia)
Georgette.- Una historia preciosa...a pesar de todo.
Susane.- Pobre crío, el amor es la única enfermedad que le quedaba por pillar.
Hipólito.- De ahí se deduce que nadie es inmune.
Gina.- Al menos me ha dado un descanso.
Susane.- (mirando a Georgette) En todo caso el amor te hace guapa. (Quien sigue cimbreándose de satisfacción)
(En el palacio del video. Eva está poniendo precios a cajas de penes de látex)
Nino.- Pero, ¿cómo es, alta, baja, rubia, morena, cómo?
Eva.- ¿cómo? Emmm, digamos que es de estatura mediana. Ni enana, ni jirafa. Normal, vamos. Se la puede llamar guapa. Y lo de si es rubia o morena, eso, es difícil, desde luego no es pelirroja...creo.
Nino.- Déjalo ya.
Eva.- En cambio recuerdo que quiso enterarse, como quien no quiere la cosa, de si tenías novia.
Nino.- ¿Y qué?
Eva.- Le dije que eso no era de su incumbencia. ¿Hice bien no?
Nino.- Espero que no le dijeras eso.
Eva.- ¿Te importa esa chica, ni siquiera la conoces?
Nino.- Sí, y ese es el misterio.
Eva.- Misterio o no, por mí no lo sabrás.
(En el puesto de Colignon. hay muchos clientes esperando)
Clienta1.- Medio kilo de nectarinas, por favor.
Lucien.- Le pondré de estas, son las más bonitas.
Colignon.- Aaaaaahj, ahora el señor es un artista. Sí, hace quince días que se queda una tonelada de artículos sin vender, hasta me preguntaba si habría ganado un cerdo en la feria del jamón, pues no, el señor estudia pintura. Sí, así es, el señor de día vende puerros, y de noche pinta nabos. ¿Qué puedo hacer con semejante organizador?
Un buen apuntador oculto tras los tragaluces, listo para daros una réplica mordaz, es lo que haría falta para que los tímidos tuvieran la última palabra. (Un hombre asoma por un tragaluz enrejado de un sótano, a modo de soplón bajo la cocha del apuntador del escenario de un teatro)
Apuntador.- Al menos usted nunca será una hortaliza, porque incluso las alcachofas tienen corazón. (Amélie, asiente dando las gracias y se vuelve para dirigirse a Colignon declamando)
Amélie.- Usted nunca será una hortaliza, porque incluso las alcachofas tienen corazón.
(La concurrencia irrumpe en estruendosas carcajadas, y Colignon se siente apabullado)
(Ahora Amélie está en casa de Colignon, se pone unos guantes de goma rojos. Cambia las zapatillas de andar por casa por otras. Quita la bombilla de la lámpara de pie del dormitorio por otra de menos vatios, y no conforme, por otra de aún menos intensidad lumínica. Desenchufa el cable de la lámpara de la mesita, y lo pincha con un alfiler, cortando con un alicate el sobrante, para que no llame la atención. Modifica la memoria del teléfono, la operadora dice: -memorización cinco- y Amélie marca un número. Por fin se está quitando los guantes, mientras es observada por unos prismáticos. Es el señor Dufayel, ahora se descubre su identidad)
(Amélie está frente a su escritorio, leyendo las cartas del difunto marido de Madeleine)
Voz en off del marido.- (con un sonido de cornetas militares de fondo, y un timbre de voz que hace pensar en un hombre atractivo) Querida Madó, tu ausencia me produce cada día más tristeza, me siento exiliado en un mundo desesperadamente caqui. Ya no duermo, ni como, he cometido el peor error de mi vida aceptando estas prácticas, que me disgustan y me alejan de ti. Estas cinco interminables semanas, pienso en ti continuamente, tuyo afectísimo. Adrián. (Cesa la corneta) He renunciado al dinero de la última paga, para compensar mi dimisión, un tanto abrupta. Sueño en que algún día volverán tiempos mejores. Un día color naranja, ¿te acuerdas, mi querida Madó? Tu Adrián que nunca te ha amado tanto. Buenas noticias, dulce Madó, pronto ganaré suficiente dinero para comprar un coche, y podré ir a dormir todas las noches. Hasta ese momento, espero que vengas a verme el viernes al atardecer. Así podremos salir juntos. (Son párrafos de varias cartas, se ve a Amélie, en el dormitorio, en el salón, muchas cartas dispersas por el suelo y el gato caminando sobre ellas, en el baño lee la última, y sonríe compasivamente. Ahora la vemos en una galería en la que hay una fotocopiadora, en la que Amélie realiza varias copias. Ahora está en el salón de su casa, todo es rojo, el tresillo, las paredes, las cortinas, el sofá, la mesa, completado con algunos cojines amarillos y una lámpara azul intenso. A velocidad normal levanta una copia en su mano izquierda, y las tijeras en la derecha. Se acerca la cámara, un poco, con el sonido de un robot que se desplaza, y a continuación a cámara rápida recorta partes de las hojas, luego a velocidad normal muestra una hoja en blanco y un rollo de pegamento sólido, de nuevo el sonido robótico, y a cámara rápida va pegando los trozos en la hoja. Muestra el resultado. De nuevo en la galería, realiza una fotocopia sobre un papel pergamino con los bordes ondulados. En casa, en una palangana, pasa el pergamino por agua mezclada con betún de Judea, y lo cuelga con unas pinzas del tendedero. Luego utiliza un secador, et voilà. Amélie pasa por delante de su ventana al patio interior, se detiene, y observa con su catalejo extensible, como Raymond perfila el cabello de la chica del vaso de cristal de su cuadro. Éste a su vez utiliza sus prismáticos para leer la carta que ha colgado Amélie en el tendedor)
(Colignon llega a su casa, muy bien vestido, con su camisa, su corbata y su cazadora de tela. Tiene el gesto receloso, tarda en entrar, tratando de escuchar o ver a algún intruso. Entra y se sienta en el butacón al pie del cual tiene sus zapatillas de andar por casa, se quita los zapatos, y al tratar de introducir los pies nota que le quedan pequeñas. Aun así, fatigosamente, se las calza, resoplando como un gorrino al que llevan al banco a la fuerza. Entra en el dormitorio, y se frota los ojos, al advertir que la luminosidad es escasa. Se acerca al cable de la lámpara de la mesita, lo coge para enchufarlo, y pega un chispazo, que le hace gritar como una mariquita, loca, loca, pero que muy loca, tú sabes reina. Está sentado en la silla con el teléfono en las manos, duda, pero al fin levanta el auricular, y presiona el botón del número de la memoria número 7, el de mamá, suenan los tonos y se oye - Urgencias psiquiátricas, dígame- Colignon es ya presa del terror, y un sudor frío le cubre la cara) -diga...diga....diga...- y cuelga. Sentado frente a la licorería, se sirve temblorosamente un vaso de Cognac -ese licor procedente de la región de Francia del mismo nombre-, lo apura, y al punto lo escupe a chorro) (hábilmente el director ha puesto un cristal delante de la cámara, y eso se nota, vamos, que quiere que se note)
(Amélie baja por las escaleras de la estación central de trenes. Por todas partes están pegados folios de vivos colores, unos de color naranja, otros de color amarillo, otros de color azul, con las letras en negro, con la expresión OÙ & QUAND, sobre la imagen del vientre de Amélie con el interrogante, que le había dejado en la página 51 del álbum. Amélie arranca varias de ellas y se va.
Amélie.- Dónde y Cuándo.
(Amélie va a entrar en una tienda de disfraces)
Una hora después, Amélie, entra en una tienda del Boulevard Saint Martin, donde alquilan disfraces y venden bolsas de cotillón. En ese mismo instante, en el número 10 81 de la calle Lecourbe, un hombre sale de su domicilio (el reloj de la estación marca las 11:38, y es del año MDCCCLXIV). Diez minutos más tarde, Amélie llega al fotomatón de la estación del Este. Simultáneamente el hombre de las zapatillas rojas, aparca delante de la entrada lateral, en ese preciso instante son exactamente las once horas cuarenta minutos. (Amélie está introduciendo unas monedas en el fotomatón, con su disfraz de el bandolero el zorro, con sombrero de ala ancha y antifaz negros, se ven los cuatro fogonazos. El hombre de las zapatillas rojas se acerca rápidamente. Amélie se quita el sombrero, el antifaz y la capa, descorre la cortina, y un estruendo de truenos y relámpagos ilumina el frontal de cristales de la estación. Ahora, delante de ella, está el hombre que salía doce veces en el álbum de Nino. Amélie le mira de arriba a abajo)
Llegados a este punto de la historia, Amélie es la única que conoce la clave del enigma del desconocido del fotomatón (fundido a blanco con música celestial de fondo)
(El cartero está depositando la correspondencia en los buzones del portal donde vive Amélie)
Cartero.- Buenos días, señora Wallas. ¿Cómo va la mañana?
Madeleine.- (pasando el plumero y la bayeta, con desgana) Bueno, si no llueve, no está mal.
Cartero.- Ya. Tenga, es para usted.
Madeleine.- ¿Para mí?
Cartero.- Sí. (Abre la carta, y lee, se oye la voz del empleado de correos- Señora Wallas, debido a la reciente recuperación de una saca de correspondencia, desaparecida con el avión que la transportaba, el 12 de Octubre de 1.969, en el macizo del Mont Blanc, Correos tiene el placer de hacerle llegar la carta adjunta dirigida a usted. Tenga a bien aceptar nuestras disculpas, por este inusual retraso. Jacques Brochian, director de relaciones públicas- Ya sentada en el borde de su cama, lee la carta, que se oye con la voz de locutor de radio de su difunto)
Adrián.- Querida Madó: (sonido de corneta con toques militares) Me siento exiliado. Ya no duermo, ni como. Pienso en ti continuamente. Vivo con la certeza de que he cometido el peor error de mi vida. He renunciado al dinero de esa mujer. Si todo va bien, pronto ganaré lo suficiente para comprar, una casa. Sólo sueño en que algún día vendrán tiempos mejores, en los que conseguiré tu perdón, y en que te reunirás conmigo un día, un día de color naranja. Tu Adrián, que nunca te ha amado tanto.
(Madeleine se emociona y se le saltan las lágrimas entre gimoteos. Se acerca al cuadro con la foto de su difunto, y le besa en los labios. A continuación echa limpiacristales y lo limpia con la bayeta. Está profundamente enamorada de él)
(Lucien entra en la casa del señor Dufayel, lleva otro sobre con una cinta de video, en la boca, en el brazo lleva un taburete para sentarse a pintar)
Lucien.- Tenga señor Dufayel, otro sobre para usted.
Raymond.- Trae. (Le responde con displicencia)
(Lucien se sube al taburete para cambiar la bombilla fundida de la lámpara de pie del salón donde tiene el caballete con el cuadro, pero Raymond se vale de un flexo para iluminar el cuadro, que llega desde detrás de él)
Lucien.- Señor Dufayel, ¿Sabe que le ha pasado hoy a la portera?
Raymond.- Tuvo carta.
Lucien.- De su marido. Con cuarenta años de retraso. Eso es mucho tiempo ¿no cree?
(después de cambiar la bombilla, quemarse un poquillo y comprobar que la anterior estaba fundida, moviéndola para ver si se oye dentro el ruido del filamento roto sobre el cristal, se sienta frente a sus láminas colocadas en un caballete al lado del de Raymond. Va dejando en el suelo aquellas de bodegones, hasta que deja una lámina del mismo cuadro de Renoir, pero a modo de tebeo o infantil)
Lucien.- Lo siento, pero no me gustan las naturalezas muertas, señor Dufayel.
Raymond.- Pero mientras te convendría pulir mejor tus trazos. Ahí, capas gruesas, siempre.
(Ambos se entregan a dar pinceladas a sus cuadros respectivos)
Lucien.- Señor Dufayel...
Raymond.- Sííííí
Lucien.- Los periódicos dicen que pronto habrá una nueva estrella.
Raymond.- Vaya, ¿ahora te interesas por las estrellas?
Lucien.- Vi un programa de la tele en casa de mi madre. Es por eso. Pero no sé si será verdad. En América recogerán las cenizas de los ricos que se han hecho incinerar, y luego las meterán en un satélite, y después las enviarán al espacio. Dicen que ese satélite siempre brillará. Y Lady Di, ¿cree que harán lo mismo con Lady Di?
Raymond.- (que ya llevaba rato soportando el cotilleo de Lucien, estoicamente, estalla gritando)¡¡Lady Di, Lady Di, ¿quieres dejar en paz eso, coño, así no puedo concentrarme!! (Lucien ofendido se levanta y se marcha cabizbajo) Ujum, ujum, Lady Di...Lady Di... ¡Renoir! Lady Di. (Coge el sobre con la cinta de video, la pone en la cámara, aprieta el “play”, y se ve a unos bebés buceando, ayudados por dos monitoras. Raymond sonríe. Luego un viejo sureño americano, sale de su casa, tiene una pata de palo, se oye una harmónica, una voz dice - Ahí tenía ganas de mover los pies- y el viejo comienza a bailar animadamente. -así los mueve un viejo del sur- realiza unos pasos de baile verdaderamente estéticos y complicados - Ooohh, sí señor, están ustedes viendo a un hombre que nació con mala pata. Nací un viernes trece, un mal día. Un día de mala suerte.  Regarde moi, tu vois un mec né avec la poisse. Je suis né un vendredi 13. Un mauvais jour. Jour de malchance. Y se terminan las imágenes, viéndose la nube de puntos.
Amélie.- Rodri, Rodri, ven aquí. Eso es, buen gatito. (Raymond saluda a Amélie con una leve inclinación de cabeza, y ella le devuelve el gesto, luego introduce al gato por la ventana en la casa)
(El padre de Amélie está rastreando las hojas secas junto a su verja, llega el cartero y le entrega unos carta.-Buenos días- Rafael ya se espera la foto de mala gana. En efecto, en esta ocasión se ven unos templos camboyanos de fondo. Ya tiene siete fotos, además de las de Nueva York y Moscú, una con el Partenón de Atenas, otra con la mezquita azul de Estambul, y otra en Egipto.
Rafael.- Camboya. No lo comprendo. ¡La verdad, no lo comprendo!
(Amélie recibe el gnomo envuelto en un paño, y atado con una cuerda)
Amélie.- Estupendo, lo has hecho perfecto.
Philomène.- ¿Estás logrando algo?
Amélie.- Sigue su curso.
Philomène.- Entonces lo haré cuando quieras, el mal ya está hecho.
Amélie.- ¿A qué te refieres?
Philomène.- Blancanieves, ahora todos me llaman así. (Amélie se sonríe con sana guasa)
(Nino, circula en su moto, con casco. Pasa al lado de un paso elevado del metro, ruidoso y traqueteante. Llega a un supermercado y va pegando los carteles OU & QUAND, en cuantos fotomatones encuentra. Esta hurgando en la papelera, cuando se acerca un guardia de seguridad, Nino sonríe inocente. Sigue circulando en la moto, pega seis carteles en el fotomatón de la estación del Este. Circula ahora por una plaza que en el centro tiene una estatua de unos diez metros de largo por seis de alto, sobre una base de iguales dimensiones. En la estación del norte ha colocado los últimos carteles, todos verdes, y saca de debajo de la máquina algunos trozos de fotos. Ya en el palacio del video, va recomponiendo los trozos que encontró. Con las pinzas coloca minuciosamente los cachos. Es una foto de Amélie disfrazada de el zorro, con el texto: Café les 2 moulins, Je suis sourente á partir de 16"00. Le deux moulins, estaré allí a partir de las 16 horas)
Nino.- Eva, perdona, ¿podrías sustituirme en la caja a las cuatro? por favor.
Eva.- Ooohh, vaya, ¿otra vez?
(Amélie está en el café, mira el reloj, que ya marca las cuatro y ocho)
Georgette.- Ah, menuda cara trae.
Susane.- Y ahora ¿qué le ocurre a ese cretino?
Georgette.- cree que sonrío demasiado
Susane.- ¿es que te prefiere de morros?
Georgette.- bueno, con los demás hombres, sí.
(La manecilla de los minutos del reloj, se detiene en el 10)
Nino se retrasa. Para Amélie solo caben tres explicaciones. La primera, que no encontró la foto. La segunda que no tuvo tiempo de recomponerla, porque una pandilla de atracadores de bancos, le tomó como rehén. Perseguidos por la policía, lograron escapar. Pero él provocó un accidente. Cuando recuperó el conocimiento, no recordaba nada. Un ex convicto que pasaba por allí le recogió en auto stop, y tomándolo por un fugitivo, le escondió en un contenedor destinado a Estambul. Allí se topó con un grupo talibán afgano que le propuso acompañarle para volar unas cabezas de misiles soviéticos. Pero su camión chocó con una mina en la frontera del Tayikistán. Sólo sobrevivió él. Alojado en una cabaña de montañeses, se convirtió en militante muyahidín. ¡Así que Amélie no se explica, porque se preocupa tanto por alguien que come sopa de remolacha, y lleva un tiesto horrible por sombrero!
(Nino entra en el café, no reconoce a Amélie, que está cerca a su derecha, tras la barra, con la mirada baja, fijada en secar un embudo de plástico)
Nino.- Buenas tardes.
(Amélie sonríe y le mira de reojo. Él se sienta en la mesa que está al lado del cristal en que se anota el menú del día. Gina se acerca a recibir la comanda)
Gina.- Hola, ¿qué va a tomar?
Nino.- Emm, un café, por favor.
Gina.- (a la barra) Un café.
(Amélie le observa mirando al espejo que hay detrás de la barra, y sonríe tiernamente. Nino fija su mirada en una chica que entra en la cafetería, es similar a Amélie, Nino la mira embobado con la risa nerviosa, pero la chica se sienta con un mozo que la espera en la mesa de al lado, y a quien ella saluda con un beso. Nino resopla, no es ella)
Gina.- Aquí tiene, su café. (Al retirarse Gina, Amélie está detrás de Nino, dispuesta a escribir el menú del día en el cristal, le observa pero no dice nada)
Nino.- Gracias. (Toma un sorbito, e intuye que alguien le observa, se gira y ve a Amélie, que se apresura a escribir, lo que tiene mérito pues ha de hacerlo al revés, para que se lea correctamente desde el otro lado. Nino se vuelve, y ella respira aliviada)
Amélie.- (para sus adentros) Ahora lo ha comprendido. Dejará la cucharilla. Recogerá los granos de azúcar de la mesa con el dedo. A continuación se volverá lentamente, y entonces me hablará. (Y todo ha ido sucediendo como ella barruntaba. Al final Nino, saca la foto de Amélie, pica en el cristal para llamar su atención, y en efecto, le habla)
Nino.- Perdone, (señalando la foto) ¿Es usted?
Amélie.- (negando con la cabeza, y tímidamente) No.
Nino.- (sonríe) Claro que es usted.
Amélie.- (se emociona, pero se encoge de hombros, y niega por segunda vez) Lo siento. (Se aleja apesadumbrada y ridícula, al volverse se choca con Gina)
Amélie.- Espera, Gina, tienes que hacerme un favor (le escribe una nota)
Gina.- (acercándose a la mesa de Nino) Si ha terminado lo retiraré. (Disimuladamente le introduce la nota en el bolsillo de la chaqueta) ¿Perdone, le apetece otro café?
Nino.- No, gracias. (Joseph ha visto la maniobra y refunfuña suelta un Ah, y levanta el pulgar en señal de reconocimiento de lo bien que lo ha hecho)
(Nino, mira a Amélie, que airea un mantel en el fondo del café, ella también le echa un vistazo, tratando de que no se crucen sus miradas. Al final Nino, se cansa, y se va. Amélie se derrite y se convierte en un charco de agua)
(Ahora está en casa de Raymond, sentada a su lado, mirando como da pinceladas al cuadro)
Raymond.- ¿De modo que es este hombre de aquí, el que alza la mano?
Amélie.- Sí.
Raymond.- Ya. ¿Está enamorada de él?
Amélie.- Sí.
Raymond.- Entonces ha llegado el momento de que ella se arriesgue de verdad.
Amélie.- Eso es lo que piensa. Está estudiando una estratagema para...
Raymond.- Ya entiendo. Le gustan las estratagemas.
Amilie.- Sííí (digámoslo así)
Raymond.- En realidad es una... ¡cobarde! Precisamente por eso me cuesta captar su mirada.
(En la tele del dormitorio de Amélie, Lenin dicta el siguiente discurso a su secretario personal, que aparece subtitulado en la pantalla:)
Locutor de la tele.- Hasta Lenin tomó cartas en el asunto: Las ansias de intromisión de Raymond Dufayel, le parecían intolerables. Si Amélie prefería vivir en un sueño, y seguir siendo una jovencita introvertida, estaba en su derecho. Ya que malograr su vida, es para todo ser humano, un derecho inalienable.
La volonté d'ingérence de Raymond Dufayel est intolérable! Si Amélie préfère vivre dans le vêve, et rester une jeúne fille introvertie, c'est son droit. Car...rater sa vie est un droit inaliénable!
(Amélie está ahora en la presa del canal Saint Martin, sopla una piedra, y arroja tres, todas ellas rebotan varias veces, lo que no es frecuente. El reloj Omega al que está enfocada la cámara de Raymond marca las nueve menos siete, pero este la gira hasta enfocar a Lucien, que está practicando con el cuadro infantil de Renoir)
Lucien.- ¿Que...qué va a hacer, señor Dufayel?
Raymond.- Me gustaría saber una cosa. Para hacer tus entregas ¿guardas siempre las llaves de los inquilinos?
(Amélie está en la estación del Este, se dirige al fotomatón, introduce un clip y una tuerca en la abertura para las monedas y llama por teléfono desde una cabina pública
Amélie.- Buenos días señor, llamo para avisarles de que una de sus máquinas está averiada...Oh, no, yo diría que hay algo atascado...Estación del Este, en el vestíbulo.
(En el palacio del video, una estríper está bailando. Nino está en el mostrador cobrando a un cliente)
Nino.- Si compra una le regalo otra.
Cliente.- No, no, gracias.
(Nino utiliza el micrófono para hablar con la compañera que está realizando el striptease)
Nino.- Sa ...(se oye el chirrido propio de cuando el micro no funciona bien) Samanta. (Nino desiste de utilizar el micro y se acerca a una cabina, para hablar con ella a través del cristal, la música dentro está muy alta y hay que hablar a voces) Samanta, Samanta (ella no puede oírle) ¡Que si puedes sustituirme en la caja a las cuatro! (ella, mientras se contonea y baila, le hace gestos de que no puede oírle) Espera, un momento (se palpa los bolsillos de la camisa, y al introducir la mano en el de la chaqueta, encuentra el papel que le introdujo Gina, allí escribe: PEUX-TOI ME REMPLACER ORT APRÉS-MIDI? ¿Puedes sustituirme en la caja a las cuatro?. Pero al apoyar el papel en el cristal ve el mensaje de Amélie: Rendez-vous au Photomaton Salle des pas perdus. Gare de L'est Mardi 17 heurs. Cita en el fotomatón del vestíbulo de la estación del Este, martes a las 17 horas.) Oh, mierda.
(En la estación del Este el reloj interior colgado de un arco marca las 5 en punto. Dentro del fotomatón el hombre de las zapatillas rojas recibe los fogonazos, bajo la atenta mirada de Nino. Nino se da la vuelta, vuelve sobre sus pasos. Una chica se cruza, con él, la mira, pero ella pasa de largo. Nino mira a uno y otro lado, hastiado. Amélie le observa desde el bar de la estación. Él regresa cerca del fotomatón, sin prestar atención, pero de repente un pensamiento le asalta, y se acerca, al recordar las zapatillas rojas del hombre. Este está realizando los últimos ajustes en la máquina, pues se oyen los ruidos propios de estas operaciones. Amélie sigue la escena expectante. En el cajetín de las fotos, cae la cartulina con la cara del hombre en cuestión. Nino las coge, mira alrededor suyo temiendo ser observado, o que alguien le quite la solución al enigma, y descorre la cortina. El hombre está con las herramientas en la mano)
Hombre.- Un momento, ya acabo. (Nino entra en trance y se queda pasmado)
Resulta que el desconocido de los fotomatones, no era un fantasma, ni un obsesionado por envejecer, sólo era un técnico, un tío normal que hacía su trabajo. Eso era todo.
(Después de que la imagen de Nino girara 360 grados, un fundido a blanco celestial. Al salir de la cabina, el técnico coge las fotos de las manos de Nino -Perdone- que pasmado tiene una sonrisa de oreja a oreja. El técnico las rompe y las tira a la papelera, mientras desconcertado mira a Nino como si fuera un demente, y se aleja. Nino se queda hurgando en la papelera buscando los trozos rotos de las fotos. Amélie sale del bar, y se dirige decidida hacia él. Un porta cargas se cruza en su camino, con varios remolques cargados de paquetes, cuando está a punto de pasar el ultimo remolque, a Amélie le atenaza la timidez y se da la vuelta. Reúne el valor para volverse, pero entonces, como en una película de suspense, y con la música al efecto, Nino ya no está. Un picado desde lo alto de la estación la muestra absolutamente vacía, con Amélie tiesa mirando hacia el fotomatón)
(En los deux moulins, Gina, recorre toda la barra para llegar al estanco y coger una cajetilla)
Georgette.- Le has visto, no deja de vigilarme. Dios, me pone de los nervios.
Joseph.- (hablando a la grabadora) 16:15 pública demostración de conspiración femenina.
Gina.- Oh, caramba, Georgette, estás tensa. Muy tensa. En fin. Suerte. La necesitarás. Sí.
(Joseph le hace una mueca de complicidad femenina, y ella hace un gesto de hastío y desaprobación)
(Gina deposita la taza de café en la mesa en la que está sentado Nino, éste la coge la mano un segundo para indicarle que se quede un instante, en un acto inusual de proximidad, ambos están casi nariz con nariz, hablando muy bajito)
Nino.- Discúlpeme, ¿usted me puso esto en el bolsillo?)
Gina.- Fui yo, pero no soy la que busca.
Nino.- Sí, lo sé. ¿Sabe dónde la encontraré?
Gina.- Verá, hoy ha ido a casa de su padre...
Voz de una clienta.- Perdone pero esto me incomoda un poco... (Con la imagen de Joseph coscándose de lo que cree un acto íntimo entre Gina y Nino)
Gina.- Mi turno acaba a las seis. Vuelva entonces.
Nino.- De acuerdo.
Gina.- Bien. Hasta luego.
Joseph: 16:08, acoplamiento programado.
(Rafael Poulin está sentado en una silla plegable de espaldas a la calle, de frente a su casa, en el jardín. La puerta de la verja chirría. Él se vuelve, se levanta el sombrero que le cubría los ojos, y se acerca a la puerta, ahora entreabierta, mira a la calle y no ve a nadie. Cierra, y como presintiendo algo, se vuelve repentinamente. En efecto, el gnomo está en el mausoleo, justo como él lo había colocado)
(En les deux moulins, Joseph, de pie junto a la barra comenta la jugada con afán, persiguiendo a Georgette, que está al otro lado del estanco)
Joseph.- Un tipo rubio, con una chaqueta de pelo de camello. También tenía un aire distraído.
Georgette.- ¿Por qué dices también?
Joseph.- Porque él también ha venido tres veces esta tarde. (Localiza en su grabadora los momentos y los reproduce) 13:12 -piel de camello- 14:50 -piel de camello- 16:17 -piel de camello-
Georgette.- (histérica) ¡¡Oh, basta ya, por favor, (se mira el pecho abriendo el vestido)vuelven a salirme manchas rojas. Mire señora Susane, me ha vuelto a salir una erupción por todo el cuerpo. Quiere volverme loca!!
Susane.- (gritándole) ¡¡Déjela en paz, quiere!!
Joseph.- Si tuviera la conciencia tranquila no se pondría en ese estado.
Georgette.- (gritando)¡¡Pero qué dice...Ohjjj...No puedo más. Me voy a mi casa. Malditos psicópatas, son insoportables!!
Susane.- (dulcemente) Pero,...Georgette. Geor... (Se vuelve hacia Joseph gritando) ¡¡Al final acabará asfixiándonos. Necesitamos respirar!!
Joseph.- Eso, primero quieren respirar, y luego quieren cambiar de aires.
Hipólito.- Ya, pero cambiar de aire es sano.
Joseph.- Corte el rollo fracasado. (Hace el gesto de bajar con el brazo, y simulando un silbido propio de algo que se desinfla)
Hipólito.- Oh, sí, sí, sí, sí, fracasado. Vida fracasada. Me gusta esa palabra, fracasado, así se escribe el destino humano, fracasando.
Joseph.- Eso, ahora enróllese.
Hipólito.- De fracaso en fracaso, no superamos nunca la fase de borrador. La vida sólo es el interminable ensayo, de una obra que nunca se estrenará.
Joseph. Ja...ja, ja, ja...Seguro que esa cita no es suya.
Hipólito.- ¿Por qué dice eso?, a veces tengo ideas, pero siempre me las roban, igual que usted con las mujeres.
Joseph.- Eso, ¿qué significa?
Hipólito.- Qué debería empezar a acostumbrarse.
Joseph.- Eso, aplíqueselo usted, escritorzuelo, (dándole un tirón de la pechera de la camisa)
Hipólito.- (pierde la compostura que le caracteriza, y se agarra con él) ¿Cómo se atreve, eh, eh, cómo se atreve?
Susane.- (con calma y sujetando a Hipólito como puede pues no llega desde el otro lado de la barra) Quietos, quietos.
Hipólito.- ¿Pero usted ha visto señora Susane?
Susane.- Basta, basta.
Amélie.- (que acaba de entrar) ¿pero qué pasa?
Susane.- No pasa nada. Georgette se ha ido a tomar el aire, y Joseph ha montado una escena. (Amélie se sonríe sintiéndose identificada con los reveses del destino amoroso que ella también está sufriendo)
Joseph.- Sí, sí, A tomar el aire...como Gina, ¿Sabes lo que va a hacer Gina? ¿Eh? Tomará el aire con el de la bolsa de plástico. (A Amélie le cambia la cara para denotar preocupación y sospecha catastrófica) ¿Creéis que no se sus intenciones? Primero le puso una notita en el bolsillo de la chaqueta, 16:08, y cuando él regresó, ale-hop, se van...a tomar el aire. (A Amélie se le están llenando los ojos de lágrimas, con la cara petrificada y empieza a derrumbarse)
(En un parque, caminando)
Gina.- Estoy preocupada por Amélie, porque usted es simpático.
Nino.- ¿Y eso es malo?
Gina.- Generalmente cuanto más simpático es un chico, menos capacitado es mentalmente. Me gustaría saber más de usted.
Nino.- Pues, pregunte.
Gina.- Em. ¿Qué no hace una golondrina?
Nino.- (un gesto de extrañeza) ¿Una golondrina? (piensa ensimismado)...el verano.
Gina.- ¿Y el hábito?
Nino.- Al monje.
Gina.- Donde las dan...
Nino.-...las toman.
Gina.- Pasito a pasito...
Nino.-...se hace el caminito.
Gina.- Cada cual...
Nino.-...en su corral.
Gina.- Quien hace un cesto...
Nino.-...hace un ciento.
Gina.- Corazón que suspira...
Nino.-...gran amor anida.
Gina.- No está mal.
Nino.- ¿No sabe más?
Gina.- (los dos están bajando unas largas escaleras) en mi familia se suele decir que quien conoce bien los refranes, no puede ser malo del todo.
(Amélie llega abatida a su portal y al pasar delante de la portería, sale su moradora, Amélie ha pasado de largo y se detiene cinco metros más allá, y sin volverse)
Madeleine.- Ah la jovencita guapa del quinto. ¿Puedo contarle algo? ¿Cree en los milagros?
Amélie.- Hoy no
Madeleine.- Ah, pues sorpréndase, es increíble (Amélie se aleja subiendo las escaleras, la portera la sigue entusiasmada por compartir su alegría, y se detiene en el pilar de la barandilla, gritando cada vez más a medida que Amélie sube y sube) Resulta que un grupo de alpinistas, que estaba escalando el Mont Blanc, ha descubierto la prueba indiscutible de que mi marido me quería.
(Cuando entra en su casa, arranca de rabia los carteles OÙ & QUAND, que tiene pinchados por toda la pared del recibidor, en la que tiene el espejo ovalado, en el que se mira. Ahora está en la cocina, frente a una fuente con harina, de un sobre rosa echa la insuficiente levadura que le queda. Se imagina a Nino, saliendo de un portal, mientras llueve a cántaros, cubriéndose con su cazadora, vive al lado del puesto de frutas y verduras de Colignon, pero en esta imaginación Lucien es el jefe amable, que habla sin tartamudear, con fluidez, nitidez y claridad, y Colignon el empleado...
Nino-Lucien, me das canela en rama, por favor.
Lucien.- ¿Es para Amélie?
Nino.- Sí
Lucien.- Vaya, te hará su rico pastel de ciruelas. ¡Colignon, adentro, ve sacando cajas!
...Imagina a Nino subiendo por las escaleras del portal de Amélie, entrar en su casa sin llamar, pues será su casa también, acercarse sigilosamente a la cocina, tocar la cortina que ocupa el hueco de la puerta, como si fuera un arpa. Entonces la cortina verdadera también se mueve, y Amélie confunde sueño con realidad, y mira esperando encontrarse con Nino, pero es Rodri, el gato, que ha entrado. Amélie entonces llora, se seca las lágrimas con la parte de las manos que no están llenas de harina. Se oye el timbre de la puerta, y sale de su proceso de depresión. Se acerca sin hacer ruido, es Nino, de verdad)
Nino.- Amélie, Amélie. (Ella pega la oreja a la puerta, en el otro lado Nino ha hecho lo mismo) Amélie.(pero no obtiene respuesta, decepcionado, coge un papelito, y escribe en él, apoyándolo en la puerta, a la altura de los ojos: Volveré. Lo introduce por debajo de la puerta, y Amélie lo recoge y lo lee. Se oyen las pisadas bajando por las escaleras. Amélie se dirige a la ventana, corre ligeramente la cortina, y ve a Nino, que mira hacia arriba, ella se oculta, y se frustra de nuevo, como diciendo, la he vuelto a cagar otra vez. Suena el teléfono, que está en el sofá debajo de un montón de almohadones, que Amélie retira uno a uno. Descuelga y es Raymond
Raymond.- Vaya a su habitación señorita Poulin. (El televisor está en una especie de altar, rodeado de velas encendidas. Al introducir la cinta de video se ve a Raymond en blanco y negro) Verá, mi pequeña Amélie, usted no tiene los huesos de cristal, podrá soportar los golpes de la vida, si usted deja pasar...esta oportunidad, con el tiempo... su corazón... se irá... volviendo seco....y frágil, como mi esqueleto. ¿A qué espera? Ande, ¡vaya a por él! (Fin de la grabación nube de rayas de puntos negros y blancos. Amélie sale corriendo hacia la ventana, pero Nino no está en la calle. Inmediatamente se dirige a la puerta, y al abrir, Nino está delante de ella, a punto de tocar el timbre...)
Nino.- Yo...sólo...
(...Amélie, le tapa la boca delicadamente con su mano izquierda, mientras le mira fijamente a los ojos, le coge por las solapas de la chaqueta, y lo introduce en la casa bastante adentro, como para que no llegue con la mano a la puerta, pero mágicamente se cierra detrás de ellos. Ella, lentamente le besa en la comisura izquierda de la boca, luego, lentamente, le besa en el cuello, y por último, delicadamente le besa en la ceja izquierda. Luego se señala la comisura derecha de su boca, y nino acude a besarla, ducement, ella inclina levemente la cabeza, y él la besa el cuello, y en igualdad de condiciones, le besa la ceja derecha. Ya están acaramelados, dulces son como melones de agua. Rodri el gato, les mira atentamente, como cuando miraba como les cuentan los padres cuentos a los niños, es lo que más le gusta. Raymond está observando las sombras de la escena, tras las cortinas con los prismáticos, y sonríe de satisfacción, al volverse ve lo mismo en su televisor, es Lucien que está viendo la escena con la cámara de vídeo, en la misma habitación que el señor Dufayel)
Raymond.- ¡Eeehhh!
Lucien.- (haciéndose el longuis) Lo siento, se me iba la cámara.
(Amélie está en la cama pletórica de amor, abrazando la cabeza de Nino, que reposa sobre su pecho. Le acaricia el pelo con una ternura difícilmente sustituible por nada en este mundo)
(Hipólito baja unas escaleras entre dos casas. En una pared ve su frase escrita y firmada con su nombre: Sans toi les emotions d'aujourdui, ne seranta que la peau morte des emotions et autrefois. HIPOLITO. Sin ti, las emociones de hoy, no serían más que la piel muerta de la de ayer. Se cruza con una chica estupenda, la mira, disfrutándola, sin detenerse, y salta una cadena, ágilmente. Dominique Bretodeau, está en una mesa de un jardín, trinchando un pollo asado, deja el tenedor y el cuchillo y con la mano, coge un trozo, para ofrecérselo a su nieto, Lucas, que lo acepta como la comunión antes, abriendo la boca. Le dice el abuelo cariñosamente: - está muy bueno, ya verás- Raymond está rematando el cuadro, la chica del vaso de agua, ahora ya está completada, y se centra en el pelo de la chica que está a su izquierda. Rafael Poulin, camina por el sendero del jardín de su casa, trajeado, con sombrero, y una maleta en cada mano. La puerta de la verja está abierta de par en par. Sale, la cierra con llave. Un taxi acaba de llegar. -Al aeropuerto internacional-)
28 de Septiembre de 1.997, 11 en punto de la mañana, en el parque de atracciones, muy cerca del túnel del terror, la máquina de amasar melcocha, amasa melcocha. En ese instante, en un banco de la plaza Villette, Félix lee que hay más conexiones en el cerebro humano, que átomos en el universo. Mientras tanto, a los pies del Sacré Coeur, las monjas practican su revés, la temperatura es de 24 grados, la humedad del 70%, y la presión atmosférica de 999 milibares.
(Amélie y Nino van en su motocicleta, sonrientes, rebosantes de felicidad. Las imágenes están aceleradas, la música es la de los momentos agradables. Nino suelta las manos del manillar, típico. Amélie se recuesta sobre su espalda, le abraza fuerte, y cierra los ojos, aspirando su olor. En otro momento le tapa los ojos con sus manos, en fin. Están disfrutando de su suerte, de encontrarse y de estar muy a gusto el uno con el otro.
FIN.

 

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