Opiniones

Gonzalo Villa

Elefantes

Un elefante se balanceaba sobre la tela de una araña, como veía que no se caía, fue a buscar a otro elefante. Dos elefantes se balanceaban sobre la tela de una araña, como veían que no se caían, fueron a buscar a otro elefante. Tres elefantes…

Ahora en cambio, se secuestran niñas, como Ximena, la niña retenida por la familia materna, que en el régimen judicial de visitas –de dos horas dos días a la semana– ni siquiera se atreve a mirar a su padre a la cara, se tapa los oídos y los ojos y llega a llamarle monstruo, ante la severa y amenazadora presencia de su abuela materna. Él llevaba más de tres años sin poder verla. Y como no se dificultan las prácticas corruptas, ni se contemplan medidas durísimas, capaces de conseguir que quien tiene tentaciones se lo piense dos veces, se reclama a Manuel Ruiz, parado de larga duración en Barbastro, que haga algo productivo, en vez de huelga de hambre, para pasar la manutención para su hijo, quien repetía que era su madre la que le obligaba a decir cosas malas de su padre, llevado a Málaga a casa de su abuela materna, como acción para impedir la relación paterno filial. Y como no se imponen castigos ejemplarizantes, abogados carroñeros, redactan demandas  de divorcio plagadas de falsedades, para reclamar indecentes cantidades de dinero, que no dejan dinero para vivir, convirtiendo a padres cualificados en forajidos. Y como la educación y la ética no les llevan de manera lógica a la justicia, siempre hay borrachas con babas que se regodean mezquinamente al ver al maestro al piano vencido por una mujer. Y como las leyes no permiten escarmientos…

¡Qué distinto!

Cuando vayas a tus campos, labrador de tierras pardas, para mirar esa finca, que te dio trigo o cebada, pilotando un gran tractor, o mandando un par de vacas, yo te ruego te detengas, en el linde de la arada, para ver como ara Isidro, ese mozo de labranza, que hace muchos años sirve, en casa de Juan de Vargas.

Y dicen que es el modelo de los labriegos de España, aunque no tiene tractor, ni remolque ni una grada, ni par de machos ni mulas, sino una pareja mala, que pueden ser vacas o bueyes, y un arado de orejera como los que antes se usaban.

No es igual que otros gañanes, el criado de Juan de Vargas. Antes de la arada, reza, y reza después de la arada. Nunca brotó de sus labios, ni una palabra mala, ni se le pasó por la imaginación, hacer ninguna zalabardada.

Al despertar de cada día, está en los campos de madrugada, tras un frugal desayuno, con la yunta enmaromada, abriendo surcos derechos, que no hay otro quien los haga; parecen plata bruñida, o la espuma de las aguas.

Las alondras se le posan, en la punta de la vara, y a él le brindan con cantares y él las brinda con migajas, de torreznos, morcilla y buena tortilla que le hicieron de patata.

Las mozas del lavadero, se embelesan cuando pasa, le agasajan con cumplidos y él con prudencia les regala, atenciones y delicadezas, poemas limpios del alma.

Cuando tocan a misa, se va a misa de mañana, baja un ángel de los cielos, no le hace falta aguijada. Para cuando vuelve a la faena, tiene la finca trabajada, el arado sobre el yugo, la pareja rumiando buena alfalfa.

Y le implora con humildad al cielo. Y pide por el amo de la casa, para que el nuevo día venga, con salud, trabajo y buena gana, dando gracias a la vida, y a la voluntad para engalanarla.

Berebere, el último criado campesino que yo he conocido, recita este poema de pueblo en pueblo, de toda la ribera, la montaña y la vega, al que llega en bicicleta, con motivo de la fiesta de los patronos. Un hombre excepcional de un tiempo mejor.

 

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